ESPECTáCULOS

Una mirada que desmiente al típico macho tanguero

Magalí Saikin, autora del libro Tango y género, se mete de lleno en un tema espinoso y revisa historias, letras y modismos para arribar a conclusiones que enardecerán a más de un dogmático.

 Por Karina Micheletto

¿Que el tango, escrito y cantado por hombres, coloca a la mujer en la conveniente dualidad madre santa/prostituta? Bueno, es sólo en algunas letras. ¿Pero que tiene además un importante contenido homosexual? ¡Vade retro! ¿Que al principio se bailaba entre hombres? ¡Por favor, era para practicar, no había mujeres a mano! ¿Que las primeras cancionistas se vestían de hombres? Sería para abrirse camino. ¿Que en un clásico como Malevaje, el guapo “pierde el cartel” porque se va con otro guapo? Suena a exceso de interpretación. ¿Que hay huellas comprobables de homosexualidad en mitos tangueros como Azucena Maizani, Eduardo Arolas, Agustín Magaldi y hasta... Carlos Gardel? Parece demasiado. Magalí Saikin, argentina residente en Alemania, se atreve a enfrentar un canon complicado con estas afirmaciones en Tango y género, el libro que surgió de su tesis de doctorado. Y lo que encuentra, en un minucioso trabajo de búsqueda y reconstrucción, es una importante zona del discurso que quedó censurada por la oficialidad del tango, regida por la norma hetero.
Además de docente y psicoterapeuta, Saikin es tanguera de alma, igual que su marido, guitarrista integrante del grupo Los gringos del tango, a quien conoció al ritmo del 2x4. Junto con él y otra gente está al frente de una milonga en Passau, adonde siguió su carrera tras estudiar filosofía en La Plata. Su trabajo comenzó como una búsqueda de relaciones entre géneros. “Pero en cuanto me puse a investigar surgieron huellas muy claras de homosexualidad en el tango; con tanto material el tema fue creciendo solo. Y tengo la sensación de que puede crecer aún más”, cuenta Saikin. Así surgió Tango y género, el libro que dará urticaria a más de uno. Y que, para Saikin, es su forma de “hacer ideología”. “Siempre pasa lo mismo: sólo tematizan los que son parte. Las minorías son las que hablan de sí mismas, y eso termina siendo muy egománico”, critica. “Lo que no quieren ver los que niegan la homosexualidad en el tango es que en un género tan rico hay lugar para todo. Y por eso me da lástima, bronca, me enoja que se quiera excluir a las minorías.”
–En su abordaje debe haber encontrado mucha resistencia del ambiente tanguero.
–¡Ufff! Si das pruebas de los rasgos homosexuales que tenía Gardel, por ejemplo, te dicen “¡qué maldad!”. El solo hecho de sugerir que los hombres bailaban entre sí provoca miradas feas. Y es algo que está documentado. Lo interesante es que la versión oficial dice que lo hacían para practicar. Y si una va a las fuentes encuentra tangos que hablan de hombres bailando entre sí que “se hamacan con ardor”, “embelesados”... Ahí no hay práctica. Y hay quienes, intentando explicar lo inexplicable, cometen fallidos como el del bailarín Juan Carlos Copes, que dijo: “En las academias se bailaba entre hombres, y no porque fueran homosexuales, aunque lo fueran”. O sea: podían serlo, pero había que fingir que no lo eran.
–¿Cuáles fueron sus fuentes?
–Con ir a los textos populares del 1900 se encuentran huellas homoeróticas implícitas y explícitas. Hay mucho material que tematiza la homosexualidad de los proxenetas: “Por Riobamba y por Junín/ por Ayacucho y Corrientes/ yira una barra valiente/ de cafishios sin bulín/ con el loco berretín/ de saber tirar la daga. Y de tan mentada plaga/ encontrarán para mi ver/ cafishios que han de tener/ el orto lleno de llagas”. Autores como Juan José Sebreli analizan este personaje arquetípico, el “compadrito de la orilla homosexual”, “el chongo”. Pero, en la compilación, el tango se ocupó de filtrar estos textos. Fue un discurso silenciado, y hay que rastrearlo con lupa. Yo fui a los manuales de criminología y psiquiatría, porque el positivismo hegemónico de la época veía a la homosexualidad como una enfermedad a extirpar. Y en el de Francisco De Veyga, de 1903, me sorprendió encontrar definido el lunfardo como “pederasta de condición”. En su época de compadrito, el chongo fue ampliamente registrado por la criminología, donde se entrecruzan el proxenetismo, la homosexualidad, la prostitución masculina y los lunfardos.
–Desde su óptica, el lunfardo nació como un argot gay.
–No digo que el lunfardo haya sido sólo homosexual. Digo que tiene huellas impresionantes de homosexualidad. Pensemos en expresiones repetidas como la de “cafishio del café con leche”, como llamaban burlonamente los rufianes extranjeros a los nativos. Las versiones oficiales explican este apodo por “la parsimonia y modestia del cafishio, capaz de pasarse un día entero meditando delante del café con leche”. Pero vas a los diccionarios de argot español y encontrás que en todos, sin excepción, la definición es “pederasta pasivo”.
–En su interpretación, Malevaje esconde una relación homosexual. Parece un exceso...
–Es una interpretación, por supuesto, pero si se analiza el texto es perfectamente posible. El protagonista de ese tango sufre: “El malevaje, extrañao/ me mira sin comprender. Me ve perdiendo el cartel/ de guapo que ayer/ brillaba en la acción”. ¿Por qué tiene miedo de perder el cartel? ¿Qué es lo que lo asusta? La amenaza es la homosexualidad: el tipo está raro porque no se fue con una mujer. Y, además, es ella la que pasa “tangueando altanera”, al revés que el canon del baile.
–Pero es un tema arraigado en la cultura argentina, no sólo en el tango. El que se enamora y abandona “la barra” es mal visto.
–Es poco macho. Pero, ¿por qué? ¿Por qué tienen tanto pánico de ser considerados homosexuales? ¿Qué es lo que les asusta? Hay algo tan extraño en la sociedad argentina... Aquí la homosexualidad no se define por el objeto del deseo sino por los roles, activo o pasivo. Y el activo, el chongo, no es considerado homosexual. Si no, todas las hinchadas de fútbol argentinas que se quieren coger al adversario serían gays autoproclamadas. Me parece que los hombres argentinos tienen una personalidad sexual conflictuada. Por un lado, se tratan con mucha ternura entre sí, son sensibles, se abrazan y se besan con soltura, algo que no ocurre en otros lugares. Y nada de eso tiene una connotación homosexual. Pero por otro lado, tienen una manera muy sospechosa de limitarse. Se atajan, se explican, se justifican, no sea cosa que se confundan con ellos. Todo eso se refleja en las letras de tango. Y más allá de que uno estudie filosofía o le interese el análisis del discurso, suena sospechoso.

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Magalí Saikin es docente, psicoterapeuta y tanguera de alma.
Junto a su marido, dirige una milonga en Alemania, donde vive.
 

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