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Toronto tiene una ayudita oriental

A falta de grandes películas canadienses, lo mejor del festival está llegando desde Asia, más precisamente desde China y Taiwan.

 Por Luciano Monteagudo

La ciudad es una fiesta. Y no sólo por el festival de cine. Con el triunfo canadiense, el martes por la noche, del campeonato mundial de hockey sobre hielo –un deporte particularmente popular entre los locales–, la apacible Toronto, sede del torneo, se convirtió en un interminable desfile de gente y banderas, con los fanáticos alzando sus jarras de cerveza a lo largo de la tradicional Yonge Street. Tanta efusividad no es habitual en una ciudad habitualmente serena, silenciosa y ordenada, pero sucede que el agónico triunfo (por 3 a 2) sobre Finlandia consolidó el invicto que tiene el equipo nacional en Toronto –¡desde 1972!– y vino a ratificar la medalla de oro que los canadienses consiguieron en los Juegos Olímpicos de invierno de hace dos años.
Al cine canadiense, por otra parte, no le va tan bien como al hockey. Este año faltan en Toronto los grandes nombres –Cronenberg, Maddin, Egoyan, Arcand– y sólo parece poder mantener alto el honor de los locales el actor y director Don McKellar, con su sátira familiar Childstar. La producción local sigue siendo abundante, pero da la impresión de que no han surgido figuras de recambio, según el consenso de la crítica y los programadores que trajinan el festival. Pero Toronto siempre da revancha, aunque haya que ir a buscarla al otro lado del mundo. A Asia por ejemplo, donde se sigue concibiendo el cine como un arte mayor, al margen de los condicionamientos y las exigencias del mercado. Sólo así es concebible la existencia de una obra maestra como Café Lumière, la película más reciente del taiwanés Hou Hsiao-hsien, uno de los nombres mayores del cine mundial contemporáneo. Conocido en Buenos Aires a través de una exhaustiva retrospectiva que le dedicó el Festival de Cine Independiente dos años atrás, el cine de Hou Hsiao-hsien siempre fue comparado con el de otro gran maestro del cine asiático, el japonés Yasujiro Ozu (de quien está culminando estos días una revisión de su obra en la Sala Lugones). Para rendirle un homenaje explícito a su mentor, Hou cruzó el Mar de Japón y decidió contar una nueva historia en Tokio, a la manera de Ozu.
En términos dramáticos, poco y nada sucede en Café Lumière: una chica japonesa, periodista, recorre la ciudad, en busca de información sobre un pianista de jazz que dejó su marca en los años ’30. Está embarazada de tres meses, pero ha decidido tener a su hijo ella sola. Sus padres, a punto de jubilarse, están preocupados por su futuro y la vienen a visitar a Tokio. Conocen su departamento, beben sake y comparten más silencios que diálogos. Nada más. Pero tampoco nada menos. Con ese tenue esquema argumental, inspirado en Tokio Monogatari, Hou –como decía Gilles Deleuze del cine de Ozu– “logra tornar sensibles el tiempo y el pensamiento”. Y a diferencia de Tokio-Ga, el homenaje que Wim Wenders le dedicó en su momento a Ozu, Café Lumière no se irrita con la nueva Tokio. Por el contrario: debajo de sus luces de neón y de su abigarramiento urbano, Hou es capaz de reencontrar la sensibilidad y la esencia de una ciudad a la que el cine de Ozu describió como nadie.
Las ciudades, a su vez, se multiplican en The World, otra cumbre del cine asiático presente en Toronto. La nueva película del chino Jia Zhang-ke –descubierto allá por 1999 en el primer Festival de Buenos Aires con su ópera prima Xiao Wu y ganador del mismo Bafici dos años después con Platform– viaja alrededor del mundo, pero sin salir jamás de Pekín. Ambientada en un gigantesco parque temático ubicado en la periferia de la capital china, que reproduce en su interior los principales monumentos de París, Roma, Nueva York, Londres o El Cairo, The World es un film coral, que pone en escena las ilusiones y tristezas de un puñado de chicas y muchachos de provincia, la mayoría de paupérrimas áreas rurales, que se ganan la vida como coristas o agentes de seguridad de ese lujoso mundo artificial, de utilería. Animación computarizada, mensajes de texto de teléfonos celulares y números de canto y baile se incorporan a la película de Jia Zhang-ke con la misma naturalidad con que sus personajes atraviesan las réplicas de las pirámides de Egipto o el Vaticano. Pero más allá de esa ilusión de modernidad y globalización, una infinita melancolía se apodera de The World: para esos jóvenes chinos, el mundo sigue siendo ancho y definitivamente ajeno.

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Café Lumière, una obra maestra del taiwanés Hou Hsiao-hsien.
 
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