ESPECTáCULOS › FINAL ANTE SUS FANS DE LA ULTIMA PASION DE MULTITUDES

Grasa, sensiblero, bizarro, “¿y qué?”

Resistiré terminó en el Gran Rex, para 3200 fieles, con un remate que incluyó la muerte de Mauricio Doval y nueva vida en París para Diego y Julia. Gritos, fans, villanos, número vivo, truculencia y Marley en una noche de desbordes.

 Por Julián Gorodischer

Que esto no parezca televisión. Hasta Charly García, invitado especial, lo dice en el final: “Esto no es televisión”. También lo promueve Marley, el conductor, en el principio: “Es como el cine, ¿vieron?”. Y sin embargo el cierre de Resistiré, para 3200 fieles en el Gran Rex, fue, de lo que se imputa a la pantalla chica, todo aquello y más. Grasa, sensiblero, bizarro. “¿Y qué?”, preguntaba Celeste Cid, una de sus protagonistas. En la previa, el teatro es un ring y el grito colectivo pide: “Y pegue, pegue, pegue”, sin distinguir al villano del héroe. El poder, a esta hora, es del chimentero que dice conocer “¡no uno, sino tres finales posibles!”. En el baño, las feligresas saludan a la cuidadora, vieja amiga de los recitales de Mambrú y Bandana, guardiana en esta revisitada Catedral del fan televisivo. Marley se excita como en una gala de Operación Triunfo, y esto parece más la final del reality (¡voten!, ¡decidan!, ¿muere Diego o Mauricio?) que el final de una trama. Llega desde el pullman el “olé, olé, olé, Doval, Doval”, el canto que anuncia el ocaso de la moral del héroe, y, en la pantalla gigante, empieza el show de las cejas movedizas y las confesiones cruzadas, hasta que se sabe, sí, ¡por fin!, que lo que come Doval –perlita gore para el recuerdo– eran las tripas del Tío Octavio.
¡Qué asco!
Doval confiesa su sueño megalómano en la casa de al lado: controlar el mundo con una vacuna para dar muerte natural a cualquiera. El villano recuerda cómo descubrió que comerse los riñones de su tío era su cura y empezó a gestar su imperio. La pistola pasa de los buenos a los malos, con el “uhhhh” de fondo, y de pronto Diego tiene el control y derrumba el sueño del Narciso (“sos uno más, Doval...”) pero, después, el malo consigue retenerlos nuevamente. La bomba está a punto de explotar. Y podrían morir todos. ¡Qué gran final sería!, sueña el nerd de los anteojos negros en la primera fila. “¡Sólo Migré se animó a matar a su protagonista!”, comenta Silvia Itkin. Lo que llega es el gran reventón: Doval se devora demasiada gelatina (la supuesta cura) y le suben unos gusanitos por el cuello. Explota la cabeza y el teatro ruge. Diego escapa como en Misión Imposible, con fondito de llamas, en este canto al cine Clase B y al melodrama que regocija al hincha. Sólo así podría terminar Resistiré, aplacando a la fiera, esa tribuna que pide goles y reclama penales como en la cancha, como si el estar en masa necesitara de cabezas explotando y corridas espectaculares. En el corte todos miran al chimentero. “No sé..., no sé nada”, dice haciéndose el Doval, con el gesto que mejor cotiza en el teatro: cejas hacia arriba, boca tipo pucherito, hombros tensos...
Todos somos grasas
¿Pero por qué no se ponen de acuerdo? El pobre cronista intenta trazar una media que no existe (ni muy palermitanos, ni demasiado rugientes) o descubrir favoritos en el elenco, pero la masa alterna el aval al villano y el festejo de su muerte. Se entrega a cualquiera, dedica a todos su pasión. “¡Papito!”, dedica a Echarri el flamante fans club Las Morenas. Cada uno tiene su causa justa: tocar al galán (Las Morenas) o comprobar la revancha de un género (la periodista especializada). Resistiré les reservó todos los arquetipos de la grasada: narró sin filtro, sin censura, con el plumón y sin pincel, totalmente entregado a la truculencia de culto (la cabeza que explota, el gusanito que sube por el cuello) y al melodrama (el triunfo del amor). Julia habla en francés en un falso París, y Diego se le aparece cuando todos creían que había muerto para que se agarren esas últimas manitos que quedaban sueltas en la platea y la vieja diga: “Así tenía que ser”. Hasta se ve, gigante, el plano de una flor que crece y crece, rociada por la vacuna de la eterna juventud, y es la síntesis del héroe que renace. El final se cuenta con fondo de Torre Eiffel y remate remanido: “¡Te elijo de nuevo... Julia...”. Bien hecho, festeja la fila de unos críticos, opositores a cualquier desvío con extraterrestres o vampiros. El veredicto está echado.
Ay, ¡ese living!
El telón no se levanta, se corre como en las comedias de Darío Vittori, y aparece el living. Marley lo arruina todo con preguntas a los artistas como si fuera un número vivo. Pero en vez de hacerle el juego a la gala (que se verá el sábado, a las 22.30), el elenco se dedica a un jugueteo muy sexual. “¿Cómo están tus riñones, eh, Marley?”, dice Fabián Vena al conductor. Pablo Echarri va a querer, de aquí en más, hacer siempre “algo grandioso” e insiste sobre el valor inaugural: “Es la primera vez, la primera vez”, sin saber si alude a la tele como un estadio o al galán metrosexual. “¿Te acordás cuando te cosí el bretel?... antes se esperaba un macho”, dialoga con Celeste Cid. La chica le responde que se lleva de recuerdo mucha baba (mucho beso), y el momento de Tina Serrano la encuentra al grito de “petera, petera” (ver recuadro).
Llega Charly para presentar el video que grabó con Celeste Cid (Asesíname) y ya están todos, no falta nadie, se completa el cuadro que desespera al cronista (“No sé dónde mirar”) y complace a Claudio Villarruel: “Es el evento del año”, desencajado por la pegada. Marley presenta a Charly como “un fanático de la tira”, y el músico responde que nunca la vio. Los actores siguen con su coqueteo interminable, como en cualquier fiesta. “No me llenabas, no me llenabas”, provoca la Ricci a Fabián Vena, todavía marcados por sus criaturas. El show de Doval todavía no termina: “Mi mujer está contenta”, dice. A la salida, el chimentero asegura que sabía todo desde antes y sobran los lemas: “La vuelta de la ficción”, “la Argentina apasionada”, “la telenovela redimida”. Corrientes está cortada al paso de las limusinas, y la pelirroja corre y corre hacia la 9 de Julio. Empujones, estrellas, gritos, preguntas, papelitos de colores, avalancha, sentencias, periodistas. Al trote, resume una noche de excesos: “No doy más”.

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El público pedía sangre y Fabián Vena festejaba casi con furia en un final a la medida de sus fieles.
 
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