EL PAíS › OPINIóN

Divide, excluye y confunde

 Por Mario Filosof *

Señor presidente de la AMIA: me surgen algunos interrogantes y no sería noble dejarlos en el tintero y comentarlos en voz baja sin que usted conozca mis críticas y mi estupor. No llego a comprender el alcance del “judío genuino” y si a partir de su presidencia puedo sentirme integrado –como siempre lo he sentido– a la comunidad judía.

Soy divorciado y vuelto a casar con una mujer que no profesa la religión judía, pero que ha respetado por más de catorce años mis sentimientos hacia la comunidad. No soy religioso –pensé que tenía derecho– y mis cinco hijos tampoco lo son.

La Asociación Mutual Israelita Argentina, entonces, según usted, dejó de ser representante de quien escribe. Yo pensaba que estaba en un país y pertenecía a un pueblo que respetaba la libertad de pensamiento, culto y religión. También estoy convencido de que sólo los pueblos débiles se cierran y que los grandes pueblos se abren a los que piensan distinto.

Antígona le decía a Creonte: “No pensé que tus propias prohibiciones fuesen tan poderosas” como para que se castre a algunos judíos y se bendiga a otros, como si ambos no descendieran del mismo pueblo o fuera diferente el origen de su sangre.

Cuando alguien asume una posición radical, seguramente encontrará el adversario que asuma otra posición también radical.

Reverenciar la Torá es más que respetable pero también lo es reverenciar a los padres, a los hijos y al ser humano. El lenguaje de Dios es susceptible de distintas lecturas, diferentes comentarios y variadas interpretaciones. ¿Cuál de ellas debería seguir a rajatabla para ser representado a partir de ahora por la AMIA?

El etnocentrismo pretende, con facilidad, fijar características de un tipo de hombre, omitiendo que tratándose de un ser humano no existe uno de segundo nivel, como parece se me quiere hacer sentir ahora por uno de los representantes de mi comunidad en la República Argentina.

Entonces, no existiendo texto sagrado invariante, la verdad no es otra que la que surge de la profundización y la confrontación de puntos de vista. Yo sostengo que su discurso divide, excluye y confunde. Si usted sólo representa a algunos, surge que AMIA no posee memoria. Basta recordar que este país cuando recibió a los judíos provenientes de distintos lugares del mundo no les preguntó si eran una raza, un credo, un pueblo, una nación, una tradición, un lazo de sangre.

La República Argentina, donde ambos vivimos, posee una ley fundamental que entre otras reglas escritas reza: “Todos sus habitantes son iguales”. Ningún magistrado podría juzgarme por mis acciones privadas y usted, simple presidente de la AMIA, se toma el atrevimiento de hacerlo, al tratarme distinto de los “judíos genuinos” (art. 19 C.N.). Cuánta nebulosa me generan sus palabras... O sigo sus lineamientos o no estoy representado por la entidad que preside. Así usted ha perdido, para mí y para muchos otros, todo tipo de legitimidad a pocos días de asumir un cargo que debiera honrarse.

Deseo que en este cruce de caminos preponderen lo ético y la comprensión, porque nadie desde la Tierra toma decisiones desde el cielo. Ruego no sentirme excluido por alguien de mi pueblo que luego reclamará no se le discrimine. Recapacite y remonte río arriba la causa para la que fue creada la AMIA. Somos todos iguales, ¿o alguien nació vestido? Cómo explico a mis cinco hijos que Abraham, “el padre de pueblos”, no pertenece a nuestro pasado, pues uno de los dirigentes de la comunidad destierra a aquellos que decidieron vivir y pensar diferente a él. Habrá que ver qué mundo se estructura a partir de hacer predominar las diferencias y cómo se traduce en el futuro semejante verdad arcaica e impiadosa.

* Presidente de la Cámara del Crimen.

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