EL PAIS

Dos libros y, quién dice, una reelección

 Por Fernando Cibeira

Desde Santiago de Chile

“Nunca voy a decir que no me presentaría de nuevo para la presidencia”, les confesó Néstor Kirchner a los integrantes de la comitiva que lo acompañaron en este viaje, su última cumbre internacional. Kirchner insistió ante sus íntimos en que cuando deje la presidencia en manos de su esposa se dedicará a la elaboración de una fuerza política, necesaria porque “se viene una etapa de profundización democrática”, según su definición. Pero, eso sí, tampoco quiso descartar que no vuelva a postularse para la Casa Rosada. El 2011 queda lejos todavía y nunca se sabe qué puede ocurrir. “Soy un militante y siempre voy a estar actuando en política”, diría luego, en una de sus pocas declaraciones públicas.

Antes de que el conflicto de las papeleras estallara y lo envolviera todo, el Presidente se mostraba relajado en su estadía en Santiago. “Estoy tan contento”, repetía Kirchner la noche del jueves, mientras era empujado suavemente por Cristina Fernández rumbo a la cena de honor que ofreció Michelle Bachelet a los mandatarios participantes. El Presidente demostró que de alguna manera para él la elección todavía no terminó. “Cristina ya tiene 45,3 por ciento, y todavía falta terminar de contar algunas provincias. Podemos llegar al 46”, pronosticaba, luego de haber recibido los últimos datos sobre el recuento de los comicios del 28 de octubre. Su satisfacción era pensar que no había habido ballottage por las dos razones posibles: porque su esposa había sacado más de diez puntos de diferencia, y ahora también porque pasó el 45 por ciento de los votos.

El discurso del Presidente en la sesión plenaria del viernes tuvo tono de despedida y cerró con un toque emotivo, mencionando a algunos de los presidentes que lo escuchaban y recordando momentos vividos. Sin embargo, luego no aceptó sentirse “nostálgico” por su próxima salida del poder. Antes del recrudecimiento de la controversia con Tabaré Vázquez, Kirchner parecía dispuesto a disfrutar del encuentro de jefes de Estado como en general no hizo durante su mandato. Se abrazó efusivamente con Luiz Inácio Lula da Silva la primera noche y saludó a la distancia a Evo Morales, en los cruces típicos de los lobbies en las cumbres. En Santiago, Kirchner debe haber sido el presidente que más tiempo pasó conversando en los sillones del Sheraton y las dos noches que estuvo en Chile se acostó entrada la madrugada, ahí sí debido a las larguísimas charlas que mantenía con sus colaboradores por el affaire Botnia. El Presidente tuvo conversaciones con todos los presidentes con los que suele mantener trato. Se acercaron a saludarlo por su salida y lo felicitaron por el triunfo de Cristina Fernández. “Encontré alta comprensión con la postura argentina”, dijo, en referencia al problema con Uruguay.

Para la sesión plenaria, usó una corbata celeste que de a lejos parecía a pintitas blancas, pero de cerca se convertían en pequeñas caras de Evita. “Me la regalaron, no sé quién”, le respondió a quien le preguntó por el origen de la prenda, atípica en quien nunca se mostró muy dado al uso de la simbología peronista.

El Presidente sorprendió con una novedad. Contó que tenía en mente sacar dos libros “inéditos” –se supone que quiso aclarar que no se trataría de sus discursos ni nada parecido– en los que venía trabajando junto con el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Kirchner no quiso adelantar nada del contenido. “Para el café literario”, le dijeron. El Presidente se rió. La referencia era al último acto en la Casa Rosada, después del triunfo de Cristina, cuando dijo que su futuro pasaba por un café literario.

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