SOCIEDAD

Crónica de una escuela rural en busca del pasado

Más de 300 alumnos del departamento viñatero de Tupungato, en Mendoza, están recolectando historias de personajes y leyendas del lugar a partir de una convocatoria del Ministerio de Educación para llevar a las radios la voz de los chicos de escuelas rurales del país.

 Por Mariana Carbajal

Aunque llueva o nieve, son pocas las ausencias en la escuela primaria rural Vicente Gil, del departamento de Tupungato, al pie de la cordillera. Es que los chicos van igual para no perderse la copa de leche –que tres veces a la semana es apenas mate cocido– y la factura. Cuentan las maestras que hay alumnos que se quedan dormidos por el estómago vacío, que es difícil encontrar un papelito de golosina tirado en el patio porque ninguno lleva ni un caramelo para el recreo y que cuando ellas toman su merienda suelen tener rondando a varios en busca de algún trocito de galleta. Así, con la panza a medio llenar, pero con un entusiasmo y una motivación conmovedores, los chicos se zambulleron a investigar y escribir sobre personajes y leyendas de su pueblo, como están haciendo miles de alumnos de otras escuelas rurales argentinas para participar del concurso –convocado por el Ministerio de Educación de la Nación– que llevará sus voces a los principales programas de radio del país.
Leonardo Miranda tiene la cara salpicada de pecas pequeñitas. Nació en la localidad bonaerense de Bolívar, pero al poco tiempo su familia se mudó al departamento de Tupungato, a unos 70 kilómetros de la ciudad de Mendoza, un valle cultivado con viñedos, nogales, plantaciones de manzanas, peras, cerezas y papas. Leonardo tiene 12 años y va a 6º grado. A él le interesó escribir sobre la leyenda del cerro Tupungato, ése de pico redondeado que por estos días de finales de invierno está cubierto de nieve y que parece custodiar, a lo lejos, el patio de cemento de la escuela Vicente Gil. “La leyenda dice que la nubecita que se ve encima cuando hay mal tiempo es una indiecita llamada Lilén, a la que un día el cerro la llamó y le pidió que se fuera a vivir a la cumbre con él. Y a partir de ese momento se convirtieron en guardianes del valle”, contó Leonardo a Página/12.
–Y vos crees que realmente es Lilén.
–Seguro, claro que sí.
El cielo celeste, límpido, no permitió a esta cronista conocer a Lilén, pero ninguno de los chicos de la escuela que consultó dudó de que ella es la que suele flotar sobre el Tupungato, uno de los cerros de la cordillera. Leonardo conoció la leyenda a través de un libro y para escribirla entrevistó a la autora que vive en su barrio, en el distrito San Carlos, donde está enclavada la escuela Vicente Gil. Otros descubrieron la historia del primer médico de Tupungato, “el doctor Piaggi” que murió en 1992 y a lo largo de su vida salvó la de muchos pobladores, entre ellos la del tío de Darío Medero, de 12 años, 7º grado. “Cuando me enteré de su existencia, le pregunté a mi abuela si lo había conocido y resulta que había curado a uno de sus hijos. De a poco, ella me fue contando lo que sabía”, contó Darío a este diario. Pudo averiguar que había llegado a Tupungato en 1929 a pasear, por apenas tres meses “pero le gustó tanto nuestro valle que se quedó para ayudar a nuestra gente”.
–¿Y qué te atrajo de su historia?
–Que era muy bondadoso. No tenía mucha plata y se trasladaba en una carreta y la gente le pagaba con animales. Y si las personas no podían ir a su consultorio él iba hasta sus casas.
Gladys Lucero tiene el pelo renegrido y las mejillas curtidas por el sol potente de Mendoza. También tiene 12 años y es de 6º grado. Ella investigó la historia de Olga Juri, que fue monja de clausura durante 23 años y en la década del 40 ayudó a fundar tres de las escuelas de la zona, y “en una época en que las mujeres no estudiaban y eran amas de casa, fue a la Universidad de Cuyo y terminó la carrera de Filosofía y Letras”. Olga murió hace pocos meses, a los 83 años. “Para saber sobre su vida, la maestra nos llevó a la casa de su hermana, Amalia, que vive en el centro y charlamos con ella. Tiene una biblioteca tan grande que nunca habíamos visto una igual. Charlamos una hora y media, que se nos pasó volando”, dice. También dice que lo que más le llamó la atención de Olga fue que cuando era monja de clausura “la dejaban salir del convento porquenecesitaban que fuera a enseñar a una escuela porque faltaban maestras, pero cuando murió su papá, le impidieron ir al entierro”.
Mario Pergolini
El concurso que ha generado tanto entusiasmo entre los chicos de la escuela Vicente Gil es parte del programa La Escuela y los Medios, del Ministerio de Educación. Cada una de las más de 9000 escuelas rurales de todo el país podrá mandar una historia de algún personaje o de una leyenda del lugar y un jurado seleccionará cuatro por provincia. A esas escuelas, la empresa Techint les donará un grabador, un cassette y pilas para registrar la narración con la propia voz del autor. Entre todas las semifinalistas, se elegirá una por provincia que –como premio– será difundida como micro por los principales programas de todas las radios privadas del país y por Radio Nacional, a partir de un compromiso asumido por la Asociación de Radiodifusoras Privadas de la Argentina (ARPA).
–¿Pero, de verdad Mario Pergolini va a dejar un espacio de su programa para que se escuchen nuestras historias? –preguntaba, incrédula, una de las maestras al ministro Daniel Filmus, que eligió la escuela rural de Tupungato para el lanzamiento del concurso esta semana. No fue Filmus, sino el secretario de ARPA, Alberto Veiga, quien dio su palabra de que las palabras de los chicos efectivamente se escucharán, a partir de mediados de noviembre y durante un mes no sólo en el programa de Pergolini de la Rock & Pop, sino en los más escuchados de AM. “Lo importante es dar a los pibes una motivación y una oportunidad de hablar y que su voz llegue a todo el país”, destacó Roxana Morduchowicz, asesora del ministerio y alma mater de la iniciativa mediática.
Si la escuela de Tupungato es una muestra, no hay dudas de que el concurso está motivando a los chicos no sólo a hablar, sino a investigar y a escribir. En dos semanas, los 351 alumnos de la Vicente Gil se abocaron exclusivamente a esta propuesta: “Les dijimos a los chicos que preguntaran en sus casas, a sus papás, a sus abuelos, personajes y leyendas de la zona y así empezaron a surgir un montón”, contó Fabiana Cuquejo, maestra de Lengua. Una vez que seleccionaron a los protagonistas, se encargaron de ubicar algún pariente suyo que pudiera detallarles la vida y fueron a verlo personalmente a su casa o lo invitaron a charlar en las aulas.
De diablos y anacondas
La escuela es de material, prolija, amplia. Está a unos doscientos metros del arroyo Anchayuyo, que tiene su lecho pedregoso reseco –no llovió en todo el invierno– y suele tener caudal durante el verano cuando llegan las aguas del deshielo de la cordillera. Los alumnos son “chicos que vienen de puestos, de familias que trabajan la tierra, en chacras, en viñedos”, describe la directora Luisa del Carmen Moreira. Y subraya que “económicamente, la situación está muy dura, especialmente en invierno porque no hay mucho trabajo”. “Hay muchos papás desempleados, o cobran del Plan Jefas y Jefes de Hogar. Es gente muy carenciada. Cómo será que en la época de nieve o de lluvia por el vasito de leche y la tortita te los mandan igual. Llegan todos mojados y tenemos que ponerlos al lado del calefactor”, cuenta Edith Yameti, maestra de 4º “A”.
“Algunos se nos quedan dormidos por hambre. Los más chiquitos te dicen que les duele el estómago porque lo tienen vacío”, acota Sonia Fiochetti, docente de 4º “B”. Cuando les preguntan qué han comido, no es inusual que alguno cuente que con sus seis hermanos han preparado té para todos con un solo saquito. “Te ponés a pensar y apenas han tomado agua hervida y sin ninguna masita ni nada”, agrega Edith y desafía a la cronista a encontrar en el patio un papel de golosina: “Si encontrás uno te doy un premio” y aclara que la pulcritud no es por el trabajo de las porteras sino porque es raro que los chicos lleven “algo” para comer durante el recreo.
Aunque juegan con esa desventaja –la misma que tantos otros chicos argentinos– es evidente que el entusiasmo que despertó la propuesta delconcurso está venciendo cualquier obstáculo. Hubo varios chicos que se internaron en la vida del gaucho Samuel Ormeño, un hombre de a caballo, muy querido en el lugar, amigo de Bairoleto, uno de los “bandidos rurales” que inspiró la canción de León Gieco. Las leyendas no sólo atrajeron a Leonardo. Algunos se interesaron por el pacto con el diablo que –dicen en el pueblo– hizo un estanciero de apellido Vila, cuyas tierras llegan hasta la cordillera, para acrecentar su fortuna y cuya finca viñatera es custodiada por una anaconda con pelos en el dorso que muchos pobladores dicen ver las noches de luna llena.
Según cuentan las maestras, no sólo los chicos se entusiasmaron con la propuesta de contar historias y leyendas del lugar: también los padres. Y Marcela Mayorga, de 32, fue uno de ellos. Es madre de cinco hijos de entre 14 años y 7 meses. Su esposo está trabajando en uno de los tantos viñedos nuevos que surgieron en el último año de la mano de inversiones extranjeras de chilenos y franceses. La boca de Marcela delata muchas carencias: le faltan un par de dientes y tiene algunos partidos. “Me pareció muy lindo el concurso porque empujó a los chicos a no dejar de lado las cosas del pasado, lo que han sido y han hecho nuestros mayores, que es tan importante.”

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Alumnos de la escuela Vicente Gil junto a dos gauchos que les relataron historias de Tupungato.
El primer médico del lugar fue uno de los personajes elegidos por los chicos para contar su vida.
 
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