EL PAíS › LOS EX EMPLEADOS DE CROMAÑON REVELAN LAS CONDICIONES EN QUE OPERABA LA DISCO

“La puerta estaba siempre con candado”

Había un solo baño con seis retretes. El aire siempre era irrespirable. Apenas cuatro empleados cuidaban la seguridad. Todos sabían que el techo acústico era un peligro. La puerta “de emergencia” en realidad daba al hotel y se clausuró para que no molestara la música. El hermano de Chabán era el encargado del bar.

 Por Alejandra Dandan

Son cinco de los ex trabajadores de Cromañón que ayer a las 19.30 se reunieron para homenajear con una misa a Pato González, la chica muerta que hasta la noche del 30 de diciembre se encargaba de la limpieza del único baño con seis retretes que funcionaba en la disco. Era el único baño porque el otro estaba clausurado. Ese baño y los “cuatro o cinco custodios para un recital de 4000 personas por show” son parte de los relatos reconstruidos por los ex trabajadores de la disco para Página/12 que serán clave para la investigación. Entre ellos, el misterio de la puerta de emergencia cerrada: “La puerta siempre estuvo cerrada por orden del hotel”, revela uno de los barman de Cromañón sobre una puerta que sólo habría estado abierta a comienzos de 2004 y sólo durante dos fines de semana. Como sucedió con el techo de la disco que aseguran que “se cerró para que la música no molestase a los pasajeros del hotel”.
Los empleados de Cromañón eran ocho. Luciano Otrola de seguridad, Damián y Gustavo Albornoz en la barra; Rosa era la vendedora de panchos y había cuatro en mantenimiento: Patricia González, Juan Carlos Bordón, Mario Díaz y Ana Sandoval, que mantenían la disco antes, durante y después de los shows. Entre ellos están las víctimas: Patricia limpiaba los baños y murió la noche de la tragedia. Carlos Bordón y Mario Díaz siguen internados desde ese día en una sala de terapia intensiva.
Los sobrevivientes se reunieron ayer en San Telmo. Juntos reconstruyeron la última noche de Cromañón, y los días y noches en la disco. La noche del 30, Damián Albornoz atendía una barra, en línea recta al escenario y a pocos metros del lugar donde comenzó el incendio. Tiene 25 años, le dicen He-Man. Trabajaba con Chabán desde el 10 de abril del año pasado cuando recién se inauguraba la disco. Esa noche, a su lado estaba su hermano Gustavo: “Yo trabajaba en la barra de arriba –cuenta–, pero me hicieron bajar porque las de abajo no daban abasto. Cuando empezó el fuego estaba despachando cervezas, me di vuelta y vi que el fuego empezaba a agrandarse”. La gente se abalanzaba contra la barra. “Saqué la caja registradora para que la gente no se lastimara, se tiraban por todos lados porque era lo único que podían hacer.”
A Gustavo lo sacaron los bomberos, desmayado, se había caído a dos metros de la puerta. Damián se quedó “aguantando la respiración”.
Pero Cromañón antes de esa noche era una bomba de tiempo. “Si vos mirás el escenario de frente, tenés dos barras a los costados, y el portón de la puerta de emergencia hacia la izquierda”, dice Damián, uno de los hermanos. “Está con cadenas y candados, esa noche la puerta estaba con candado, supuestamente dicen que estaba soldado.” Pero eso a ciencia cierta ninguno lo sabe. Lo que Damián sabe desde que trabaja en Cromañón es que la famosa puerta de emergencia no se abría: “No se abría porque los dueños del hotel no querían, porque el ruido les molestaba a los viajantes que paraban ahí y a los jugadores de fútbol que usaban el lugar para entrenamientos”.
El hotel es el Central Park Hotel, contiguo a la disco. Tenía una puerta de conexión con el local de Chabán y según los ex trabajadores esa era “la principal puerta de emergencia de Cromañón”. El relato de los empleados indica que sólo funcionó lo poco que permaneció abierta: “Sólo la abrieron los dos primeros fines de semana, después de que inauguró el boliche –continúa el barman–. Por ahí entraban los músicos y la camioneta con las bebidas”.
Desde entonces, según este relato, la puerta habría estado técnicamente clausurada. Y no sólo sucedió con esa puerta de emergencia. “Con el techo pasó lo mismo”, dice Damián.
Aunque parece insólito, en el hotel funcionaba una cancha de papi fútbol que explicaría ese reclamo. La cancha estaba ubicada justo sobre el techo de Cromañón: “Nosotros la conocíamos”, siguen los ex empleados. “Nosjuntábamos a jugar partidos contra los de Cemento”, la otra disco de Chabán. Hay un elemento aparte de estos testimonios que permite pensar en la posibilidad de que el hotel era un hospedaje habitual de algunos equipos deportivos. Entre los antecedentes judiciales del Central Park Hotel SRL consultados por este diario existe un juicio del Hotel contra el Club Ferrocarril Oeste.
Pero más allá de la demanda, la administración del hotel habría pedido que se reforzara el sistema de aislamiento acústico sobre el techo de Cromañón por los partidos, según el testimonio de los empleados. “El tema fue así –explica nuevamente Damián–: para que no saliera sonido (del boliche) para la cancha de fútbol hicieron el arreglo en el techo.” Una de sus compañeras detalla ese supuesto arreglo: “Intentaron aislar el techo con gomaespuma y después le pusieron la media sombra que se veía en el show, estaba mal hecho”.
Una de las señales del peligro de ese sobretecho las daba el propio Omar Chabán las noches de los conciertos. “Siempre que empezaban a tocar se subía con un micrófono al escenario”, dice ahora Luciano, el de seguridad. “Interrumpía el show cuando la gente empezaba a prender bengalas o pirotecnia. Les gritaba a los pibes que no fueran inconscientes por el problema que había con la acústica.” En cada show repetía lo que salió a decir el sonidista el 30 de diciembre cuando cortó la música, poco antes del fuego. “Que no sean inconscientes porque en cualquier momento podría haber un incendio”, cuenta Luciano. Ana agrega:
–El sabía, por eso lo decía.
–¿Qué es lo que sabía?
–Que estaba en un lugar con malas condiciones, por eso cortaba en medio del show.
Pero ni el techo ni la puerta eran las únicas cosas que estaban mal o no funcionaban. Patricia González, la Pato, la chica que murió asfixiada en el baño se encargaba del mantenimiento del único baño del lugar. “No había dos baños porque el otro se clausuró”, dice ahora Ana, una de las compañeras que entró a buscarla cuantas veces pudo, cuando se desató el incendio. “En el baño no funcionaba ninguna guardería, como están diciendo –explica–: no había lugar: era un pasillito, de un lado estaban los espejos con las piletas, del otro lado seis baños.”
Los pibes hacían cola en la puerta para poder pasar, de un lado los hombres, del otro las chicas. “Hacé de cuenta que Patricia funcionaba tipo semáforo: dejaba pasar cuatro mujeres y después cuatro hombres de una cola de miles.” El baño era el único lugar oxigenado en Cromañón. “Los chicos iban para poder respirar, porque del otro lado estaba los petardos, el humo, el calor, un aire insoportable.” Las chicas entraban para mojarse las cabeza. Los pibes iban a vomitar. Con las que tenían nenes pasaba lo mismo, Ana asegura que buscaban ahí algo de aire.
Los ex Cromañón habían planteado reclamos antes de ese jueves. “Veníamos haciendo pedidos a los encargados de mantenimiento por irregularidades generales –sigue Ana–, pero no funcionó.”
Luciano, el de seguridad, era el encargado de cacheos y de los controles en la puerta de entrada. Secuestraba bengala y pirotecnia, y se encargaba de detectar a los que entraban con desodorantes. A pesar de los controles, como sucedió esta vez, los juegos de pirotecnia pasaban igual. “Pasa que a veces éramos cuatro o cinco custodios para tres mil o cuatro mil personas ¿cómo hacíamos?”, se desespera Luciano. Tenían problemas no sólo para controlar las bengalas sino el movimiento de la gente: “De pronto veías a alguien, cuando querías sacarlo juntaba a una banda y se te rebelaba, y teníamos que salir corriendo del medio porque si no nos mataban”.
Héctor José Albornoz es el padre de Gustavo y Damián, los chicos de la barra. Conoce a Chabán desde hace 15 años. Durante ocho años fue boletero de un boliche de Alsina y Virrey Ceballos, y desde hace ocho años su lugar es la boletería de Cemento. El jueves estaba ahí cuando empezó el fuego en Cromañón, en ese momento vio a Yamil Chabán, el hermano del empresario deCromañón y jefe de la barra donde trabajaban sus hijos. “Pasó por Cemento para llevarse el dinero de la caja registradora”, dice don Héctor, que en ese momento le preguntó por sus hijos. “Me dijo que estaban bien y después volvió para Once.”
En Once, dentro del boliche, ninguno de sus hijos lo vio cuando comenzó el fuego. Sus ex empleados están a punto de iniciar un juicio por “abandono de persona” contra los dueños del lugar. Mientras tanto, se organizan. Quieren levantar una Casa de Apoyo al Joven en homenaje de Patricia, y en homenaje a los otros 190 muertos de Cromañón. “Queremos pedir apoyo para hacerlo, para continuar con el trabajo social que Pato estaba haciendo en su barrio.” Su barrio era San Telmo, su lugar de trabajo la asamblea de vecinos del lugar, la misma que anoche se reunió para homenajearla. Ana, su amiga, ahora intenta reunir a los ex trabajadores en un grupo: “Ya sabemos para qué –dice–, nuestro reclamo es basta de impunidad”.

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Héctor Albornoz, boletero de Cemento, sus hijos Damián y Gustavo, barmen de Cromañón, Luciano, de seguridad y Ana, de mantenimiento.
 
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