EL PAIS › HEBE DE BONAFINI, A TREINTA AÑOS DE LAS MADRES

“Silbar en una plaza es como discutir en un café, no sirve”

Habla con cariño del acto y con enojo de los “que silban por silbar”. Y en este aniversario y con 79 años cumplidos, recuerda los difíciles comienzos, su descubrimiento del “colectivo madres”, la figura de Azucena y hasta cuándo y cómo empezó a usar agenda. Y habla sobre el cambio que fue dejar de decir “mi hijo no hizo nada”.

 Por Alejandra Dandan

La Casa de las Madres atesora regalos en vitrinas, sobre las mesas, en las paredes, en los escritorios, arriba de los armarios. Fidel Castro le regaló a Hebe de Bonafini una de cartera de cuero negro, chiquita, coqueta, que todavía está guardada detrás de un vidrio. “¿Cómo la voy a usar?”, dice ella, impresionada. Hace unos días, pasó a verla Charly García. Las madres lo habían llamado para pedirle su presencia en los festejos de los 30 años, para el acto del 30 de abril en la Plaza de Mayo. Charly les habló durante una hora y media, de él, de su hijo, de las peleas, de lo que era cierto, de las mentiras y de los porqués.

“¿Sabés lo que es esto?”, dice Hebe y rescata las tapas amarronadas de un disco viejo de entre miles de papeles. Son las tapas de un disco de Charly García, se las dejó él mismo, escritas como al paso por detrás. Hebe está convencida de que todo eso alguna vez será una canción. Por eso quiere enmarcarla, como las láminas que tapan su oficina o como las dos fotografías inmensas, dedicadas, firmadas y preparadas con passepartout y marcos de las galerías de arte y que ahora la esperan en el piso. Cristina Fernández le dejó las fotos enmarcadas durante una visita que le hizo estos días. En una, Néstor Kirchner la abraza fuertemente.

El día del show en la Plaza de Mayo, pese a todos los temores, Charly llegó de saco y corbata a rayas, como les había dicho, tocó los temas previstos y no protestó cuando se cortó el sonido del escenario.

–En ese momento apoyó el micrófono en el teclado –dice Hebe–, levantó la vista y me guiñó un ojo como diciendo “yo estoy acá”. Y le molestaba la corbata; que a cada rato se la tiraba para atrás; pero él sabe; sabe con quién y sabe qué. Yo me acuerdo de que cuando inauguramos la universidad (de las Madres) hace ocho años, lo invitamos y me dijo que venía. “Voy a llevar el teclado”, me dijo. “Ah, qué lindo el teclado”, le respondí. “¡Pero vos sabés que a mí me encanta el saxo!”. ¿Y qué hizo? Cuando llegó la hora, se fue a comprar un saxo para tocar.

–Algo así le pasó con Maradona.

–Con Maradona yo nunca hablé. Una vuelta estuve por ir a verlo cuando estaba mal, pero no fui por la prensa. Quería ir a decirle que si necesita una mano, acá la tiene. Sobre todo para parar tanta basura. Y si me necesita todavía, yo iría encantada porque son tipos del pueblo, que uno los quiere por algo. ¡Mirá Charly! Lo ama la gente. Los que dicen que está loco no saben nada.

–Aprovecho a Charly para preguntarle por el acto y por Kirchner. Hubo un momento en el que usted se enojó con la gente porque silbó al Presidente. Les dijo que los que silban no entienden nada, y en general cuando habla del Gobierno dice que mantiene un apoyo crítico. ¿Qué significa eso?

–Claro, porque si uno protesta tiene que tener una propuesta, porque la protesta sola, como hace la izquierda, no sirve para nada. Yo digo, silbar en una plaza es como discutir en un café, no sirve. Nosotros decimos que hacemos la revolución construyendo. Lo que vemos que está mal lo decimos, por eso hicimos un ayuno por lo que esta pasando en Santa Cruz. A mí me parece que un ayuno a esta edad no lo hace cualquiera y a dos días del 30 que teníamos que estar bien. El médico nos dijo: “Tengan cuidado que no son pendejas”. Somos viejas, diabéticas, estamos enfermas del corazón pero tenemos un cuerpo para seguir poniendo.

–La Madres cumplieron 30 años este 30 de abril. ¿Cuál cree que fueron los momentos clave?

–Primero, darnos cuenta de que el colectivo era importante. Cuando se llevaron a Azucena Villaflor y a las otras madres (Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco) quedamos otra vez desamparadas, nadie quería volver a la Plaza. No éramos ni 20, habíamos llegado a ser 200 y un pequeño grupo volvimos a la Plaza. Porque los organismos habían puesto carteles en sus sedes para que nadie volviera a la Plaza porque era peligroso. Eso era muy potente, si ellos lo decían. Y cuando llegamos a la Plaza nos dimos cuenta bien de que era peligroso: estaban los perros, estaban los palos, estaba la policía con ametralladoras, con gases, y no pudimos dar más de dos vueltitas nada más porque no nos animamos a dar más (ver aparte).

Hebe tiene 79 años, y dos hijos desaparecidos, de los que en general no habla. Jorge era el mayor, lo secuestraron el 8 de febrero de 1977. Raúl desapareció el 6 de diciembre de ese año y en mayo de 1978 se llevaron a su nuera. Conoció a Azucena y a las madres en la Plaza una semana después de que empezaran a reunirse ese 30 de abril. Todavía no existían las rondas, esas vueltas a la Pirámide de Mayo con las que perpetuaron el movimiento detrás del dolor. Todavía se quedaban paradas y muertas de miedo frente al monumento a Belgrano, porque las echaban de cualquier otro lugar.

–Usted mencionó el momento de la desaparición de las madres. Uno supone que fue alguno de los momentos más críticos. ¿Cuáles fueron esos momentos?

–El peor de todos fue el secuestro de las madres, porque quedamos totalmente desesperadas. Eran tres puntales. Vos pensá que Azucena y yo, el día de la misa (en la Santa Cruz del 8 de diciembre de 1977, cuando la Armada secuestró a un grupo de familiares de desaparecidos, entre ellos a las madres Careaga y Bianco, reunidos para preparar una solicitada a publicar en La Nación) estábamos juntando plata en otro lado: Azucena en una iglesia, yo en otra evangelista. Cuando después me junté con ella, le dije: “Bueno, mirá, vamos a dejar, se llevaron a las madres”. Pero ella me respondió: “Dejá que las busquen los abogados. Vos tenés que entender que esto tiene que salir. Ya habrá abogados, gente que las busque”. Yo quería abandonar todo. Salir a buscarlas, qué sé yo, hacer lo que hacíamos con los hijos.

El grupo de la Santa Cruz sucumbió a partir de un operativo de infiltración realizado por Alfredo Astiz. Entre los doce secuestrados estaban las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Duquet desapareció el 10 de diciembre, el mismo día del secuestro de Azucena.

–Luego del secuestro de las otras dos madres, ¿Azucena insistió?

–Por eso ellas eran las que más sabían. Mary Ponce trabajaba con la Iglesia del Tercer Mundo, en los sótanos de la Santa Cruz se reunía la gente. A mí me parecía que era muy escondido, me daba miedo meterme a ahí: nunca quise hacer nada que no se supiera. Si a nuestros hijos se lo llevaron porque estaban así, decía yo, era mejor que nosotras hagamos todo a la vista, por eso nunca hicimos volantes. Cada una de las madres escribimos cosas en cuadrados de cartón porque no quisimos mandar a hacer nada impreso, tuvimos mucho miedo de hacer eso mucho tiempo.

–¿Ustedes los hacían?

–Los hacíamos nosotras. Escribimos, por ejemplo, en los billetes de dinero porque no teníamos cómo comunicarnos con la gente. Un día, hablando con otra madre, le dije: “Ché ¿si escribimos los billetes que usamos?”. Entonces, cada una empezó a poner lo que quería en los billetes. Hicimos uno para ver cómo quedaba. Pusimos: “A mi hijo se lo llevó la policía” o “Tenemos un hijo secuestrado”. Llegábamos a la feria a las ocho de la mañana y comprábamos con esa plata. Nos dimos cuenta de que era el billete que pasaba más rápido, nadie lo quería tener. Era como un volante, pasaba rapidísimo. También lo hicimos para tomarnos colectivos: una se tomaba un colectivo, pagaba con ese billete y se bajaba a las tres cuadras. Y cuando nos empezaron a decir que los quemaban empezamos a escribir billetes de más valor. Y después, otra vez, recorrimos como ciento y pico de iglesias, elegimos algunas en el Gran Buenos Aires y en La Plata. Nos pusimos a ver cómo funcionaban las iglesias, los horarios y vimos que dejaban los cuadernos de canto acomodados en los bancos. Y dijimos: “Bueno, vayamos y saquemos los cuadernos de canto de los bancos”. Cada una escribió como una bestia lo que quería, arrancamos la hoja de canto y le pusimos la nuestra: las dejábamos en los bancos y salíamos disparando. Cuando iba a cantar la gente se encontraba con eso, era una manera de comunicarnos porque había que inventar cómo íbamos a hacer si la gente no sabía nada.

–Debió ser muy fuerte esa sensación de no poder hacer que les crean.

–Era muy loco que nadie decía nada. Los políticos decían que no había desaparecidos, los curas decían recen, los milicos decían que mentíamos, que los hijos se habían ido con otra mujer o con otro hombre.

–Esa forma de trabajo empezó a dar frutos.

–Eso hizo que estemos más vigiladas, pero la desaparición de Juanita, de Azucena y de Esther hizo que también se supiera qué hacíamos las madres. Y el Mundial nos catapultó (ver aparte), y las rondas de los jueves, y salía en todos partes, aunque no querían, nos tenían que sacar.

–En ese proceso, ¿cuál cree que fue el rol específico de Azucena?

–Azucena era mujer impresionante, una mujer muy íntegra. Yo me hice bastante compañera de ella porque un día descubrimos, no lo sabíamos, que el marido de ella y mi marido se conocían. Mi marido trabajaba en el taller naval y el marido de ella vendía kerosene y lo iba a cargar ahí. Un día se vieron y se reconocieron, somos tal y somos cual, dijeron. Yo iba bastante a su casa, no a redactar porque eso lo hacía ella; sabía escribir a máquina y redactar muy bien, pero iba a ver qué seguíamos gestionando. Me acuerdo que un día fui y pasé por la carnicería para comprar algo de carne para comer y ella fue corriendo detrás mío, y me la hizo dejar: “Nadie que viene a mi casa compra nada, come lo que hay”, me dijo. Son enseñanzas muy duras. Muy fuertes.

–Azucena había trabajado en la SIAM Di Tella de Avellaneda. Tenía una formación gremial.

–Tenía formación gremial y tenía formación de la familia. Ella no había hecho política pero viene de una familia muy formada políticamente. La formación gremial, y sus presos, porque cuando tenés un pariente preso no hacés nada pero, qué se yo, mandás plata para la familia.

–¿Fue ese compromiso el que finalmente las marcó?

–Ella y María Adela (Antokoletz) porque venía de otra estirpe, mujer muy elegante, mujer de embajador, tenía presencia, pero también fue una mujer que puso su casa para hacer reuniones. Fue la primera que me ofreció su casa para que me quede a dormir, porque yo no podía volver muy tarde, y Juanita (Pargament). Juanita hacía todas las reuniones en la casa. Hacía té. Té, como si fuera de señoras gordas, y Azucena y yo nos desesperábamos porque Azucena vivía en Sarandí y yo en La Plata. Además, queríamos activar rápido. Y Juanita empezaba con el té y con que “¿querés torta de chocolate?”. Y todo el mundo empezaba a hablar. Un día, abrí el aparador de Juanita que tenía tacitas, platitos, de todo, y les dije: “Pero nadie va a abrir el aparador hasta que no terminemos todo”. Y la que quería tortas se quedaba. Tuvimos que entender que las reuniones no son para tomar el té. Ella sigue siendo una mujer así, ofrecía su casa, muy abierta, y también se la pintaron con la palabra “terrorista”.

–A la distancia, aquel comienzo con el planteo de lo “colectivo” parece muy visionario.

–Al principio no era un colectivo porque cada una iba por su propia cuenta, pero qué pasó, alguna venía y te decía: “Bueno, no importa, si no se puede acá vamos a otra plaza”. Lo que Azucena fue haciendo es decir: “Vengamos acá”, porque “acá” cada una llevaba una noticia. Por ejemplo, si yo conseguía el nombre de un obispo de Alemania, lo llevaba. Y no sabés lo que era escribir calles de Alemania cuando no fuiste ni siquiera a la escuela: ¡Nunca en la vida habrán llegado mis cartas porque yo escribo para el diablo!

–Usted suele decir que escribía los nombres como los oía...

–Entonces, Azucena decía que si veníamos a la “acá” cada una podía traer la novedad que había conseguido. A quién se le podía escribir, a dónde se podía ir. Yo tengo guardado el cuaderno del primer año, y no se puede creer cómo hice tantas cosas por día. La primera vez que me regalaron una agenda, que me la regalaron para 1979, no sabía para qué se usaba. Y la escribí como si fuera un cuaderno y como no podía escuchar y escribir al mismo tiempo, empecé a hacer como mapitas: quien hacía esto, con esto, y lo hacía así para entender muchas cosas que no entendía.

–¿Como por ejemplo cuáles?

–Las tengo guardadas. Tengo guardadas todas las actas de esas reuniones.

–Si mira su propia historia hacia atrás, a quién se encuentra. Con Hebe, con una ama de casa, con una mamá.

–Sigo siendo una ama de casa. Si vieras cómo vine hoy, cargada de verduras, fruta hervida, la ropa lavada; hago las cosas a los ponchazos, me ayuda mi hija (María Alejandra). No quiero dejar de ser ama de casa porque creo que la mujer tiene una cosa que es muy importante, que puede hacer muchas cosas a la vez. Me acuerdo de que mi hijo menor me decía, mamá para qué secas los platos si en ese rato podés hacer otra cosa, y si a la noche los tenés que sacar de vuelta. Yo lo escuché perfecto: ahora jamás seco los platos, de ahí los pongo en la mesa. Un día me tiró los patines, y me decía que aproveche ese tiempo para leer. ¿Para qué?, le decía. Si están ustedes.

–Usted siempre dice que sabía que ellos estaban militando en política, ¿era curiosa? ¿Los acompañaba?

–Sí, además, me decían: “Mami, puedo traer un chico acá”. Te pedían alojamiento por un día y después resulta que eran meses. Y después me preguntaban si me animaba a sacarlo. Tuve que aprender qué era el tabicado. Un día, me dice mi hijo mayor: “Me voy a mudar, pero te voy a llevar a la casa tabicada, vos tenés que saber dónde vivo”. Me subí al auto, me tabicaron, llegué a la casa, y me sentaron en el patio. Mi nuera me dio un mate y yo levanté la vista: en ese momento veo un tanque de agua, del San Martín. No les dije nada a ellos, pero un día que no venían, me puse nerviosa y me fui a la casa. “¿Cómo sabes?”, me dijo. “Mirá el tanque, está clarito, ustedes son ingenuos. Se creen que el que llega acá no sabe dónde viven”. Yo me aprendía esas cosas; mi marido, en cambio, no, porque no le salía.

–¿Por qué?

–No entendía, entendía lo que ellos hacían, pero ¿ocultarse? Ocultar dónde vivir, para qué. Igual hizo muchas cosas porque como trabajaba en YPF muchas veces mudó gente con la camioneta, era un plato porque decirle a mi marido: “Tenés que ir con un paquete de criollitas y un diario en la otra mano para que sepan que tenés que ir a hacer la mudanza”. Le costaba mucho pero bueno, lo tuvo que aprender. Eso era la conciencia que teníamos mi marido y yo de la política.

–Digamos que su primer compromiso con ellos fue a partir de su vocación de madre.

–Por ejemplo, me decían: “Mirá, mamá, hay un chico escondido, hay que llevarle la comida”. Y dónde está, les preguntaba yo porque pensaba que había que llevar la comida, entrar y listo. Pero no era así. Después tenía que buscar por dónde entrar, dar una vuelta por la manzana, ver que no te sigan. Un día mi hijo Raúl me dio un montón de números de teléfonos al revés, ¡cosa de locos! Y de esa forma aprendí a conocer lo que ellos hacían.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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