EL PAIS › OPINION

Elvio y la Gandhi

 Por Nicolás Casullo

La librería Gandhi fue su creación. Su marca, su profesión, un espacio en la cultura como no tuvo ninguna otra librería en la Argentina democrática. Elvio Vitali volvió del exilio mexicano a los 30 años, con ese proyecto, y en poco tiempo lo impuso y alcanzó su clima máximo en los ’90 en cuanto a elección de catálogos y política de venta de libros de España y México a precios promocionales. Cubrió con esa oferta el agujero negro que había dejado la dictadura en el mundo pensante y amante de lo bibliográfico. Librería de títulos exquisitos, de la permanente novedad, de avanzada autoral, planificada por una gestión que conocía cuáles eran las variables de vanguardia, lo que tenía valor como adelanto de lectura. A la vez la Gandhi fue centro de presentaciones y mesas redondas, espacio de debate político-intelectual, café para citas de mundos literarios y artísticos, lugar de tango, espacio de venta de cd para coleccionistas, sala de estrenos teatrales y musicales, sitio de exhibición de la historia del buen cine arte y editora de una revista. Pero sobre todo, lugar donde desde las seis de la tarde en adelante uno se encontraba con alguien con quien quería encontrarse sin saberlo, y sin necesidad de llamar o ser llamado por ningún celular histerizado. Lo que se dice un dificilísimo logro cultural.

Esa fue la obra de Elvio Vitali desde casi la nada, una primera importación, un “embarque”, el respaldo de una empresa en México que intentaba aterrizar en el país, y aquellos títulos de Taurus, Siglo XXI, Hiperion, Pretextos, Fondo, Porrúa, Anagrama, Akal, Cathedra, Anthropos, etc., etc., hasta –con los años– la compra de un cine grande por Corrientes para una inauguración donde se hizo presente todo el universo pensante, crítico y politizado alternativo, en medio de las amargas arenas espirituales del reinado menemista.

A Elvio lo conocí en México, en lejanía de destierro. Compañero Elvio, me lo presentó una noche de 1978 Miguel. Tenía 24 años, perfil acabadamente JP de aquellos años. Joven, diez años casi menor que el resto de los integrantes de un grupo que habíamos armado para discutir sobre política y el fin de una época. Elvio resultaba para nosotros uno de los “pibes”, en este caso de la universidad, de Derecho, de la JUP pero también de “más arriba” de ese tumultuoso frente estudiantil en su compromiso militante. Me acuerdo la primera charla esa noche, me habló del Tano Ventura.

Elvio expresó siempre ese santo y seña de origen. Quiero decir, la militancia en esa juventud (antes de las tragedias, las muertes y los duelos) estuvo atravesada por una multifacética algarada populista que con el General al frente llegaría a la liberación. El peronismo nunca dejó de ser una mezcla insensata de sufrimiento y fiesta, de documento y barrio, de encuadre pero a la vez sumatoria infinita de seres, de palabras mayores, y contraseñas que como antenas radiofónicas se ponen en contacto con el otro sin que los demás se enteren. Y Elvio retenía ese fondo: de lenguaje, de gesto, de soslayo, de humor, astucia, de relojeo, de Villa Domínico. De ocurrencia y chiste por debajo de su identidad y militancia en el peronismo, donde es tan importante describir a un burócrata como calificar a un número 4 de Independiente. En ese cruce de artesanías se daba lo sustancial de una militancia esperanzada, y yo la descubrí diáfana en Elvio Vitali.

Hubo algo siempre bastante diferente entre lo proveniente de la izquierda peronista y los grupos hechos en algunos de los marxismos. Elvio servía para exponerlo de lleno: ese brotar de una galería de compañeras y compañeros como vida plena del pueblo, de lo plebeyo fraternizante: “el de la resistencia”, “la señora del doctor”, “el gordo de los mandados”, “la culona”, “el barbeta”, “la universitaria”, “el cuadro”, “el queso”, “el sabihondo”, “la mujer del botón”, “el preso”, “la compañera dura”. Elvio emergía en lenguaje, salida, broma, de ese mundo popular peronista revuelto, corajudo, peleador, imprevisible a veces, que siempre estaba, y que a Elvio le dio dones como el de ser el permanente gestador de consignas, cánticos, versitos, lemas que luego bramaban en miles de gargantas

Las bellas muchachas que pasan, la familia tana, el fútbol, los fideos, el tuco, los asados sobre chapa en el piso, la calle, el café, la cantina, la sobremesa, y el tango que lo envolvió como una oscura argentinidad supletoria en la última década y pico de su vida, compusieron su retrato cotidiano, el mural madre donde fue entrando el militante, el exiliado, el librero, el empresario, el candidato, el director de la Biblioteca Nacional, el legislador. Porque finalmente, su último tramo desde el 2000 en adelante fue un regreso a la política, al grupo Calafate, al kirchnerismo, la campaña, el nuevo gobierno, las industrias culturales, la Biblioteca, su candidatura en binomio con Rafael Bielsa. Pero el Elvio legislador con su despacho, secretarias, con sus posiciones, planteos, ideas, proyectos y pensamiento político nunca abdicó de la crítica, de la severidad de juicio sobre el propio peronismo y sus responsables mayores y menores, de su mirada muchas veces impiadosa aun en el entusiasmo de una política popular de masas que se reencontraba poco a poco con partes importantes de sus valores y creencias históricas. Tuvo un inmenso don: nunca se la creyó del todo. A su propia trayectoria digo.

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