EL PAIS › OPINION

Al borde de la crisis

 Por Martín Granovsky

La salida de Hilda Molina de la embajada argentina en Cuba, anoche, evitó una crisis que amenazaba escalar hasta límites inimaginables. Con la médica como huésped, era fácil pensar un escenario construido sobre una vía de hecho y no producto de la negociación. Y la Argentina hubiera regresado a tiempos de Carlos Menem. Con Raúl Alfonsín el país empezó a abstenerse en la ONU sobre los derechos humanos en Cuba. Hasta trató de evitar votaciones para eludir conflictos. Menem pasó al voto de condena y Fernando de la Rúa lo siguió. Eduardo Duhalde volvió a la posición de Alfonsín y Néstor Kirchner continuó con esa postura. La abstención, por un lado, no es un voto a favor de Cuba, y por otro supone, como es evidente, que la Argentina no considera a la Cuba de Fidel Castro una réplica del Chile de Augusto Pinochet. En 1973 la embajada argentina en Santiago coordinó la entrada clandestina de perseguidos por la dictadura. Así, Cuba tampoco sería una réplica de la Argentina de Jorge Rafael Videla, cuando la Embajada de México sirvió de refugio de perseguidos que entraban sin negociar antes con el gobierno argentino.
¿Cómo sería hoy la situación si la doctora Molina no hubiera dejado de ser huésped?
- Ante la crisis pública, sin duda el gobierno cubano no permitiría a Molina salir de la isla. Fidel Castro hace cada tanto esas concesiones, por interés político o por pedido de los amigos, pero siempre en sordina. Esto lo saben bien dos personalidades tan diferentes como el conservador gallego Manuel Fraga Iribarne y el escritor Gabriel García Márquez.
- La intransigencia de Castro sería mayor por el conflicto con los Estados Unidos y las luces de la Sección de Intereses en La Habana formando en un árbol el número 75, el mismo de un grupo de presos.
- La pelea inminente sería hoy si Molina deja la embajada o se queda para reclamar el status de refugiada o asilada.
- El Gobierno quedaría en una posición que no es la suya. Chocaría en público con La Habana, cosa que no desea. O chocaría con los Estados Unidos por complacer en público a La Habana, cosa que tampoco busca. O chocaría con los sectores argentinos más anticastristas, que le achacarían debilidad ante Fidel.
- Una polarización no buscada, y sin sintonía con países como Brasil o Venezuela, teñiría la posición ante Cuba.
- Y quedaría una sensación de desmanejo absoluto y objetivos confusos. Una percepción que, por otra parte, estaría alimentada por algunos antecedentes recientes. Uno de ellos es el estilo utilizado por el canciller para plantear el punto. Rafael Bielsa habló sobre Cuba desde los Estados Unidos, presentó el tema como una cuestión de dignidad y dijo que él había convocado al embajador argentino en La Habana. Eso implicaba una protesta pública, cosa que la propia Cancillería había desmentido la semana anterior. También significaba ganancia cero con Washington: al bajar el tono de un enfrentamiento con Cuba que el Presidente no buscó, el Gobierno termina pagando costos como si hubiera emprendido una cruzada en contra de Fidel y luego la hubiera cambiado por una a favor, cuando lo único que buscaba, según funcionarios de la Presidencia, era resolver en silencio y con eficacia un caso complicado.
El tono virulento de las declaraciones de Bielsa fue el prólogo de un hecho clave del miércoles: Hilda Molina se convirtió en huésped de la embajada argentina entre las cinco y las seis de la mañana. Y nadie entra a una oficina diplomática a esa hora sin una operación concertada previamente.

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