ESPECTáCULOS

Una increíble transmisión de Nochebuena de “Gran Hermano”

Comieron, brindaron y abrieron regalos en vivo y en directo, en un envío que osciló entre la compañía para solos y el sadismo.

Por J. G.

El living vacío anuncia lo que se esperaba: en la mesa del solo esta noche no hay banquete ni arbolito, ni brindis ni regalo. A lo sumo, habrá que mirar los fueguitos desde el balcón. Sin embargo, “Gran Hermano” está pensando en él aunque pueda parecer que confunde el servicio social con el sadismo cuando tiende su mesa para acompañarlo en Navidad. El cuadro contempla cada detalle de lo kitsch: el mantel de felpa bordó con moños por todos lados, y “que no se olviden del moño en la silla de la cabecera”, dicta un gran hermano. El calibrado armado de la escenografía incluye: copas panzonas, guirnaldas esparcidas, cubiertos ordenados del más grande al más chiquito, dos candelabros y un plato casero enviado por mamá. Esta es la Navidad cristalizada, la saturación del motivo a punto de hervor, ese paisaje sobrehabitado que no admite un elemento más. Y eso que faltan lágrimas de “espíritu navideño” y una dedicatoria para que se levante la Argentina, pero eso vendrá después. “Esta Nochebuena el programa transmite en vivo y en directo para que todos aquellos que estén solos tengan la oportunidad de levantar la copa”, dice Solita, para que todos juntos brinden con Viviana, la prostituta, y Matías, el huerfanito. El plano recorre el banquete con la demora del cruel: un paneo al pollo con delicias y un minuto detenido en la garrapiñada. El coro repite su ohm personal: “No lo puedo creer”.
Esta es la escena de la extraña consolación del deprimido, el renovado formato de la asistencia terapéutica, aunque el solo podría protestar: ¡No me siento ayudado! “Gran Hermano” televisa la Navidad de sus rehenes y, del otro lado, el solo descubre a sus contertulios de esta noche más obedientes y agradecidos que nunca a su opresor. Si existieron precursores que hicieron juicios a la producción, éstos son su contrapunto: agradecen la buena suerte que les fue destinada con palabras dulces y besos alados, brindan y se emocionan con los mensajes de la familia. ¡Qué rica está la ensalada waldorf!
“Coman despacio”, pide uno, defensor de un hedonismo de artificio que contempla las leyes del vivo: abrir los regalos de a uno para no perder el protagónico, hacer un brindis personal, otro para la familia y otro para la Argentina, juntarse en el Confesionario para adular la voz en off. “No lo puedo creer”, siguen diciendo cuando ven a los hijos y los padres en video, cuando se sienten tan afortunados de estar comiendo en la Argentina, tanto que la cámara los enfoca desde arriba para ver cómo ingresa el tomate relleno o la pasa de uva en la boquita, para sentir el sabor del champagne. “Qué linda mesa, carajo”, en renovado ímpetu que les genera esta abundancia de excepción. Mastican y se relajan con un poco de champagne, en silencio para disfrutar mejor. Del otro lado el solo debería seguir las instrucciones de Solita: agradecer a Telefé “por estar juntos” –según se dijo en la presentación–, a la gran familia de la TV que hace compañía y no se olvida de que está de moda la conciencia social: “Para los sin trabajo...”, se acuerdan en uno de los treinta brindis.
“Te pido perdón”, dedica un rehén al otro, imbuido de eso que se nombra todo el tiempo como “espíritu navideño”. Belle de Jour criolla (Viviana), de mirada siempre en air, suma votos a su fama de Dama de Hierro, y la chica de pueblo (Natalia) no para de llorar. El huérfano (Matías) agradece una Navidad tan linda, y el lindo (Pablo) asume que es su día más raro. Abren los regalos y reciben el juego de “La guerra de las galaxias”, un buzo verde, otro naranja, un pantalón floreado. “Gran Hermano” es generoso y lo que escatima en la diaria lo despilfarra en la gala; ¡como debe ser! Ellos se dedican amor eterno a la salida, y el solo podría empezar a sentirse acompañado: si hasta parece que la copa rechina con el cristal, con onomatopeya y todo, cuando la lente se acerca. Mala suerte: latransmisión se termina. Pero podría repetirse: más regalitos y manjares, lágrimas y brindis para recrear el espíritu de Año Nuevo. Como en las mejores familias.

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El huerfano y la prostituta, dos figuras paradigmáticas del ciclo.
 
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