EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Culturas

 Por Luis Bruschtein

Más allá del resultado final de la segunda vuelta en la ciudad de Buenos Aires, una de las conclusiones que pueden sacarse al finalizar las campañas es que el Gobierno venía perdiendo una batalla decisiva en el plano de los mensajes y las agendas y terminó de perderla en la primera vuelta de las elecciones porteñas. En el espacio del lenguaje y la cultura, que es el que hablan los medios, el candidato de la centroderecha, Mauricio Macri, logró surfear sobre la fuerte ola de denuncias sobre el caso Skanska y de movilizaciones de protesta en la ciudad de Río Gallegos e instalarse en el lugar del sentido común del momento para hablar en su nombre.

Resulta paradójico que una vez instalado en ese lugar, favorecido por la ola de denuncias de corrupción y autoritarismo que inundó los medios poco antes de las elecciones porteñas, Macri lo usara para neutralizar cualquier cuestionamiento, crítica o denuncia que pudiera surgir contra él o su fuerza. Se creó así un espacio donde resultaba legítimo denunciar al oficialismo y sus candidatos, ya fuera por ideología, historia, corrupción o mal desempeño, pero cualquier alusión a la centroderecha en cualquiera de esos rubros asumía la forma de campaña sucia, como lo repitieron hasta el cansancio muchos de los analistas mediáticos.

De esta manera, la campaña para la segunda vuelta fue un paseo para Macri, mientras que el candidato oficialista de la centroizquierda no encontraba lugar ni eco para sus planteos en el afán de remontar la considerable diferencia que había sacado Macri en la primera ronda.

Macri ganó la batalla en los medios y éstos a su vez amplificaron un espacio que lo favorece en el sentido común y la opinión pública más extendida en la ciudad. Sin embargo, este fenómeno que proyectó en gran medida al macrismo tuvo un efecto de rebote para la convocatoria del centroizquierda kirchnerista. Porque rompió un proceso que pesaba sobre todo en la mediatizada Capital Federal, donde las encuestas siguen siendo favorables a Kirchner para una eventual elección presidencial, pero donde era difícil encontrar que se aceptara en forma pública esa empatía.

La gran diferencia que logró Macri en la primera vuelta extremó los ánimos. Es difícil saber cuántos de los que voten a Macri esta vez podrían votar a Kirchner en octubre, una posición que era más lábil antes de esa confrontación. Pero al mismo tiempo se liberaron las proximidades y acercamientos a la conformación de un espacio electoral de centroizquierda con participación protagónica del kirchnerismo, lo que hasta poco antes encontraba fuertes resistencias y que habría sido difícil de cristalizar si la diferencia de votos que logró Macri en la primera vuelta hubiera sido menor.

La expresión más clara de este fenómeno se dio en la izquierda local, donde la gran mayoría, con excepción de los partidos trotskistas y el maoísta PCR, optó por alinearse junto a Filmus, ya sea desde el apoyo directo hasta posiciones más o menos críticas. Los partidos socialistas, el Partido Comunista, el Partido Humanista y el maoísta Partido de la Liberación expresaron públicamente su apoyo al ministro de Educación e inclusive hicieron campaña en su favor contra Macri. La gran mayoría de la CTA, con excepción del sector que conduce ATE, articuló también su respaldo a Filmus. Este último sector, representado por el diputado Claudio Lozano, finalmente también decidió votar contra Macri, aunque manteniendo muchas reticencias con el oficialismo. Estas expresiones se sumaron a otros sectores de la izquierda, sobre todo de los movimientos sociales, de derechos humanos, gremiales y piqueteros que desde antes trataban de perfilarse como una suerte de izquierda del kirchnerismo.

La decisión de los partidos trotskistas de mantenerse al margen de la segunda vuelta, más que una decisión coyuntural, expresó en realidad la coherencia con su propia tradición política, ya que estos grupos nunca votaron a otros candidatos que no fueran los propios. En el caso del PCR también tiene una tradición de voto en blanco que rompió en dos ocasiones: cuando votó a Isabel Perón en 1973 y a Carlos Menem en 1989.

Estos movimientos en la izquierda sirven como ejemplo, como manifestación más visible, del fenómeno de reestructuración y realineamiento que se produce en todo el escenario político. No quiere decir que las expresiones de apoyo a Filmus contra Macri desemboquen necesariamente en el surgimiento de partidos o alianzas, pero contribuyen a rediseñar espacios que desde la crisis del 2001 estaban difusos. Cada elección subraya más esas líneas que se habían desdibujado con la crisis de los dos grandes partidos, el PJ y la UCR, y toda la gama de matices ideológicos que contenían en su seno. Así como es difícil saber cuántos de los votantes “kirchneristas” de Macri podrían votar a Kirchner en octubre, tampoco es fácil medir hasta qué punto se sostiene la reticencia de votantes de izquierda o centroizquierda porteños a coincidir en puntos y espacios con el centroizquierda kirchnerista.

De la misma manera se difundieron solicitadas firmadas por personalidades de la cultura y hasta científicos y Filmus organizó festivales de música y charlas. En este plano también se produjeron movimientos. Filmus copó la “cultura”, considerada más desde un sentido artístico que antropológico. Pero Macri copó la “cultura”, si se la considera más desde un punto de vista antropológico que artístico. Parecería que el que “manda” en la primera tendría más peso en la segunda, pero en realidad son asincrónicas. El antiguo PC tuvo muchas simpatías, y durante muchos años, en el plano artístico y hasta educativo, pero nunca pudo trasvasar esa influencia al plano de los paradigmas y valores, criterios y lenguajes con los que se maneja la mayoría de la población.

El macrismo ocupó el centro del ring sin mucho esfuerzo y desde allí administró su estrategia. Gran parte del éxito de Macri en ese plano obedeció a su relación con Boca, que lo convirtió en el candidato más conocido desde antes de la elección. También influyó que Filmus desembarcara tarde como candidato y que en la primera vuelta todo el esfuerzo se centrara en la competencia por el segundo lugar con Jorge Telerman. Lo que nadie cuestionó en la primera ronda apareció forzado cuando se quiso hacer en la segunda.

El PRO no sólo pudo instalar que cualquier crítica a su espacio implicaba campaña sucia, sino que también pudo satanizar la “ideologización” de la política. De esa manera redujo la política a una cuestión de mera gestión, cuando cualquier decisión honesta de gestión siempre debe enfrentar intereses creados de pequeños o grandes grupos económicos, políticos o de poder relacionados con todos los niveles de cualquier área de influencia estatal, desde fuera o desde dentro. Las gestiones malas no lo fueron por “ineficiencia”, sino porque en gran medida se doblegaron ante intereses establecidos que obstaculizan cualquier mejora. Eso lo saben todos los políticos que tuvieron responsabilidad de gestionar. La idea de que no hay que hablar de ideología apunta a que una administración “eficiente” puede gestionar sin afectar intereses establecidos o favoreciendo otros que le son más afines. Es la idea de que esos intereses son parte legítima del sistema y lo hacen funcionar, cuando en realidad lo que hacen es impedir cualquier mejora. Eso sería pensar con un sentido “constructivo” y no “confrontativo”. Pero es una idea conservadora y de derecha que también logró enraizar en el imaginario porteño.

No es necesario explicar que la propuesta del PRO es de centroderecha. Lo que habría que analizar es la razón de que ideas de derecha sean asumidas por mucha gente que no lo es, en el sentido más amplio posible, hasta convertirlas en una especie de sentido común de la cotidianidad. Es más o menos lo mismo que cuando Carlos Menem logró instalar que estar por el cambio era privatizar a mansalva y desmantelar el Estado y que quienes se oponían eran conservadores “nostálgicos del ’45”. El que controla el discurso tiene gran parte de la iniciativa, como demostró Macri en esta campaña. Sin embargo, ese discurso se construye sobre una base concreta en la idiosincrasia de las personas, en sus experiencias viejas y nuevas, en sus expectativas y demás. Por lo menos en ese plano de lo cultural, el discurso del centroizquierda fue desplazado por el del centroderecha.

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