EL PAíS › LA TASA DE SUICIDIO ENTRE LOS ADOLESCENTES SE DUPLICO ENTRE 1990 Y 2000

Cuando los chicos no encuentran salida

El caso de una adolescente que se disparó en la escuela puso de manifiesto una situación crítica: el aumento de los suicidios entre los más jóvenes. Los especialistas advierten que el incremento es continuo desde 1990 y que esa suba se aceleró en los últimos meses. El grupo de mayor riesgo son los varones hasta 25.

 Por Alejandra Dandan

Romina, que ayer se disparó un tiro en el baño de su escuela, fue apenas una más. El incremento en las estadísticas de suicidios juveniles preocupa a los especialistas. En el país son cinco los adolescentes que se quitan la vida cada semana. En una década la tasa creció casi al doble. Los datos, denunciados por Alberto Minujín, consultor de Unicef Argentina, surgen a partir de una elaboración de cifras del Programa Nacional de Estadísticas del Ministerio de Salud y colocan al país en el primer lugar de América latina, y a su población más joven entre las más predispuestas a buscar ese final. En ese universo, la población con riesgo más alto aparece entre los varones de hasta 25 años. Según la percepción de los especialistas en contacto con el tema, en los últimos meses la crisis también aceleró estas cifras.
A nadie se le hace fácil plantear uno de los temas menos hablados, incluso por las estadísticas. Las muertes violentas autodestructivas forman uno de los capítulos del Programa Nacional de Estadísticas de Salud, pero nunca se pronuncian como suicidios. El tema es tabú incluso para los científicos encargados de estudiar las curvas de vidas y muertes en el país. Hasta hace unas décadas, como ocurre en Chile, los datos de los suicidas se contaban como “accidentes”. No era posible contar los casos, pero tampoco proyectar programas para contrarrestar causas y efectos. En los ‘70, las clasificaciones comenzaron a registrarse pero aún existen provincias, regiones o, incluso, familias que no hablan del suicidio cuando anotan a sus muertos.
Aun así algunos especialistas se dedicaron a estudiar la evolución de los casos a través de varias décadas. Son ellos quienes vienen observando (y denunciando) el crecimiento vertiginoso durante la década de los ‘90, un período acentuado por lo que definen como crisis de valores. “Esa crisis se manifestó entre el ‘90 y el ‘95: la cultura de la corrupción eclosionó el sistema de valores sociales, les quitó sentido a las instituciones tradicionales, como la escuela o el trabajo. Pero en este momento, los síntomas son más graves porque ya no están ni los recuerdos de aquellos valores.” La hipótesis es de Carlos Martínez, presidente de la Asociación de Prevención del Suicidio. De acuerdo a ese análisis, los ‘90 fagocitaron o pervirtieron los sentidos de las instituciones clásicas que ordenaban la vida social pero la crisis no había llegado al extremo del presente: “Hoy, en el 2000 –dice–, no hay más valores: están desaparecidos. Y frente a la expansión de ese vacío cada vez más excluyente e intolerable, los jóvenes prefieren desaparecer: ‘Antes de que me desaparezcan –dicen–, me desaparezco yo’”.
En los últimos meses, la Asociación fue uno de los centros receptores de los casos destacados por las estadísticas. Por primera vez, llegaron consultas de maestros y directores de escuelas del Conurbano preocupados por la aparición de estas fantasías entre los más chicos. Sin embargo,a pesar de la gravedad de la situación, casi no existe el seguimiento estadístico del tema. Son pocos los estudios que dan cuenta de la población de menos de catorce años. En general, dice ahora Pablo Bonaldi, uno de los sociólogos especialistas en estudios de violencia y suicidio, en esa franja de edad las muertes por opción suelen considerarse, y anotarse, como producto de un juego.
Aún así, Unicef rastreó los números del Ministerio donde aparecen los datos de adolescentes de entre 10 y 19 años. En 1990, la tasa de suicidio mostraba 4,7 cada cien mil. Diez años más tarde, la tasa es de 8,3. La evolución creció a la par de los indicadores de violencia. En esos cuadros, el organismo cuenta en seis a los adolescentes de la misma edad que mueren en una semana por agresiones.
Esta es de hecho la franja de población más crítica y lo fue a través de la historia. A lo largo de los últimos diez años, la tasa promedio de muertes violentas en el país se mantuvo estable, en 6,7 cada cien mil. Sólo cuando se coloca una suerte de lupa sobre ese campo que mide además del suicidio, los homicidios de jóvenes o hacia jóvenes comienzan a observarse los cambios en el segmento de varones de 15 a 24 años. Entre ellos, el aumento es del 37 por ciento en los últimos años. En ese mismo grupo la tasa de suicidio entre los varones jóvenes pasó de 6,1 cada cien mil en 1980 a 10,7 en 2000. El crecimiento exponencial avanza como el recurso estéril de un héroe: “Es como el último acto de dignidad de una población sumamente castigada que forma una franja de altísimo riesgo: ante la exclusión provocada por ideas que se machacan todo el tiempo –dice Martínez–, el suicidio adquiere ese tono, el del último acto digno”.
¿Por qué varones? No hay teorías serias que den cuenta de los motivos, pero las estadísticas del país son similares a las que se registran en todo el mundo. En Argentina, hay 1 mujer cada 4 hombres que buscan ese fin, incluso entre los jóvenes. Pablo Bonaldi, intenta alguna respuesta con las explicaciones más habituales: “Suele decirse –explica– que las mujeres tendrían redes sociales más fuertes para enfrentarse con situaciones críticas pero aun esto forma parte de varios debates”.
La edad y un contexto de crisis social sin demasiadas perspectivas parecerían explicar rápidamente las causas más profundas de un fenómeno casi epidémico. De hecho, cuando la desocupación aumenta también crecen las muertes entre los suicidas. Pero no siempre esta relación se mantiene constante.
–¿Por qué?
–La relación causa y efecto es muy difícil de acotar –dice Bonaldi– de hecho hay períodos en los que la economía se recupera pero la tasa de suicidio no vuelve al punto de equilibrio.
Aun así el difícil momento que atraviesa el país, la crisis institucional y hasta la falta del Estado como referente sólido estarían presionando sobre estos datos casi como frías cuestiones de economía. “Ahora no están aumentando los números después de la crisis sino durante: el contexto deja a la persona en una situación de vulnerabilidad tal que precipita este tipo de respuestas autodestructivas”, dice Martínez. Es que perdido el progreso como cultura o proyecto de país, también desaparece una serie de mandatos sociales. “Si hasta ahora había ideales, aunque sea económicos, y eso desaparece: ¿de qué se puede agarrar la gente? Es imposible crear algo.”
Existen dos antecedentes casi paradigmáticos en la historia de suicidios argentinos. Uno ocurrió durante la guerra de Malvinas y otro momento fue el de la hiperinflación. En ambas ocasiones las tasas de suicidio no sólo no aumentaron, bajaron. El aumento se notó recién cuando acabaron los picos más críticos.
Eso es lo que diferencia el período actual de estas dos instancias: como dice Martínez, los números se dispararon esta vez durante la crisis y no después. “En aquellos momentos existía la sensación de proyecto, había empleo, los números de desocupación no eran estos y esa es una de las respuestas.” Y este fenómeno, con raíces fuertes entre la clase media, es una de las respuestas elaboradas por esas conciencias a las que de pronto se les cayó cada porción de territorio seguro, tranquilo y ordenado de país.

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