ESPECTáCULOS

Una justicia que cotiza bien alto

Tribunal en fuga, sobre una novela de John Grisham, tiene un duelo entre Gene Hackman y Dustin Hoffman, con John Cusack de árbitro.

 Por Luciano Monteagudo

A esta altura no se sabe ya demasiado bien qué viene primero, si la novela o la película. Es verdad que la literatura (por llamarla de alguna manera) de John Grisham es inmensamente popular y no sólo en los Estados Unidos, donde los thrillers de ambiente judicial hacen furor. Pero desde Fachada hasta Causa justa, pasando por El informe pelícano, El cliente y El jurado casi no ha habido una sola de sus novelas que no haya llegado al cine, como si Grisham escribiera sus best-sellers con un ojo en las librerías y el otro en las multisalas. El resultado varía, por supuesto, de acuerdo con quién lleve adelante el proyecto, y se ha dado la paradoja incluso de que –a partir de una novela de Grisham– Francis Ford Coppola pudiera hacer el más personal de sus últimos films, El poder de la justicia (1997), injustamente subestimado.
En el caso Tribunal en fuga, la mejor línea de defensa que tiene esta producción del veterano Arnon Milchan no pasa precisamente por el director Gary Fleder, un sumiso amanuense de la industria, sino por un elenco tan sólido como el mazo de un juez. Al frente están Gene Hackman y Dustin Hoffman, en su primer film compartido, después de cuarenta años de amistad y carreras paralelas en Hollywood. Y a ellos hay que sumarle la presencia siempre determinante de ese maestro del understatement que es John Cusack. No es cuestión de esperar tampoco actuaciones reveladoras o giros de 180 grados en sus personalidades sino de saber que cada uno de ellos está exactamente en su lugar, haciendo la rutina que saben hacer con la solvencia que los caracteriza.
Hackman es, por supuesto, el villano, un especialista en manipular desde las sombras a todo un jurado, buscando sus puntos débiles, presionando sobre sus problemas íntimos o familiares o directamente amenazándolos hasta quebrarlos. ¿Su lema? “Los juicios son demasiado importantes para dejarlos en manos de un jurado.” Eso es también lo que piensan los magnates de la industria armamentista, que contratan sus servicios para evitar que el caso de un francotirador que provocó una masacre de inocentes se convierta en un proceso testigo, que ponga sobre el estrado la facilidad con que –amparándose en la segunda enmienda de la Constitución estadounidense– se puede comprar un fusil automático en el negocio de la esquina, como ya lo demostró Michael Moore en su documental Bowling for Columbine.
En el otro rincón de la corte, Hoffman es, cómo no, el abogado que lleva la causa de las víctimas, un profesional transparente y honesto, preocupado por los derechos civiles, cuyo único truco para seducir al jurado consiste en dejar caer sobre su corbata una mancha de mostaza, para transmitir que él también es una persona común, como esos doce hombres y mujeres que deben decidir sobre la necesidad de castigar a una industria que no se hace cargo de las consecuencias de lo que produce.
Y en el medio del juego está Cusack, tan frágil e inasible como en Alta fidelidad o ¿Quieres ser John Malkovich? O aparentando serlo, porque en verdad su personaje es un infiltrado en el jurado, que dice estar dispuesto a influir sobre su decisión, en uno u otro sentido, a cambio dediez millones de dólares, que piensa compartir con su cómplice, la bella Rachel Weisz. Eso es todo, o casi todo, con algunas vueltas de tuerca, claro; con cierto color local proporcionado por las peculiaridades de una ciudad como Nueva Orleans; y con una vocación de denuncia, que imputa por igual a la industria armamentista y a las perversiones del aparato judicial. El espectador deberá saber que va a ser manipulado como si fuera un jurado cualquiera, pero que si decide no darse a la fuga se verá recompensado por tres actores que hacen su juego con la misma solvencia con que un buen trío de jazz calienta sus dedos con un standard.

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Hoffman y Hackman, por primera vez juntos en un film, después de cuarenta años de amistad.
 
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