EL PAíS › OPINION

El gobierno de los zombies

Por James Neilson

Extraño gobierno, éste, para un país que está hundiéndose en una crisis “terminal” y que, por lo tanto, exige una administración eficiente que esté en condiciones de tomar las medidas sin duda drásticas que le permitirían ayudar a los millones de indigentes y frenar un colapso económico que día a día se hace más terrorífico. Acaso lo único que mantiene a flote a Eduardo Duhalde y sus laderos es el temor cerval de quienes los apoyan a enfrentar al electorado. Entienden que de celebrarse comicios mañana, la UCR sería borrada del mapa mientras que el duhaldismo se vería desplazado por otra facción peronista menos torva. Puede comprenderse, pues, la actitud de los radicales y peronistas bonaerenses que al grito de “la clase política unida nunca será vencida” están resueltos a quedar atornillados a los puestos de mando hasta que sus sillones carcomidos caigan en pedazos bajo su peso, pero los demás no tienen por qué compartir sus prioridades. Auténticos zombies dejados por un orden ya muerto, su mera presencia está demorando la aparición del esquema que tendrá que sustituir al conformado por el PRI bicéfalo confeccionado por los peronistas bonaerenses y sus dependientes radicales.
¿Qué vendrá cuando los zombies se hayan resignado a quedarse bajo tierra? Tan grande es la confusión que pocos se animarían a vaticinarlo, pero, a menos que suponga un mayor grado de realismo, resultará tan inútil como el orden actual. Lo que más le ha faltado a la política argentina desde hace muchísimo tiempo es seriedad, rigor. Por cobardía y por cinismo, tanto la izquierda presuntamente democrática como la derecha ídem han preferido mimetizarse con el populismo, cuyos caciques suponen que todo es muy fácil, que la Argentina “está condenada al éxito”, razón por la que es casi el único país del mundo occidental sin un gran partido socialista y otro declaradamente conservador. ¿Por qué? Porque ni los progresistas, si es que los hay, ni sus adversarios naturales han tenido el coraje moral mínimo necesario para mirar la realidad sin cubrirla antes con un manto de fantasías sensibleras. Las consecuencias de tanta ceguera ya son patentes: los políticos “liberales” no saben manejar las finanzas con eficacia y los “solidarios” son incapaces de organizar una red módica de ollas populares. Para colmo, lejos de sentirse avergonzados por su fracaso común, se regodean con él, atribuyéndolo a los delirios ideológicos y, cuando no, a la hipercorrupción de sus contrincantes. De más está decir que ambos bandos –que, combinados, dominan la política nacional– están en lo cierto.

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