EL PAIS › OPINION

Un luchador

Por Silvia Quadrelli*

Aquiles Roncoroni era antes que nada un luchador infatigable. A la hora de las virtudes no eligió ninguna de las que ganan el afecto fácil o la simpatía indiscriminada. Y sin embargo, cuando la insolencia de la vida decidió que tenía que morirse, su ausencia generó un vacío para muchos que lo admiraron o lo enfrentaron pero unánimemente reconocieron y respetaron su integridad y su pasión por la verdad. Las crónicas dirán que ha muerto un prestigioso miembro de la Academia Nacional de Medicina, un Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, un ex jefe de investigaciones del Conicet, un profesor visitante de la Universidad de París, el alma mater del Hospital María Ferrer y el ex director del Instituto de Investigaciones Médicas Alfredo Lanari de la UBA. Con todo eso, no habrán dicho nada. Porque esa lista refleja pálidamente el torbellino que la presencia de Roncoroni era para cualquiera que se cruzara en su vida.
Defendía sus principios con una honestidad y una energía que parecían increíbles en el mezquino pragmatismo de los ’90. En una sociedad convencida de renunciar a ciertos valores en pos de la eficiencia y la practicidad, el Ronco se mantuvo firme en seguir sosteniendo la rectitud sin atenuantes y la búsqueda de la máxima calidad académica. Defendió sin desmayo hasta la última semana de su vida el hospital público, la excelencia de los centros universitarios, la necesidad de transparencia en la función pública. A diferencia de otros muchos “bronces ilustres”, nunca se contentó con declaraciones vacías de contenido que no molestaban a nadie. Señaló disfunciones concretas y propuso soluciones puntuales, aun cuando, muchas veces, las mismas irritaban o escandalizaban casi más a sus pares que a sus opositores. Denunció a quienes prometían y no cumplían, a quienes supuestamente defendían a los trabajadores y no trabajaban, a quienes declamaban por la salud pública y la boicoteaban, a quienes hacían demagogia. Roncoroni era el exponente de una época de la Argentina que se nos desvanece entre las manos. Proveniente de los sectores medios altos pero egresado de un colegio y una Universidad públicos, puso su talento extraordinario al servicio de instituciones del Estado. Su marca indeleble es “no se miente, no se negocia, no se desfallece”. Fue un valiente, honesto, incorruptible, enamorado de la ciencia y de la vida. A quienes tuvimos la suerte de cruzarnos con él nos queda hoy la tarea de mantener el mensaje de que otro hospital otra Universidad y otro país son posibles.

* Médica del Instituto de Investigaciones Médicas Alfredo Lanari, UBA.

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