EL PAIS › OPINION

Pueblos pobres en tierras ricas

Por Alicia Entel
Frente a las más diversas elucubraciones y sentires en torno de la crisis latinoamericana, a nuestro desbarranque sin precedentes, y a las realidades de hormigueo humano dejado al margen de las posibilidades de sobrevivir, la pregunta que me surge es: ¿De qué cosas no se está hablando?
Información oficial, pública y alternativa aportan al difícil damero: el FMI, la deuda impagable, la corrupción, flotan como evidencias indudables. Es obvio que, ni desde el FMI ni desde los sujetos corruptos advendrán las soluciones que satisfagan las necesidades de la población hambreada. (Nunca advienen ni son por milagro.)
También es indudable la subalternidad y dependencia de nuestros gobernantes en relación con las imposiciones de los supuestos acreedores. (Mientras, ¿sabemos cuántas muertes hay por minuto en el país, por desnutrición, hambre, frío?)
Urge entonces dar un giro copernicano a nuestra mirada. Saber que no se trata sólo de nuestra crisis, sino de una profunda crisis del capitalismo financiero que ya no puede cobrar los inmensos intereses usurarios ni jugar a la bolsa como si nada. (Y al que casi todo de lo humano parece serle ajeno.)
Es precaria la vida del capitalismo de papeles, llámense letras, bonos o billetes. Por eso, algunos, “precavidos”, han adquirido inmensidades de tierras en nuestro territorio. Y mientras se nos vendía la idea de que pasábamos de los tiempos del petróleo a las “sociedades de la información”, en verdad se iba desplegando otra estrategia. Se trataba de contar con la información, detección y control de adónde hallar los recursos para la supervivencia –tal vez no la humana en general, pero sí la del sistema–, cómo sería la marcha de las cosechas, adónde las fuentes de energía, qué quedaba aún en el planeta, cuánta materia pensante y para qué. Lo que no está, de lo que no se habla tanto hoy, es de que América latina constituye un gran reservorio de energía (petróleo), oxígeno (el Amazonas), agua dulce (ríos y glaciares), tierras (inmensidades sin reforma agraria), minerales, mares, humanos capaces.
Desde tiempos inmemoriales, gran parte de este patrimonio de la Humanidad fue enajenado, expuesto al saqueo y expoliado.
Hay pueblos pobres, muy pobres, en tierras ricas. Tierras que no son el sustrato y sustento para la supervivencia de muchos, sino resguardo patrimonial de unos pocos.
En el devenir de este razonar surge la respuesta, histórica pero olvidada: los recursos estratégicos no pueden estar en manos privadas ni mucho menos concentrados en pos de los intereses de unos pocos. Deben volver a los Estados, o a los acuerdos regionales entre Estados Latinoamericanos.
El agua, el aire, el fuego, la tierra –tanto como los museos, las bellas ciudades y los testimonios artísticos– deberían ser considerados “Patrimonio común de la humanidad”. Su distribución justa y usos cuidadosos combatirían sin dudas la exclusión y la enorme masa de hambre y subdesarrollo. Tales acciones constituirían un buen punto de partida para desafiar la fuerte desigualdad que se extiende por el Continente. Entonces, ¿qué estamos esperando?

* Investigadora en Comunicación y docente de la FCS-UBA.

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