EL PAíS › OPINION

En nombre de la pasión

Por Fernando D’Addario

Quienes se asoman por primera vez al mundo del rocanrol a partir de la tragedia de Cromañón invocan parámetros de racionalidad universal que son ajenos a la lógica interna del under porteño. Si la negligencia de organizadores (empresario y banda) y funcionarios municipales recién se hizo notoria a partir de la muerte de 191 pibes, se debe –en buena medida– a que el “ambiente” rockero había naturalizado una serie de maltratos, irregularidades y limitaciones, legitimados en nombre de la pasión.
Chabán no es un monstruo asesino que surgió de la nada para enlutar a centenares de familias. Es la caricatura expresionista de un modelo de complicidad amateur que el rocanrol aplicó a todos sus protagonistas (bolicheros, músicos, managers, agentes de prensa, periodistas y público) para preservar una presunta “esencia”. No es fácil rastrear el origen de este entramado de precariedades. Es probable que cierta pretensión de autoafirmación cultural a cualquier costo haya contribuido a desviar los reflejos de la autoestima: para querer ser distintos y mejores había que pagar el precio de la improvisación y el peligro. Estas reglas no escritas derivaron en una cultura de la incomodidad tolerada; una abnegación hedonista que varias generaciones rockeras absorbieron para asegurar su pertenencia al ghetto. El hacinamiento, los baños infames, el sonido pésimo, los horarios imprevisibles, la paranoia frente a posibles razzias policiales a la salida, forman parte de un imaginario que el rockero medio considera inherente a su condición. La glorificación del “aguante” redime al rockero frente a la opresión del “afuera” al mismo tiempo que canaliza los garrones del “adentro”.
Formateados según estas pautas de convivencia, quienes manejan el circuito reproducen naturalmente lo que para el “ciudadano común” resulta inconcebible. Entonces, el bolichero, a quien nadie se le ocurriría pedirle matafuegos y salidas de emergencia, exprime a la banda cuando es chica y mueve poca gente; si crece exponencialmente su poder de convocatoria, el grupo pretende manejar los espectáculos con el mismo espíritu under, “para no venderse” y, de paso, achicar gastos; se publicita el carácter festivo y pirotécnico de ciertas bandas, porque el marketing rocanrolero, con la prensa como intermediaria, invita a celebrar más la fiesta de abajo que la de arriba del escenario; los fans, protagonistas no remunerados, les exigen a los músicos que “no cambien nunca”, como si la vida no los fuera moldeando también a ellos, a cada instante.
Esto no empezó la semana pasada. Quienes hayan transitado, desde los ’80 para acá, sitios como el Parakultural, Arpegios, el Arlequines, Die Schule, Stadium, Hangar y tantos otros, pueden corroborarlo. Se renuevan las tribus urbanas, pierden peso las cadenas metaleras y las crestas punks, proliferan las banderas y las bengalas importadas del fútbol; lo que permanece inalterable es la complicidad del maltrato, sostenida por un ritual (en muchos sentidos muy disfrutable, y no hay contrasentido aquí) que alimenta espiritualmente a unos y materialmente a otros. La tragedia de Cromañón obliga a rediseñar los términos de ese contrato informal entre las partes, más allá de las evidentes responsabilidades estatales y empresariales. Mientras tanto, es necesario clarificar mínimamente un discurso público marcado –en el mejor de los casos– por el voluntarismo bien pensante y –en el peor– por la hipocresía y el cinismo.

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