EL PAíS › EL DURO CAMINO DE LAS BANDAS CHICAS PARA HACERSE UN LUGAR EN EL MUNDO

Lanzar una banda sin morir en el intento

El desastre de República Cromañón puso en relieve las oscuras y habituales maniobras de muchos empresarios de discos. Las escasas alternativas que tienen las bandas chicas para asomar la cabeza. Por qué R. C. se había transformado en un lugar clave. Hablan músicos y managers que viven el problema en carne propia.

 Por Alejandra Dandan

La República levantada por Omar Chabán entre las paredes de una vieja bailanta de Once estalló hace una semana. Detrás suyo, parece asomarse un proceso de demolición más amplio: el de aquellos espacios de la Capital Federal, la provincia de Buenos Aires y el interior del país que replican la lógica del rock Chabán: una máquina que naturaliza la cultura del reventón, la asfixia y la prepotencia comercial sobre la producción cultural.
Hay cosas de las que no se habla. Sucede en el mundo del rock como en cualquier otro lado. ¿Qué significan las víctimas de Cromañón? ¿Qué son 5000 personas en un show, la seguridad, las bengalas, las cadenas cerrando las puertas? Para parte de los músicos, Cromañón fue “una tragedia”, un episodio que no puede convertirse en “holocausto”. Para otros, en cambio, esa noche encierra las claves de un mundo donde los negocios se mezclan con explotación y dejadez.
Cromañón no es (era) el lugar de todos, es (era) una periferia que, paradójicamente, albergaba a una difusa mayoría: las bandas más chicas, las que “están llegando”. Para los músicos, Chabán había levantado en el Once una república nacional y popular: ni un Luna Park, ni un River, dicen; un microestadio, una sala a medida. “Y que se entienda”, pide Andrés Caballero, manager de una de las bandas del neopunk pacifista que encontró en la República una alternativa, “la única –dice él– para meter a cuatro mil personas, porque si no tenés El Teatro o Niceto, y se hace difícil que quieran a mis bandas ahí”.
La casa se llevaba 30 por ciento de las ganancias, descontados gastos, sonido y seguridad. Y para ganar, se ahorraba incluso al costo de suspender un custodia: “En eso Chabán iba para atrás –cuenta uno de los músicos–, le pedías cinco custodias, y te negociaba por cuatro”.

Los jóvenes pordioseros

Fuera del escenario Chabán, la lógica se repite. Sobre todo ahí, entre las bandas que recién empiezan a ensamblar acordes, cuando bajo la marca de lo alternativo se transa con todo y a cualquier precio.
Jóvenes Pordioseros lleva siete años peleando escenarios. “¿Contratos?” pregunta Cristian Nicollini, el manager de la banda, todavía sorprendido. “Son condiciones leoninas: nunca te dan nada en mano, nunca firmás nada, pero si no aceptás, no tocás. Al comienzo nosotros pagábamos el flete, los gastos de organización y hasta aceptábamos tocar por la comida.”
En esa situación hay muchos. Quizá la mayoría. Los que tocan arrastrando a un círculo de amigos hasta la barra de un bar sólo para salir a tocar. “¿Las condiciones? –vuelve a preguntar Nicollini–. Las condiciones siempre las ponen los dueños del lugar.”
Los músicos no pagan para tocar, pero es como si lo hicieran. El dueño de una sala, el administrador de un bar o de un teatro de barrio los hace subir al escenario sólo después de asegurarse algunos pesos de ganancia: los músicos reciben un fajo de cuarenta entradas antes del show y, si quieren tocar, tienen que venderlas. “Si vos sos bolichero, tenés la mejor parte del negocio”, explica Julián Barrett con voz de metalero. “Para ellos el razonamiento es sencillo: si tengo un boliche vacío el sábado a la noche, no funciona. Para tenerlo lleno, meten cuatro bandas y, en vez de cobrarles, les dan 30 o 40 entradas a cada una para que las venda, así se aseguran 160 personas en la sala, a 5 pesos por cabeza que es la típica. Y además, ganan con la consumición de la barra.”
Julián Barrett pasó por el escenario de Cromañón en mayo del año pasado después de años de pelear salas y repartir volantes en la puerta de boliches y a la salida de recitales. Con Lorihen empezaron a dar vueltas en las cercanías del Obelisco, en una de las esquinas de HipólitoYrigoyen, donde el público under del rock comenzaba a conocer a los metaleros en el escenario del Teatro del Plata. “Alquilábamos la sala del Teatro durante toda la noche. Para salir hechos –explica– dependíamos de la cantidad de pibes que entraban.” Ni avisos en los diarios, ni agenda, ni manager. El Teatro del Plata era parte de los sótanos, las pequeñas cuevas donde cada noche el rock se reinventa como leyenda, aun sobre espacios pordioseros: “Jamás fui a decirle al dueño de un local ‘¿a ver, dónde están los matafuegos?, ¿a ver dónde están las salidas de emergencia?’”.
Para las bandas consagradas esos espacios hablan de la falta de profesionalismo del rock argentino, de la necesidad de ajustarse a normas nuevas como si se tratara de cánones universales, los consejos recuerdan las ISO 9000 o las IRAM nacionales. La pregunta es si esto funciona con el rock. Si el rock no es más rock sin las normas.
Fernando Make oyó hace varios días que quieren suspender todos los shows, que sólo se podrá tocar y hacer música en miniestadios: “¡Olvídalo! –exclama–. Ahora dicen que toquemos en los Café Concert, imaginate. Ahí el público del rock no entra, tal vez podés hacer una fiesta electrónica con un dj”. La tercera alternativa que circuló durante los días post-Cromañón son los teatros: “¿Pero qué quieren que busquemos, teatros barriales, chicos, sin butacas fijas, que están habilitados para hacer espectáculos?”
Hasta el año pasado Make fue manager de Juana La Loca. Estuvo de paso por Cromañón y ahora se pregunta si de aquí en adelante deberá buscar esos locales con butacas para los recitales de Pasaporte Lunar y Polaris, dos de los grupos que produce y que “no tienen capacidad de soportar un Obras. ¿Qué quieren –sigue–, que ahora me vaya a alquilar un River para meter a 200 personas?”

Rock chabán

Hacer rock en Argentina no es un asunto fácil. “Es el único país del mundo donde las bandas tienen que hacer todo, todo, solas.” Y todo, al empezar, es exactamente eso: “No te pagan un caché, si querés tocar tenés que pagar 150, 200 o 300 pesos en cualquier sala”. Y además del dinero, ahora discuten como expertos el asunto de las leyes, los metros cuadrados y las obligaciones para la habilitación. “Hay algo que no me cierra –dice Make–, cuando estás en una manifestación, y la policía cuenta la cantidad de gente, calculan 4 personas por metro cuadrado y en los boliches resulta que los cálculos te piden una persona por metro cuadrado.”
La noche del infierno, aseguran que Cromañón tenía más de cuatro mil personas. Cuerpos pegados en un espacio supuestamente preparado –según los detalles de la habilitación– para una tercera parte. Para algunos, los espectadores de esa noche eran demasiados. Y sumaron ese dato a la lista que incluyó la pirotecnia, las bengalas, la media sombra y las cadenas que cerraban las puertas de emergencia. Mucha gente. Demasiada. ¿Lo único que importa es la ganancia? Sí pero no. En la intimidad, las bandas explican que no tocan sólo para llenar salas y ganar más plata. “No sólo es una cuestión económica –dice Make–, sino de adrenalina. El ver que el lugar está a full para la banda es importante, tocan mejor, vos das más desde arriba del escenario cuando la gente está a full.”
En esas ocasiones, parece que nada importa. Le pasaba a Make cuando entraba a Cemento, esa suerte de área alternativa que primero impuso Chabán. “Me acuerdo que los baños eran impenetrables pero a la gente no le importaba, porque lo que quería era el show, la noche, porque el baño es secundario.” Lo secundario, de a poco, termina abarcándolo todo, hasta la respiración.
En cada uno de los espacios donde empiezan las bandas que con el tiempo llegan a los escenarios más populares sucede algo parecido: 200 en un sótano. Sin ventanas, sin escaleras, sin salidas ni precauciones para la emergencia.
“Así son el 90 por ciento de los lugares donde tocamos.” Mateo Crespo lleva adelante una de las guitarras de Sendero, una banda del Oeste donde toca uno de los ex Caballeros de la Quema. En la zona, la municipalidad clausuró una de las salas del rock local por fallas de seguridad. El cierre levantó críticas incluso entre los músicos. “Nunca pasó nada, hasta que pasa”, dice Mateo. En esa sala entraban 300 personas. “No tenía salidas de emergencia, ni matafuegos, como el 90 por ciento de los lugares. ¿Qué necesidad tenemos los músicos de tocar a las tres de la mañana en lugares como ésos?”, sostiene. Para evitarlo, su banda ha comenzado a congregarse con otros músicos del Oeste en circuitos alternativos al encierro. “Hacemos shows en festivales, en las calles, en teatros de la zona, al aire libre.” Buscan, a tientas, una alternativa posible.

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Aseguran que el público amontonado es parte del rock. “Das más desde arriba cuando la gente está a full”, dicen los músicos.
 
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