EL PAíS › OPINION
EL PRESIDENTE REGRESA Y BUSCA RECUPERAR SU PROTAGONISMO

En pos del centro de la escena

Kirchner reapareció en un acto lleno de significado. Cómo lee el Presidente el actual escenario. Lo que no piensa cambiar. Lo que sí acepta revisar. Cómo repiensa el acto de la ESMA. Chiche y Duhalde criticando, todo un dato. Arslanian pateó el hormiguero. Lo que funciona, ¿siempre funcionará?

 Por Mario Wainfeld

Tras dos semanas de silencio y opacidad impuestas por una conjura entre su enfermedad y el cambio de clima político, Néstor Kirchner reapareció en escena. Fue en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, presentando el Plan Estratégico de Justicia y Seguridad 2004-2007. El Presidente, que no da puntada sin nudo, eligió un ámbito institucional, leyó casi todo su discurso, se rodeó de su Gabinete en pleno (“desde que asumió sólo nos pidió que fuéramos todos, sí o sí, a dos actos: el de la ESMA y éste”, cuenta un ministro) y de la mayoría de los gobernadores. El Presidente volvió, con modificaciones de formato, en especial en el modo de comunicar. Pero volvió fiel a sí mismo, en su lectura de la realidad y en su procura del lugar que lo obsesiona desde el 25 de mayo de 2003: el centro del ring. Lo suyo es confrontar, definir adversarios y aliados. Adversarios y aliados que siguen siendo quienes ya lo eran, por acudir a un hito, hace un mes. También lo acucia probar que, si a veces lo excita la pasión, jamás lo abandona la racionalidad.
Néstor Kirchner dialoga informalmente con Página/12 en la Casa de Gobierno. Es mediodía del viernes, el día ulterior a la segunda marcha convocada por Juan Carlos Blumberg. El Presidente luce algo más delgado que hace un par de meses, pero derrocha vigor y energía. Se acoda a la mesa directorio del despacho del jefe de Gabinete. Aún sentado, se inclina hacia abajo (un reflejo condicionado que suelen tener los lungos) cuando argumenta. Comienza a hacer un cuadro de situación y su palabra se transforma en un torrente. Habla casi sin parar, tal vez media hora seguida, apenas ofreciendo pausas con algunos “¿eeehhh?” que fungen como un subrayado a un concepto o (bastantes veces) a una ironía. Recién después pide opiniones, atiende las preguntas.
Puesto a hablar en privado, Kirchner no es muy distinto que cuando lo hace en público. Algo más afable, cálido, dispuesto a permitirse alguna carcajada, pero siempre apremiado por convencer, por machacar su punto de vista. El Presidente ha vuelto a la escena y quiere persuadir, remacha sus razones, fulmina a sus contradictores. Hay urgencia y pasión en su rollo, aunque no alza la voz ni da trazas de perder la calma.
El mapa
El mapa político que dibuja el Presidente no ha sido alterado en lo sustancial por la coyuntura nacida a partir del 24 de marzo. Kirchner no se hace el distraído respecto de los malestares en el peronismo, los rezongos de los gobernadores, los roces con el duhaldismo... Pero en su lectura (cuya puesta al día insume no menos de media hora de acelerado monólogo) los trazos esenciales del mapa no han cambiado. Su gobierno encarna “con sus virtudes y sus defectos” una alternativa popular y progresista. “Si a nosotros nos va mal, no nos va a suceder un gobierno más avanzado, superador. Si perdemos, gana la derecha”, presupone. “Ojo, no una derecha moderna, preparada” sino “una derecha franquista”, según él, la única que argumenta en tribunas hostiles y en medios masivos de difusión que le suscitan buenas broncas.
Sin dirigentes políticos que contiendan con él –interpreta Kirchner–, esa derecha carente de ideas y de líderes embiste vía los portadores de intereses: “el establishment”, los lobbies, las corporaciones. Puesto a hablar de ellos, Kirchner replica (sin mentarlos) a quienes le reclaman que sea más tolerante, que abra el juego. “Con las corporaciones, jamás voy a pactar. Soy el Presidente, tengo que hablar con todos y hablaré con todos. Pero transar, nunca. Para eso me voy”, porfía, y es patente que no tiene ganas de irse.
Kirchner, como lo hace desde su campaña presidencial, reclama para sí la racionalidad. “El establishment quiere ponerme en el lugar de la irracionalidad, para desacreditarme ante la sociedad. Es una chicana porque ellos saben que yo soy racional, que mi proyecto es mucho más racional que el de ellos”, comenta y añade que el jueves –cuando les lavó la cabeza a las privatizadas de servicios públicos– nadie salió de frente a refutarlo.
Los remezones consecuentes al acto en la ESMA no han mellado el concepto de Kirchner sobre el Partido Justicialista. El PJ sigue sin interesarle tal cual es, y no tiene pensado ser su Presidente. Algo que muchos de sus laderos, aun de los más fieles, proponen como un paliativo al conflicto. En el diagrama ideológico presidencial, sencillito y no muy negociable, no calza un partido que, al vaivén de los tiempos, lo acompañó a Carlos Menem y ahora lo acompaña a él. Además, le sigue fastidiando que el Congreso de Parque Norte haya rehusado amnistiar a los que compitieron electoralmente por afuera del PJ. A su ver, las fronteras deben ampliarse mucho más que eso.
No sale de su boca, pero es una inferencia ineludible que el Presidente sigue creyendo, como desde su primer día, que su relación con “la gente” es su principal bastión, al que las mediaciones poco agregan. “No voy a gobernar día a día mirando las encuestas, algunas medidas antipáticas deberé tomar”, asume. Pero sí mira las encuestas de opinión y, como al pasar, deja constancia de que le otorgan enorme consenso.
El arte de comunicar
“Tengo que perfeccionar mi forma de comunicar”, discurre el Presidente. Se propone ser más claro, más didáctico, eventualmente más sosegado. Su introspección, que suena receptiva al consejo de algunos de sus ministros (ver página 6) lo indujo en estos días a buscar lo que podríamos bautizar “el formato Salón Blanco”. Exponer(se) en un marco que condiciona a la explicación detallada, al discurso explicativo distante de la oratoria de tribuna.
Las arengas presidenciales en actos públicos y masivos contra el FMI fueron cuestionadas por analistas, por gente de su propio palo que lo quiere bien, por los portavoces foráneos y nativos de los organismosinternacionales de crédito. Kirchner piensa dosificarlas, pero deja constancia: no repara en sus críticos cuando aboga por ser mejor comunicador a fuer de más calmo. “Tengo que comunicar bien, para consolidar mi relación con la sociedad. No me preocupa qué piensen las corporaciones de mis discursos o de cómo los digo”, redondea.
En consonancia con su equipo de gobierno, el Presidente dice que el Plan de Seguridad estaba pensado de antemano a la era Blumberg. Quizá no sea del todo así. Página/12 cree que su vasta formulación tuvo en mira, respondió a las movilizaciones y a la espasmódica reacción del Congreso. El énfasis oficial en su carácter “integral” alienta esa interpretación.
En cualquier caso, da la sensación que en pos de mantener su centralidad y de sostenerse como paladín de la racionalidad, el oficialismo reincidirá en propuestas amplias, que sugieran el formato de las “políticas de estado”. El 3 de mayo, sin ir más lejos, se presentará el Plan Nacional Energético, que incluye la creación de una Empresa Nacional de Energía (ver páginas 2 y 3). Un esfuerzo para contrapesar al “mercado”, mal nombre que encubre a los oligopolios que imponen sus reglas. Una empresa estatal que recupere ciertas funciones que tuvo la extinta YPF, entre otras la de inducir precios testigos.
Una empresa estatal. Menuda respuesta. Un patrón de conducta sigue aplicando el Gobierno, desde su primer día, que es responder a las crisis doblando la apuesta.
El Presidente, entusiasta y puntilloso por lo general, cuando habla del tema energético linda con el detallismo. El ex gobernador de una provincia patagónica atesora un buen background sobre la materia. Jerga técnica, números, proyecciones sobre ganancias futuras de las empresas, extrapolaciones de su fenomenal colecta en los ’90, adornan el análisis oficial sobre la crisis energética. En la Rosada piensan que está bajo control, que este año (a un costo fiscal soportable) se gambeteará la emergencia y que en 2005 y 2006 llegará la hora de producir y sobre todo de explorar más.
La ESMA, a un mes vista
–¿Repensó lo que pasó el 24 de marzo? ¿Cambiaría algo de lo hecho o dicho a la luz de las reacciones? –indaga el cronista.
Kirchner reconoce que hubo reacciones adversas tras el acto en la ESMA, deja constancia de la emoción que lo invadía y se interroga: “Quizá no debí haber hablado”. Tras cartón, se contesta que no, que era esencial pedir perdón en nombre del Estado argentino. De cara a los reproches que recibió por el exceso “fundacional” en que habría incurrido reconoce que hubo omisiones a la hora de mencionar lo que hizo el Estado, en sus diversos estamentos, en pro de los derechos humanos desde 1983 hasta 2004: la Conadep, el Juicio a las Juntas, las indemnizaciones, tantos fallos judiciales contra la impunidad.
“Debí ser más cuidadoso. Quizá debí llevar escrito mi discurso, que debió contener un párrafo más, dando cuenta de esos avances”, balancea. Y recorre otra vez el acto con Alberto Fernández: la convocatoria, el escenario, los discursos previos.
Mirando para adelante, Kirchner discurre que la recuperación de la ESMA es parte de un proceso más vasto que quedará completo cuando una adecuada política de Defensa permita la existencia de unas Fuerzas Armadas al servicio de las instituciones.
Convicciones y políticas
En el Salón Blanco, en la relativa intimidad de una charla periodística, en cualquier aparición, Kirchner reitera que no dejará de lado sus convicciones “en la puerta de la Casa de Gobierno”. Lo que ha intentado desde el vamos, bien mirado, es bastante más ambicioso. No se propuso inmolarse como una figura testimonial, sino traducir sus convicciones en políticas públicas, generando poder, atrayendo (o traccionando) apoyos. Esto es, procura (y viene logrando) conciliar las convicciones con la gobernabilidad. Tarea nada menuda toda vez que sus convicciones, para devenir leyes, requieren el apoyo de muchos mediadores que Kirchner no estima especialmente, a los que ni siquiera prodiga mimos compensatorios. Mediadores que, en muchos casos, no comparten con fervor su sistema de convicciones. O que, por lo menos, son mucho más propensos a negociarlo.
Hasta ahora el Presidente ha conseguido plegarlos basándose en dos pilares: el crecimiento económico y la aprobación social. Kirchner consigue aquiescencia del sistema político, en especial de su partido, como correlato de su predicamento social. Un pilar inestable, todos lo saben empezando por el Presidente.
El peronismo, fuerza proteica por excelencia, es vertical al éxito. Pero a su interior brotan runrunes surtidos. “Lo están esperando”, musita un integrante del Gabinete que mira de reojo a los compañeros del interior. “Esperar” quiere decir acechar un traspié, algún resbalón. Gobernadores y legisladores, aun aquellos que votan todo lo que baja de la Rosada, requieren mejor trato, más diálogo, más negociación.
Pero el mal humor crece tanto como las urgencias. Habrá que ver cómo pivotea el Gobierno entre la coherencia y la necesidad. En estos días no concedió todo al dogma, también “hizo política”. Con entusiasmo o sin él, forzado por las circunstancias, convocó a los rezongones, que amenazan (de momento, solamente amenazan) con volverse rebeldes. Llamó el lunes a los gobernadores para poblar el Salón Blanco. Y promovió el viernes, a disgusto, la reunión de Gustavo Beliz con sus pares provinciales, en el Consejo Nacional de Seguridad Interior. El Gobierno debió afrontar caras de bronca el lunes y refunfuños el viernes, pero logró plasmar sus convocatorias.
Para empiojar el panorama explotó una bombita sorpresa en Comodoro Py. El juicio oral a María Julia, como suele ocurrir en la Argentina, derrapó a un camino inesperado. Surgió la denuncia del revoleo de sobres, que en el corto plazo beneficia a la polifuncionaria y salpica al sistema político. La colmena de la corporación política se agita y agrava el clima de fronda.
Con el aire viciado, instancias definitorias se acercan. La negociación con el FMI, la coparticipación, la implementación del Plan de Seguridad a la que la Cruzada Axel impone presión, condicionando el manejo de los tiempos. La gobernabilidad exige leyes votadas en un santiamén. Hasta ahora, así funciona.
Malos aires
Si se acerca la mira al duhaldismo y a Duhalde mismo cabe convenir en que su trato con el Ejecutivo se ha enrarecido en concomitancia con la reaparición de Kirchner. Las declaraciones de Hilda González de Duhalde sobre la condición judicial de Carlos Menem no parecen responder a una neonata solidaridad con el riojano. En todos los mentideros políticos se interpreta que es una acción preventiva de cara a virtuales “persecuciones” azuzadas desde el gobierno nacional. Una versión bonaerense del famoso apólogo de Bertolt Brecht o una paráfrasis del refrán de las barbas en remojo.
Chiche, con todo, puede a veces “irse de boca”, expresar el costado más visceral del duhaldismo. Pero su esposo Eduardo sabe ser muy prudente en la emisión de juicios. Viene siendo un aval permanente a Kirchner y un repartidor de paños fríos en la interna. En ese rol, que pocos esperaban desempeñara tanto tiempo, Duhalde no podía ignorar que caerían mal en la Rosada sus declaraciones sobre la falta de confiabilidad de la Argentina, emitidas (valga resaltar) cuando Kirchner guardaba silencio.
El Presidente le respondió, resucitando críticas a la desordenada salida de la convertibilidad. Kirchner alega que no buscó polemizar y que no dijo nada nuevo. Esto último es cierto, pero es también cabal que Kirchner no puede ignorar que una declaración suya se resignifica en función del contexto político. Y éste sugiere una polémica entre dos aliados que hasta ahora acordaron mucho más de lo que confrontaron.
La incomodidad y hasta la rabia del duhaldismo remite, cuándo no, a uno de los nudos más enigmáticos de la relación entre el actual presidente y su precursor. Si algo puede llevarlos a la ruptura no será el discurso ideológico ni la discusión económica. El frente de tormenta en ciernes es la avanzada de la política de seguridad en la provincia de Buenos Aires. En especial lo que se devele acerca de la relación entre funcionarios políticos, policía corrupta y delito organizado. El destape del patrimonio de Horacio Román es festejado en la Rosada como un logro de Arslanian. Habría que ver cuánto consenso tiene en las huestes del peronismo bonaerense.
El porvenir no autoriza pronósticos simplotes. Duhalde acompañó el nombramiento de Arslanian y hasta fue pieza determinante para que el ex juez federal aceptara sumarse al gabinete de Felipe Solá. A su vez, es claro que Arslanian no llegará a nada si no toca algunos nervios del aparato político del duhaldismo. Ahí también existe un equilibrio inestable.
Duhalde viene siendo una sorpresa por sus desempeños. No fue el presidente que la mayoría esperaba. Ni fue el “padre de la victoria” de Kirchner que todos esperaban. Viene siendo un pilar de la gobernabilidad. Por ahora, funciona.
Tres colores
“Las blancas no movieron, pero las negras tampoco”, explica un operador del Gobierno tan afecto a la política como al ajedrez, glosando las semanas de ausencia presidencial. Las blancas son el oficialismo, las negras la oposición. “Pero apareció una tercera ficha”, redondea el hombre, aludiendo a Juan Carlos Blumberg. La política argentina, dinámica de lo impensado.
Kirchner habla respetuosamente de Juan Carlos Blumberg y ensalza el sentido institucional de su prédica. Pero todo el Gobierno sabe que ha surgido un protagonista imprevisible, difícil de encasillar. Y que la derecha local, desvencijada, trata de sacar partido de esa emergencia.
De cara a un tablero novedoso, el Presidente regresa y no se imagina cambiando lo esencial de su estilo político. No da la traza de estar muy dispuesto a reformular procederes con el PJ, con el Parlamento, con los gobernadores o con los poderes fácticos.
El peronismo está más demandante, los gobernadores más desafiantes, el duhaldismo más enconado. Kirchner lo sabe, pero no se imagina cambiando ni su sistema de convicciones, ni tampoco lo sustancial de sus tácticas.
Su apuesta es seguir, basado en los indicadores económicos y los de las encuestas, traccionando esa tropa cerril y rezongona. Hasta ahora, funcionó.

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