EL PAíS › OPINION

Domingo de agua

El mediano plazo, animal ignoto. El acuerdo social, una señal. La inexperiencia local, una experiencia vecina. Las corporaciones realmente existentes, la UIA y las ART. La lógica de la planificación concertada. Reclamos imposibles desde Escandinavia. Y una mirada optimista al mapamundi.

 Por Mario Wainfeld

“Oigále al domingo de agua.
¡Buen domingo pa’un mensual!
Sin caballo pa’ la senda
Ni prienda que visitar.
La gente anda domingueando
Peón, casero y capataz
Y yo quedé con los perros
Chiflando pa’no pensar.”

Osiris Rodríguez Castillo,
“Domingo de agua”

Jamás habrá coincidencias en todo el espectro político, pero en estos tiempos existen percepciones compartidas sobre el ciclo económico. Los vaticinios, en una amplia franja de izquierda a derecha, concuerdan: seguirán el crecimiento, la buena racha de los commodities. La estabilidad política local y la solidez de los fundamentos económicos son mayores que en cualquier coyuntura recordable en los últimos 50 años. No es un gran momento sino por comparación con precedentes muy aciagos. De cualquier modo, sí parece haber plafond para pensar en el largo o mediano plazo, proponerse planificar algo, construir un par de reparos para cuando se descargue algún chaparrón. Hablamos de carencias constitutivas, inscriptas en el ADN de la dirigencia política, la sectorial y de buena parte de la sociedad civil.

Es un buen momento para innovar, no da la impresión de que se esté aprovechando.

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Una señal: En su lanzamiento de campaña, Cristina Fernández de Kirchner mentó la necesidad de un acuerdo social. No abundaron precisiones pero pareció abrirse la puerta para experiencias muy postergadas en la Argentina. Quienes cultivan el círculo áulico de la senadora comentan que la inspiraron su reciente pasaje por la asamblea anual de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) y también una mirada sobre la experiencia democrática española. El presidente Néstor Kirchner, por decirlo con un eufemismo, no es un admirador de ese modo de urdir políticas. Sospecha de todo lo que huela a corporativo, descree de los ámbitos de discusión. Malicia que son inútiles o contaminados por presiones de lobbies o las dos cosas.

Su vecino Luiz Inácio Lula da Silva eligió otro camino. A poco de ser elegido por primera vez creó y convocó a un Consejo de Desarrollo Económico y Social (Cdes) destinado a pensar rumbos futuros de la acción estatal: políticas sociales, la reforma fiscal, proyecciones de largo plazo. El Cdes está compuesto por representantes de empresarios, sindicalistas, organizaciones sociales y hasta religiosas. Sus 82 integrantes son elegidos por el presidente, quien asiste a sus reuniones, absorbe sus discursos (limitados en el tiempo de oratoria pero no en sus contenidos), responde, toma nota. En Argentina, ni eso se consigue.

La insinuación de Cristina tuvo buena recepción en alguna prensa y agitó el avispero de las representaciones empresarias y sindicales. Su traducción al avispero político propiamente dicho fue, hasta ahora, mezquina. Mayoritariamente, se resume en especular acerca de quién podría ir a presidir ese ámbito en un momento de gran excitación funcionarial (ver asimismo nota aparte). La cultura nativa, no sólo la de la corporación política, es chúcara para la concertación pensada en serio.

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Una muestra gratis: La Unión Industrial Argentina (UIA) facilitó en estos días una muestra gratis del imaginario de los grupos de interés. Se reunió con el flamante ministro de Economía y le llevó un pliego de reclamos misceláneos. El primer punto era la reactivación de un proyecto de ley (aprobado en Diputados, dormido en Senadores) que desgrava de impuesto a las ganancias las reinversiones empresarias en bienes de capital. Miguel Peirano prometió reactivarla a tambor batiente. La norma puede parecer promisoria pero sólo si fuera implementada previniendo “dibujos” de inversiones o de facturas, una costumbre nacional muy prohijada por un Estado incompetente.

La UIA también demandó para incidir en una nueva ley de accidentes de trabajo. Sus argumentos, remanidos, exorcizan “la industria del juicio”. Algún día habrá que pensar qué mecanismo psicológico (qué confesión larvada) lleva a dirigentes industriales a usar la expresión “industria” como una diatriba. Entre tanto, valga señalar que es sugestiva la conducta empresarial en esa materia. El régimen de aseguradoras de riesgos del trabajo (ART) actualmente vigente es una calamidad urdida durante la década menemista. Pensado en términos de rebusque financiero y de preservación de los intereses personales, significó un retroceso feroz para la protección de los trabajadores, amén de un aumento de la siniestralidad. Bajaron los costos empresarios, crecieron los sociales, a eso se llama en ciertos ámbitos “seguridad jurídica”. La Corte Suprema, en su actual composición, decretó inconstitucionales varios de los artículos principales de esa ley infausta. La norma acumula 25 tachas de inconstitucionalidad, una marca digna del libro Guinness.

En nuestro régimen constitucional, esas sentencias no invalidan la ley, sólo valen para los juicios en que se dictan. El Ejecutivo, sin embargo, tomó nota del mensaje y se abocó a preparar un nuevo proyecto de ley, una reacción inusual, positiva, propia de sus primeros años.

Hubo consultas, el Ministerio de Trabajo terminó el proyecto hace más de un año. El asedio empresario viene siendo importante, la CGT no prioriza el tema, el proyecto hiberna en el despacho del secretario legal y técnico Carlos Zanini. La corporación empresaria de vez en cuando zarandea un proyecto alternativo, preparado por asesores jurídicos del grupo Techint.

Mientras se prolonga una real contingencia de inseguridad jurídica, el número de accidentes de trabajo sigue siendo alto. El 20 de junio se produjo uno terrible en una planta de la empresa Aluar sita en Puerto Madryn, murieron 10 trabajadores. El número de víctimas fatales espanta, aun en un país tan brutal como el nuestro, la respectiva causa penal languidece.

La alusión a un pacto social fue acogida favorablemente por la UIA, que puso más fervor para encomiar a Peirano. Pero su primera acción pública y su discurso ulterior reprisan conductas atávicas. Los sectores de interés –”la industria”, “el campo”– defienden sus intereses, como debe ser. Pero suelen revestir esa praxis con autoalabanzas a su aporte patriótico. Su autorretrato embellece de más. Pedir subsidios o exenciones preconizando que los fondos invertidos volverán acrecidos por la dinámica ulterior es un buen argumento, pero no trasunta la voluntad comunitaria que se invoca. De no ser por los fastuosos montos de las inversiones (y por los riesgos que asume el Estado), sus planteos podrían asimilarse a propuestas comerciales. Se trata de pedir dinero, de comprometer devoluciones superiores, asociando a las ganancias futuras. De ahí a contribuir a formar a una sociedad mejor, media una distancia considerable, ávida de exploración.

¿Podrá alguna vez reclamarse a los dueños del capital responsabilidades mensurables en materia de crecimiento del trabajo formal o disminución de los accidentes de trabajo como contrapartida de los subsidios o beneficios estatales? Es un planteo reformista, sensato en un país donde mueren demasiadas personas por causas evitables. Con los actores actuales, suena a utopía.

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Exigencia: El politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina pasa un domingo fatal. No hay fútbol, el tedio colosal impregna su existencia. Para colmo, la pelirroja progre que fue kirchnerista y ahora duda lo ha dejado plantado. Adujo una imprecisa reunión familiar en Turdera, el sueco columbra que hay un competidor más severo que la invocada tía achacosa que su prenda no ve hace mucho tiempo.

Condenado a la soledad y al desinterés, el politólogo resuelve ponerse al día con su padrino de tesis, el decano de Sociales de Estocolmo. Abre sus últimos correos, docenas que traspapeló por razones hedónicas varias. Hay reclamos de rendición de cuentas, los pone a un lado. También un pedido de informes, se apresta a satisfacerlo: “Hágame una reseña de los recientes brain storming de los equipos de campaña, profesor. ¿Podrá mandarme una reseña de las actividades de los gabinetes en las sombras de Lavagna, Carrió, López Murphy y Sobisch?”. “Y, aunque más no sea, ¿podrá endosarme una nómina completa de los equipos político-técnicos de Cristina?”, mendiga el decano.

Es un domingo de agua, no hubo pimienta política en la semana, minga de fútbol de primera. El politólogo tenía disposición de darle un gusto a su comitente. Pero lo nota tan descolocado, tan ajeno a la lógica autóctona. No se priva de comenzar su respuesta con un planteo trillado, irreemplazable. “Esto es la Argentina, querido profesor...”

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Quienes cuestionan la gestión de Kirchner aducen que se limitó a capitalizar, malamente, circunstancias internacionales inmejorables. Quienes la ensalzan, creen que le agregó mucho.

Para cualquier interpretación, la coyuntura económica es propicia. El marco político también es estimulante.

La relativa distracción de Estados Unidos respecto del Mercosur, su relativo bajo nivel de intervención son, por default, un beneficio epocal. Desde el 11-S el Departamento de Estado mantiene su interés activo sobre México y los países que forman su hinterland. Más al Sur, centra su mira en Venezuela, Bolivia y un poco en Ecuador. Para el resto, hay margen para ejercitar intentos de autonomía.

La vigencia de Lula, que acompañará dos años a quien suceda a Néstor Kirchner, es una buena noticia. Era imposible imaginar un gobernante más dispuesto a avanzar en la integración y la cooperación con la Argentina.

No hablamos de magia, ni de bondades extremas ni de abandono de la hegemonía internacional o regional, sino de condiciones relativamente buenas, respecto del acotado marco de lo posible.

No son momentos óptimos, son los mejores que se han presentado en décadas para pensar el futuro, planificar, concertar, parar la pelota y levantar la cabeza. Modos de obrar exóticos para el folklore nacional, no por eso menos acuciantes.

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Imagen: Bernardino Avila
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