ESPECTáCULOS › BAFICI 2004
MAS DE 130.000 ESPECTADORES PASARON POR LA MUESTRA PORTEÑA

Cuando el cine puede ser una fiesta

Con el triunfo de Parapalos, de la argentina Ana Poliak, se cierra hoy una nueva edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, que volvió a consolidarse como un gran acontecimiento cultural.

 Por Horacio Bernades

Una devastadora reconstrucción de los crímenes perpetrados en Camboya por el gobierno del Khmer Rouge, al lado de uno de los inimitables capriccios cinematográficos del chileno Raúl Ruiz, o una extravaganza del canadiense Guy Maddin. La máquina de pensar tiempos y espacios que pone en funcionamiento el alemán Heinz Emigholz, enfrentada a las clásicas elegías de los westerns de John Ford. Un centelleante viaje a la galaxia adolescente de la mano de un multitalentoso debutante de Singapur, y en la sala de al lado, la premiada mesura con que la argentina Ana Poliak observa a un chico que levanta bolos. El documentalismo político del estadounidense Emile de Antonio, el documentalismo crítico-ensayístico de su compatriota Thom Andersen, el documentalismo quieto de James Benning. La delicada complejidad del argentino Eduardo de Gregorio, los fantasmas de Kiyoshi Kurosawa, la revolución permanente de Glauber Rocha. Una película-río de siete horas de duración y un iluminatorio corto de un par de minutos.
Una vez más como desde hace cinco años, el Bafici ha sido el territorio de la divergencia fructífera, el arco completo del cine más genuino, la cápsula ideal para refugiarse de la banalidad en serie que la cartelera dispara, semana a semana, sobre el desguarnecido espectador argentino. Una vez más debe decirse “tarea cumplida”: durante doce días y en 10 salas (un día y una sala más que hasta el año pasado), una concurrencia que al cierre de esta edición se estimaba en unos 130.000 espectadores (frente a los 120.000 que arrojó la edición 2003) volvió a devorar con fruición las 300 películas, entre largos y cortos (10% más que en la ocasión anterior) con que los organizadores y programadores del festival porteño consolidaron este evento como el máximo acontecimiento anual de la cartelera local. Y como una de las citas de honor de programadores, productores, distribuidores y directores de festivales del mundo entero, que a los habitués de años anteriores sumó un alto porcentaje de debutantes, que prometen volver y seguir creciendo.
Basta revisar la oferta anual de festivales de cine para entender la razón de esta fidelidad. En todo el mundo son pocos los que, como el Bafici, ofrecen un perfil tan jugado a la innovación, el riesgo artístico, las búsquedas por fuera de lo convencional y trillado. El otro atractivo que el festival tiene para ofrecerle al visitante inquieto es, claro, su carácter de vitrina privilegiada de una de las cinematografías que hoy en día son más apreciadas en el mundo entero: la argentina. En este terreno y por alguna razón no muy fácil de comprender, el festival dirigido por el crítico cinematográfico Quintín redujo en una plaza la participación local en la competencia oficial (en lugar de las tres que hasta ahora venían haciéndolo, hubo sólo dos películas argentinas en concurso), además de obsequiar uno de esos dos lugares a una película que, como Whisky Romeo Zulu, no da la impresión de encajar fluidamente en el perfil que el propio festival se ha dado a sí mismo.
A pesar de ello y gracias a la premiada Parapalos, las magníficas Los guantes mágicos y Los muertos (nuevo film del realizador de La libertad, Lisandro Alonso) y unas cuantas de las que formaron parte de “Lo nuevo de lo nuevo” (empezando por Una de dos y siguiendo por La quimera de los héroes, El amor, primera parte, B corta, Otra vuelta y hasta la muy discutida Sangrita), el prestigio del que goza el cine argentino en el exterior promete seguir bien fogoneado. Pero el Bafici ha asumido como compromiso no sólo exhibir lo más interesante y lo más nuevo de la producción nacional, sino contribuir además a su fomento y producción, para lo cual desarrolla una serie de instancias en las que proyectos en gestación de realizadores argentinos y latinoamericanos se presentan, para su desarrollo y terminación, ante posibles coproductores extranjeros. Esas instancias convergen en lo que, desde la edición anterior del festival porteño, se agrupa bajo el nombre genérico de BAL, sigla que designa al Buenos Aires Lab.
Con apoyo de importantes fundaciones dedicadas a sostener esta clase de iniciativas (Hubert Bals de Holanda, Antorchas y Göteborg Film Fund de Suecia) y embajadas extranjeras, el BAL es una incubadora de proyectos, destinada a apoyar la producción de cine independiente en la región. Ese apoyo se consuma en una serie de estímulos para los ganadores, que garantizan no sólo sumas de dinero, sino también acuerdos de coproducción, distribución y exhibición en el exterior. En esta edición concursó una treintena de proyectos, de los cuales cinco recibirán apoyo contante y sonante. No hay mejor tabla de medida de la eficacia de este laboratorio que la que brinda la propia Los muertos, que hoy tiene su estreno mundial en el Bafici (a las 18.15, en la sala 9 del Hoyts Abasto) y en días más será parte de la prestigiosa “Quincena de Realizadores” del Festival de Cannes. La nueva película de Lisandro Alonso pudo terminarse gracias a los interesados que surgieron el año pasado, cuando fue una de las que se presentaron en el BAL.
Si esta secuencia habla de un cierto “derrame” del Bafici para con el conjunto de la actividad cinematográfica en la Argentina, debe reconocerse que ese contagio es todavía mucho menor del deseable. Las películas que trae el Bafici vienen y a los doce días se van, dejando su marca sólo en la retina de los pocos que las vieron. Desaparecen y no hay forma de recuperarlas, por ninguna vía. Pocas son las que los distribuidores locales se animan a comprar (el año pasado se contaron con los dedos de una mano; este año, en el mejor de los casos, serán algunas más) y no existe el valiente a quien se le ocurra editarlas en video o DVD. Ni qué hablar de la tevé de cable. Mientras siga sin existir un circuito de salas de arte y ensayo (como sucede no sólo en Francia o España, sino también en las vecinas Río de Janeiro y San Pablo), en la medida en que no surjan editores o cadenas dispuestos a acoger esta clase de material, el Bafici seguirá siendo lo que es hoy: una bella primavera de doce días en medio de un largo invierno septentrional, que más que atenuarse permite recrudecer.
Pero mejor dejar la depre para mañana: hasta la medianoche de hoy la fiesta sigue, a toda orquesta. Después es cuestión de saludar y dar las hurras, hasta el año próximo.

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Parapalos, de la local Ana Poliak, se llevó el premio mayor de la competencia internacional.
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