EL PAíS › EL JUEZ DE LA PLATA LEOPOLDO SCHIFFRIN ANALIZA EL JUICIO A MIGUEL ETCHECOLATZ

“No me quería sentar encima de la prueba”

A partir de las audiencias del juicio por la Verdad, este magistrado dio el puntapié inicial para que se realizara el juicio contra Miguel Osvaldo Etchecolatz, que comenzó esta semana.

 Por Victoria Ginzberg

En 1999, después de escuchar durante más de un año testimonios de sobrevivientes y familiares de desaparecidos en el Juicio por la Verdad, el camarista de La Plata Leopoldo Schiffrin pidió a sus compañeros del tribunal que el represor Miguel Osvaldo Etchecolatz fuera citado como sospechoso. Todavía estaban vigentes las leyes de impunidad. Se trataba de iniciar un camino y forzar una declaración sobre la invalidez de esas normas. La iniciativa de Schiffrin fue discutida, rechazada y, finalmente, girada a un juez de primera instancia para que se investigaran los crímenes que habían conmovido al juez en las audiencias públicas. Al magistrado le disgustó la medida, pero ese hecho culminó en el juicio oral contra el ex director de Investigaciones de la Policía Bonaerense que comenzó esta semana. Schiffrin cuenta ese proceso y analiza los avances de los expedientes sobre el terrorismo de Estado. “Tenemos una Justicia tardía, tenemos que evitar que sea más tardía aún”, señala.

–En La Plata dicen que esta causa se inició por hartazgo, porque usted se cansó de escuchar tantos testimonios en el Juicio por la Verdad sin poder hacer nada, ¿es así?

–Es así, sólo que está simplificado. En 1999, cuando ya llevábamos más de un año de juicio y se veía que la prueba era abrumadora, preparé con mis colaboradores de entonces una iniciativa dirigida al pleno de la Cámara –que no era una denuncia– para que Etchecolatz fuera citado en declaración indagatoria. No podíamos citarlo como testigo.

–Pero era difícil citarlo porque todavía estaban vigentes las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

–Sí, pero más por el espíritu que existía, porque las leyes ya estaban muy cuestionadas. La ley de Obediencia Debida tenía una parte procesal que impedía el llamado a indagatoria, pero como estaba derogada, eso no se aplicaba más. Nada impedía llamarlo por esos hechos. Después, él podía invocar la ley de Obediencia Debida, que se podía aplicar como ley penal más benigna.

–¿Y luego había que dejarlo libre?

–Si él invocaba la Obediencia Debida había que definir si la ley era válida o nula, por eso nadie lo quería agarrar. En definitiva, hasta que no hubo una corriente de opinión muy fuerte y avalada legislativamente, en los tribunales no se dio el paso. El paso se dio a la rastra de la opinión pública.

–¿Usted intentaba iniciar un camino y ver qué pasaba?

–Es que la derogación, para mí, fue un gran paso. En la Cámara Federal de La Plata hubo un gran debate. Las posiciones estaban tan divididas que al final esto lo decidieron jueces de primera instancia que actuaron como conjueces y decidieron que esto fuera considerado una denuncia, que no era tal. Yo me quedé muy lesionado. Estuve tres meses sin ir a las audiencias. Me empezó a dar vergüenza.

–¿Vergüenza porque no lo citaban a Etchecolatz?

–En general... que se estuviera acumulando prueba... Me acuerdo que en un momento en que habíamos ordenado una inspección ocular, un militar me dijo: “Muy bien, usted acumula una montaña de prueba y después, ¿qué hace con eso?, ¿se sienta encima?” Yo no me quería sentar encima. Entonces, ahí fue que la mayoría que no quiso tomar indagatoria lo mandó como denuncia a primera instancia. El juez (Arnaldo) Corazza se declaró incompetente y fue a Capital Federal, donde quedó en manos del juez Sergio Torres, que la instruyó bien. Cuando toda la causa 44 (Camps) con sus derivados vuelve a La Plata, llega esta causa, que estaba a tal punto preparada que ya tenía el pedido de elevación a plenario. Así, quedó lista después de obstáculos procesales menores y llegó a ser el primer juicio que se llevó a cabo. Llevó por años la carátula Schiffrin sobre denuncia, hasta que la cambiaron por Etchecolatz. Es decir que soy denunciante, pero no en el sentido clásico de la palabra. Primero por lo que acabo de narrar, pero también porque es una denuncia que se hizo por obligación del oficio.

–Los juicios por la Verdad fueron criticados porque no se podía condenar a los represores. Las denuncias que salieron de La Plata demostraron que tuvieron su utilidad, pero ahora que las leyes están anuladas, ¿siguen teniendo sentido?

–Son irreemplazables. Esto funciona como una central de reunión de información. En realidad, no hemos hecho ni la mitad del trabajo. Hemos tomado más de mil cien declaraciones. Hay cantidad de casos que no se conocen. Desaparecidos tenemos contados mil ciento ochenta y una gran cantidad de ellos son nuevos con relación al Nunca Más. Y todos los días aparecen nuevos. La capacidad de los juzgados de instrucción no da para hacer estas cosas. Por esto es como una central de reunión de información que los fiscales la toman para abrir causas o enriquecer causas abiertas.

–Lo de central de reunión de información suena a la SIDE.

–Bueno, no sé cómo llamarla (se ríe). Pero no se olvide que se trata de información pública a la que se puede acceder por Internet.

–Otra denuncia que salió del juicio por la Verdad es la del cura Cristian Von Wernich, ¿en qué estado está la causa?

–Creo que tendría que ser elevada pronto a juicio. Hasta ahora nunca se juzgó a un miembro de la Iglesia por estos hechos.

–Justo ahora que la Iglesia hace esos llamados a la reconciliación.

–La reconciliación es una idea que podría tener sentido cuando ambas partes se han inferido iguales lesiones. Las más de mil declaraciones y la documentación revelan que los blancos favoritos de la represión no eran los pocos resistentes armados que podían quedar, sino la masa de los activistas, por ejemplo, del campo gremial. Los dirigentes gremiales de base y los estudiantes eran los favoritos. A la Cámara viene gente muy humilde que nunca tuvo oportunidad de declarar. En realidad, hay gente de dos tipos: los que agradecen la oportunidad y dicen que por fin han encontrado un lugar donde los oigan y han podido vertir sus penas y otros que están enojados que dicen “después de tantos años y ¿qué pasa..?”.

–Y los dos tienen razón, ¿no?

–Los dos tienen razón. Otra de las cuestiones que se ha comprobado en estos juicios es la fenomenal desaparición de pruebas. Se supo que se destruyeron 23 libros de la morgue policial de La Plata que eran preciosos. El único que sobrevivió lo están usando en el juicio contra Etchecolatz.

–En algunas jurisdicciones los juicios están avanzando y en otras están estancados. ¿Se puede hacer algo al respecto?

–Yo siempre sostuve que hay que dictar una ley especial que obligue a los jueces a actuar, no digo en términos muy breves, porque no se puede, pero sí en términos muy claros. Y se debe establecer que si no se cumple es causa de mal desempeño. Además se necesitan reglas para agilizar algunos actos procesales, como las apelaciones.

–Es que se trata de delitos imprescriptibles, pero se corre el riesgo de no hacer los juicios y de que se mueran los represores y las víctimas.

–Claro. Cuando hay buena voluntad, por ejemplo en La Plata, los jueces mandan incidentes de apelación y siguen instruyendo la causa. Pero, para mí, tiene que haber una ley que obligue a los jueces a actuar. Yo llevé un proyecto a (el presidente Néstor) Kirchner cuando se reunió con la Comisión Provincial por la Memoria, al inicio de su mandato. Fui como consultor de la Comisión y lo llevé, pero hasta ahora no pasó nada.

–¿El destino de las causas termina dependiendo de la buena voluntad de los jueces?

–No puede ser que dependa de la buena voluntad de los jueces. Muchos dicen que no se puede establecer reglas especiales. Pero también está esta circunstancia: acá hubo una sistemática denegación de Justicia por 20 años. No sigamos atrasando el procedimiento. En Buenos Aires y La Plata más o menos camina, pero en el interior...

–¿Cómo evalúa el accionar de los jueces en general?

–Está el problema genérico que tiene siempre una corporación burocrática con un pasado ligado a la antigua república oligárquica. Hoy hay muchos hombres nuevos, que no pertenecen a ese sector social, pero aún así, el espíritu general es estar ligado a esa vieja república no del todo desaparecida. Pero es una corporación en transición. Yo quisiera que este momento crucial fuera de reflexión. Ya que la judicatura está respondiendo en la forma que la Justicia reclama, que las medidas legislativas también puedan impulsarlo.

–¿Por qué es un momento crucial?

–Si estos juicios no se hacen ahora y con cierta premura no se hacen. Tenemos una Justicia tardía, tenemos que evitar que sea más tardía aún. Hay desaparición de pruebas, testigos muertos.

–¿Por qué cree que ahora surge un grupo que defiende públicamente la dictadura?

–Porque empezó a verse que la lucha contra la impunidad produce algunos resultados. Y eso conmueve la estructura de autojustificación complaciente que subsistió tantísimos años.

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