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El género del sida

 Por Marta Dillon

Cuando comenzaba el último milenio y la infección por VIH-sida cumplía su segunda década de haber sido bautizada con nombre, apellido y diagnóstico, la comunidad internacional nucleada en Onusida –el órgano de Naciones Unidas dedicado a la “lucha” contra el sida– forjó un lema destinado a alertar sobre la creciente feminización de la pandemia: “Los hombres hacen la diferencia”. La razón, hoy como entonces, para cualquiera medianamente informado parece obvia: ellos son los que se pueden poner el preservativo, el único método de barrera verdaderamente efectivo para evitar la transmisión sexual del VIH. En el comienzo de la XVI Conferencia Internacional sobre Sida que arrancó el lunes en Toronto, Canadá, el fracaso de aquella apelación se hizo evidente: lo que ahora se reclama directamente es “un mayor enfoque en la mujer”. A ellas hay que brindarles las herramientas concretas para evitar la dramática proyección que tiene sobre el género femenino esta enfermedad que puede convertirse en crónica con un acceso adecuado a tratamientos antirretrovirales, algo de lo que gozan apenas un tercio de las y los infectados en el mundo.

Las mujeres son más vulnerables al VIH-sida. La posibilidad de infección en una relación heterosexual es de dos a uno en contra de ellas, pero la razón de que año a año cada vez sean más las mujeres infectadas –en Argentina, por ejemplo, en menos de diez años la relación pasó a ser de 15 varones infectado por una mujer a 3 a 1– hay que rastrearla en las relaciones jerárquicas entre los géneros, una pauta cultural tan instalada que a diario es necesario un esfuerzo para hacer visible esta inequidad.

“Ante la incapacidad de las mujeres de negociar con el hombre relaciones seguras se torna urgente acelerar la investigación sobre otras formas de prevención”, dice el comunicado oficial de prensa de la XVI Conferencia Internacional sobre Sida haciendo referencia al uso de microbicidas que aplicados en la vagina podrían inhibir la transmisión del VIH. ¿Incapacidad? La palabra suena peyorativa pero describe hechos concretos: la violencia de género es una constante y se agrava cuando se la cruza con otros factores como la falta de educación y la pobreza extrema. ¿Qué posibilidad tiene una mujer que debe elegir entre mantener relaciones con su compañero sexual o sufrir maltrato para negociar el uso de preservativo? Prácticamente ninguna. ¿Podría esta misma mujer hacer uso de un gel microbicida que debe colocarse en la vagina –y en el recto– una hora antes de mantener una relación sexual para protegerse del VIH? Sin duda es una herramienta que no tiene que negociar –más que en la farmacia o el Centro de Salud–, pero a la vez no se puede obviar que protegerse implica tomar la decisión de estar disponible a los deseos de otro, por las dudas.

Desde el comienzo, la aparición del sida significó una oportunidad para volver a hablar de la sexualidad no solamente como un hecho mecánico que necesita instrucciones, sino como un sistema de comunicación, de relaciones afectivas y también de poder. Fue una oportunidad para poner en primer plano el cuidado por el propio cuerpo y por el de los otros y otras con quienes se establecen relaciones. Pero también lo fue para que resurgieran con fuerza los discursos más conservadores en torno de la sexualidad que aprietan los dispositivos de control sobre cualquier expresión que difiera de la norma heterosexual y –aunque parezca retrógrado– destinada a la reproducción. Estos discursos no son inocentes ni apuntan solamente a sostener dogmas religiosos, sino a proteger un esquema de poder que da libertades a unos y mantiene en caja a otras o en el placard a cualquiera que se manifieste por la diferencia. Son estos mismos discursos los que se han constituido en combustible para encender la mecha de la infección sembrando dudas sobre la efectividad del preservativo y poniendo el acento en la abstinencia sexual como única manera de mantenerse “sano”. Y a quien quiebre la norma, que sufra el castigo. ¿Por qué los hombres deberían hacer la diferencia, como se proponía a principios de este siglo si no estaba demostrada la eficacia real del preservativo? ¿Por qué abandonar sus prerrogativas de machos si el problema era de heterosexuales? Estas preguntas resultarían anacrónicas si en los Estados Unidos no se estuviera quitando financiamiento a organizaciones de mujeres que trabajan para que ellas tengan control y acceso a la información sobre su salud sexual y reproductiva y, al contrario, los mismos subsidios se otorgan a otras organizaciones que siguen pontificando sobre la abstinencia, discurso favorito del presidente George W. Bush.

En Africa, donde el VIH-sida se expandió en los últimos diez años como fuego sobre pasto seco, la única paridad que tienen las mujeres en relación a los varones es en el número de infecciones. Allí los esperados microbicidas que hasta ahora no han demostrado más que un 30 por ciento de efectividad se vienen usando como alternativa para la prevención, aun cuando los primeros resultados reales sobre su eficacia se esperan para el 2008. “Pero incluso un producto con una eficacia menor que la que advertimos podría evitar un gran número de infecciones”, dijo ayer Gita Ramjee, directora de la Unidad de Investigación para Prevención del VIH de Sudáfrica. Con esas pocas palabras Ramjee –quien además reclamó la falta de compromiso internacional para desarrollar esta herramienta– describió la urgencia de contar con el mal menor. Si no es la cura, la curita.

El consenso demostrado en esta conferencia sobre la necesidad de darle herramientas a las mujeres para que puedan tener en sus manos la prevención es una buena noticia. Pero es necesario que en el mientras tanto que significa la aparición de nuevos métodos de barrera se trabaje en profundidad sobre las inequidades de género, porque ninguna herramienta concreta es eficaz si no se cuentan con las herramientas simbólicas, culturales, educativas que tiendan a abolir las relaciones jerárquicas entre los géneros que siempre se traducen en violencia.

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