ESPECTáCULOS › EL MUSICO ENRIQUE BUNBURY SE PRESENTA HOY EN EL ESTADIO OBRAS

“Estoy buscando justicia poética”

El ex líder de Héroes del Silencio, que tiene aquí una legión de seguidores, reivindica el rol del “artista” por sobre los reality pop.

 Por Roque Casciero

Es difícil escuchar una canción de Enrique Bunbury por radio, salvo cuando algún programador nostálgico recurre al pasado del cantante zaragozano y resucita algún disco de los Héroes del Silencio. Tampoco es un artista que goce de alta rotación en los canales de videoclips que se ven en la Argentina. Sin embargo, cada vez que Bunbury pisa Buenos Aires, sus seguidores responden: esta noche el estadio Obras estará abarrotado y es casi seguro que habrá que colgar el cartelito de “no hay más localidades”. Pero el propio Bunbury no ve una contradicción entre su escasa exposición mediática y su éxito de convocatoria. Es más, le parece todo un signo de tiempos en los que “la música que tiene contenido difícilmente suene en la radio”. Pero también asegura: “De todos modos, la radio ya no tiene poder sobre algunos chicos, porque no pasa la música que a ellos les interesa. Es muy difícil que yo salga en televisión, pero no soy el único. No puedo ver dónde suena Bob Dylan ahora mismo, por poner un ejemplo. (Hace una pausa.) Fíjese con quién me comparo (se ríe). Salvo dos o tres cositas de rock que pueden funcionar cada año, el resto tenemos que buscarnos nuestros lugares. Y al final los músicos vamos adonde tenemos que ir para tener una relación con el público, que es el escenario. Eso es algo que se les está escapando a los medios y, en cierto sentido, es porque los medios sólo ponen la música que les pagan para poner”.
–Y que tiene que ver, fundamentalmente, con lo que sale de programas de televisión como “Operación Triunfo” o “Popstars”.
–Esos son fenómenos que ocurren cada tanto tiempo. No les doy más importancia de la que realmente tienen... que es ninguna. Ojalá de estos concursos salgan artistas con peso. Sinceramente, lo dudo. No creo que estén buscando artistas que tengan algo que decir sino que sean fáciles de manejar. Antes de que los artistas salgan de ahí, ya tienen atado el resto de su vida. De allí salen preparados para el triunfo, que es la palabra más tonta que se pueda imaginar, porque el triunfo de un artista es una carrera, no una meta. Y los que van a por una meta en concreto, al día siguiente se encuentran sin trabajo. Me da la impresión de que va a ocurrir eso: que dentro de tres años muchos de esos no van a existir.
–Es interesante que hable de una carrera sin una meta, ya que su próximo disco se llamará Viaje hacia ninguna parte.
–Tiene mucho que ver con eso, con la vocación del músico. También tiene que ver con un libro y una película de Fernando Fernán Gómez que habla de la pasión de los cómicos a principios de siglo pasado, cuando no había ninguna posibilidad de comprarse un embarcadero en Miami con el oficio de actor. Lo que hacían era vocacional, llevando sus obras de teatro por los pueblitos. El único motor que tenían era su pasión, que es el motor válido para dedicarte a una labor artística. Eso, ahora mismo, se ha perdido. Estamos en el imperio de la silicona.
–¿Cómo le resultó seguir de gira con Flamingos, su último disco, cuando su mente ya está en el próximo?
–Jodido. Realmente ya tengo la cabeza en el otro sitio y tengo que intentar quitarme esa parte de mi cerebro mientras estoy de gira, porque si no sería muy frustrante para mí. Además, porque el próximo disco es un cambio de dirección, sobre todo en la producción y en los arreglos de las canciones. Estoy como en dos lugares a la vez. Lo estoy llevando más o menos. En América me ha sido más sencillo, pero en España tuve algún momento de cortocircuito.
–¿Por eso abandonó un show y devolvió el dinero de las entradas?
–Sí, se me cruzaron los cables. Me sentía en la prisión de Flamingos, pero ahora lo llevo mejor.
–¿Cómo será ese cambio que se propone?
–Estoy trabajando mucho más en los textos. Es complicado hablar antes de hacer un disco, pero estoy intentando capturar el sentimiento del músico en un estudio. Intento no hacer un disco tan producido como Flamingos sino algo mucho más sencillo. Pero a la vez es más complejo, porque tengo que hacer un trabajo previo.
–Para componer las canciones de Flamingos, usted se retiró a un pueblito perdido. ¿Qué estrategia eligió esta vez?
–Ha sido en viaje, principalmente en Marruecos, Nicaragua y Perú. Estuve un mes en cada lugar, con la mochila, la guitarra y la pluma. Escribí mucho y los textos son los que están unificando el álbum. Me apetece mucho meterme en este mundo de los textos largos y, en cierto modo, estoy buscando una justicia poética. Volver a la belleza de las palabras. Hay músicos que se avergüenzan de escribir bien, sin depender sólo de una buena melodía sino con un contenido que tenga un peso de por sí.
–¿Quiénes hacen justicia poética?
–Por supuesto Dylan y Rubén Blades. Andrés Calamaro también, y Fito Páez cuando está inspirado. Hay muchas cosas de León Gieco que me gustan... Joaquín Sabina, en sus momentos más inspirados. Y, sin ninguna duda, los grandes letristas del tango, que escribieron textos como para publicarlos en un libro de poemas.

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Enrique Bunbury tiene una legión de seguidores en la Argentina, a pesar de no gozar de mayor difusión.
“El triunfo es una palabra tonta, porque el triunfo de un artista es una carrera, no una meta”, dice.
 
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