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Walsh. Los ríos subterráneos.

 Por Horacio Verbitsky

Un año y un día después del golpe militar de 1976, Rodolfo J. Walsh fue asesinado por un pelotón de la Escuela de Mecánica de la Armada al resistir un intento de secuestro. Los 25 años transcurridos desde entonces convirtieron su “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”, cuyas primeras copias venía de depositar en un buzón, en cabeza de proceso histórico contra aquel gobierno tenebroso.
Ni los 50 años de vida de Walsh ni su obra literaria y política pueden congelarse en las líneas de aquella Carta, con la que cumplió su compromiso de dar testimonio en momentos difíciles. Investigaciones periodísticas, cuentos, obras teatrales, memorias, un diario personal, documentos políticos, constituyen la producción diversa pero congruente de Walsh que sólo se conoce en forma parcial, porque buena parte de ella fue secuestrada por los mismos que lo mataron. Recuperarla es un capítulo básico dentro de la pendiente reconstrucción cultural de la Argentina.
La sucinta antología que aquí se publica es apenas una aproximación. Arbitraria como cualquier selección, intenta abarcar todos los registros de Walsh. Incluye textos menos conocidos que la “Carta Abierta” pero en los que el lector atento encontrará huellas y vestigios fundamentales, que lo invitarán a proseguir la lectura más allá de estas páginas.
Se inicia con una breve “Autobiografía” que Walsh escribió en 1965, cuando ya era el autor más admirado de su generación. Hace tres años, una consulta realizada por el crítico Sergio Olguín a 68 escritores, críticos y editores reveló que esa valoración perdura en el tiempo: “Esa mujer” es considerado el mejor cuento jamás escrito en la Argentina, por delante de los de Borges, Cortázar, Arlt, Bioy, Quiroga, Echeverría, Lugones y todos los demás. Sigue el cuento policial “Tres portugueses bajo un paraguas (Sin contar el muerto)”. Fue escrito diez años antes que la “Autobiografía”, en la que Walsh dice que abomina del género policial. Acá se advierte con qué maestría y humor lo había practicado y al mismo tiempo se entiende su posterior desinterés. Siguen fragmentos de los tres epílogos con que acompañó las ediciones de 1957, 1964 y 1969 de su obra maestra, “Operación Masacre”, imprescindibles para seguir al mismo tiempo su deriva política y sus opciones como escritor. Pocos años después lo encontramos ejerciendo aún el periodismo, del que se había despedido con toda ceremonia, en un ejemplar proyecto de investigación que bien podría llamarse “Cómo volver apasionante la mayor obviedad”.
El final de su cuento “Un oscuro día de justicia” y el diálogo que mantuvo al respecto con Ricardo Piglia ilustran sobre los niveles de reflexión con que Walsh acompañaba su escritura admirable. Una página de su diario de 1972 abre el camino hacia la intimidad de sus filias y sus fobias. Cierra la selección un documento interno que en el último año de su vida elevó a la conducción de Montoneros, que no se dignó contestarle.
Unos pocos apuntes personales sobre este material. En primer lugar, no se trata de una expedición arqueológica sino de un placer, una fiesta de la inteligencia y de la lengua. Segundo, en las palabras del propio Rodolfo, forma parte de esa “búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso” que caracterizaron su vida y su obra. Es una invitación a recorrer los ríos subterráneos que siempre lo obsesionaron, a revelar lo escondido, a “declarar las dudas y desatar dificultades” como propone el texto bíblico que eligió como epígrafe de su primer libro y que guió cada uno de sus actos, hasta el final. Por último, Walsh mismo advierte contra la tentación de buscar en estos textos de otro tiempo, respuestas para los dilemas de éste. Sólo pueden verse, nos dice, como productos históricos, nos invitan al hallazgo o la elaboración “del propio producto histórico”. Rodolfo acompaña esa travesía con su ejemplo.

Selección y textos: Lilia Ferreyra y Horacio Verbitsky.

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