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El Quijote que Orson Welles dejó trunco

Un proyecto quijotesco en sí mismo, el film terminó fracasando, con la dignidad y el genio de un gran caballero andante.

 Por Horacio Bernades

Como es sabido, la carrera de Orson Welles estuvo hecha en buena medida de proyectos fracasados, mutilados o inconclusos. Dentro de esta suerte de filmografía virtual –cuyo origen debe buscarse tanto en los propios cambios de marcha de Welles como en su fama de tipo poco confiable–, el proyecto de filmar el Quijote adquiere ribetes poco menos que míticos. Filmado a lo largo de varias décadas y jamás concluido, a partir de su muerte (mediados de los ’80) se conocieron distintas versiones –siempre parciales y extraoficiales–, de este legendario incunable cinematográfico. En uno de los milagros que el video argentino suele producir –con más frecuencia de lo que parece–, desde hace unos meses circula una de esas versiones, en videoclubes selectos y casas de venta (sobre todo de la zona de Corrientes y Callao). Editada por el sello Renacimiento Nuevo Siglo, Don Quijote de Orson Welles está allí, en cajita y al precio de $ 25, a disposición de cualquier curioso, estudioso o simple fan.
Se trata de la versión cuya recopilación y montaje final supervisó Jesús (o Jess) Franco, el más famoso (o infame) director español de cine trash. Por una de esas vueltas de la vida, Franco había tenido ocasión de conocer a Welles en España, cumpliendo el papel de asistente de dirección en el rodaje de Campanadas de medianoche, a mediados de los ’60. Con apoyo de Oja Kodar, última esposa y viuda del gigante, Franco emprendió una larga y complicada recorrida por archivos y colecciones privadas. Del inconmensurable metraje registrado por Welles a lo largo de varios lustros, logró “sacar” una versión de dos horas, que circula desde hace una década (y que no es la misma que se exhibió en el último Bafici, proveniente de la Cinématheque francesa).
Conviene aclarar una vez más que, más que una película estrictamente dicha, es más bien una aproximación tentativa al proyecto de Welles. Que, para complicar más las cosas, el propio realizador concibió siempre como meras “Variantes sobre el clásico de Cervantes”. Welles inició su Quijote en México, hacia 1957, con el español Francisco Reiguera como Alonso Quijano y Akim Tamiroff como Sancho. A partir de entonces la fue filmando, de forma prácticamente casera (él mismo hizo la dirección de fotografía y su mujer de ese momento, Paola Mori, lo asistió en varios roles técnicos) y a salto de mata, en distintos países, incluidos Italia y la propia España.
Entre infinidad de inconvenientes, Reiguera era un republicano exilado, a quien el franquismo le tenía prohibido poner un pie en su país. Por lo cual se trataba de un Quijote que no podía filmarse en España... o sí podía filmarse allí, pero sin Quijote. Encima, Reiguera murió antes de terminar el rodaje. Finalmente, hacia 1970 Welles abandonó el proyecto, después de haber consumido la friolera de siete cameramen y cinco montajistas, a lo largo de 13 años. Eso no es todo. La idea original de Welles era la de doblar él mismo todas las voces. Pero como el protagonista se le murió (poco más tarde también se fue Tamiroff), la versión que se presenta ahora, hablada en inglés, inaugura lo que podría llamarse “doblaje rotativo”. En la misma escena, el caballero de la triste figura y su rechoncho escudero pueden tener distintas voces. O lo contrario: ambos pueden hablar con la misma voz de trueno, que no es otra que la de Welles.
La idea central que animaba a su creador era la de confrontar a los personajes de Cervantes con la España contemporánea. De tal modo que, en un momento dado, el Quijote rescata a una chica (la propia Paola Mori) de la moto en la que viaja. “Mire que no es un monstruo, sino sólo una Vespa”, la advierte, siempre realista, Sancho. Panza terminará extraviándose entre los signos de la modernidad: un telescopio, el rodajede una película (la película no es otra que el Quijote; su director, por supuesto, Orson Welles) y un aparato de televisión, que transmite noticieros en los que se informa sobre las actividades del general Franco. Finalmente, también el Quijote termina perdido dentro de su propia película, con Welles dando indicaciones detrás de una camarita de 16 mm. Y Sancho lo convence de viajar a la Luna, a la que conoció gracias a ese invento moderno del catalejo.
Más allá de que, más que una película, se trate de una compilación de retazos en la que no faltan largas secuencias documentales (corridas de toros, sanfermines, procesiones religiosas), la idea de Welles es absolutamente fiel a Cervantes. Si el tema central de la novela es la disociación incorregible entre sueños y realidad, la versión Welles no hace otra cosa que duplicar este conflicto, al confrontar el siglo XVI con el siglo XX. Un proyecto quijotesco en sí mismo. Como los propios desvelos del señor Quijano llevado por esa quimera, Welles terminó fracasando, con la dignidad (y el genio) de un caballero andante.

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Entre 1957 y 1970, Welles estuvo abocado a sus “variantes sobre el clásico de Cervantes”.
 
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