ESPECTACULOS › “A TODO O NADA”, UN BRILLANTE REGRESO DEL MIKE LEIGH MAS CLASICO

Una línea directa a la vida cotidiana

El film de Leigh retrata un drama familiar en los suburbios de Londres, abriendo un resquicio para la esperanza. Trelew, de Mariana Arruti, deja constancia de uno de los hechos más sangrientos de la década del ’70: la fuga de la cárcel de Rawson y la posterior masacre.

 Por Horacio Bernades

Es como si fuera la versión piadosa de Travis Bickle, protagonista de Taxi Driver. O el Vicentico de Los guantes mágicos, más obeso e infinitamente triste. La expresión de Timothy Spall, remisero de A todo o nada, lo hace aparecer como si condensara en sí toda la aflicción del mundo, toda la pena: los dos mechones cayéndole al costado del rostro, los ojos tendidos hacia abajo, los mofletes blandos de quien puso demasiadas veces la otra mejilla. Sin embargo, uno de esos cachetazos terminará haciéndolo reaccionar, a él y su familia, y puede ser que de allí en más Phil y los suyos vivan una vida más plena, después de atravesar el dolor y la catarsis.
Su penúltimo film a la fecha, A todo o nada trae de nuevo a la cartelera porteña a Mike Leigh, el director de Secretos y mentiras, cuya película anterior, Topsy-Turvy, lo mostraba en un registro bien distinto y sin duda desconcertante. La película que antecede a Vera Drake (que el sábado pasado ganó el premio mayor en el Festival de Venecia), A todo o nada representa, en cambio, un regreso pleno al Mike Leigh más clásico. El que va de sus primeras películas de los ’70 a la que lo hizo conocido en Argentina y el mundo. Mike Leigh, cronista por excelencia de la clase media-baja británica. El que sabe combinar lo agrio y lo dulce, y lo hace sin que eso suene a receta de cocina, sino a la más genuina fe de quien cree, definitivamente, que de ambas cosas hay en la vida. El que es capaz de tener línea directa con la más recóndita intimidad de sus personajes, esos que parecen hundidos en el infortunio, hasta que algo los saca de allí y los proyecta de nuevo hacia los demás y hacia sí mismos. Mike Leigh, tal vez el único cineasta del mundo capaz de llevar a sus personajes de la oscuridad hacia la luz, sin que esto resulte una tan cursilona como calculada fórmula dramática.
Bleak Moments se llamaba su primera película, filmada hace más de treinta años, y Bleak Moments podría llamarse también ésta, llena de esos momentos desolados que justificaban el título de aquélla. Verdadero viaje al interior del monoblock, A todo o nada podría transcurrir en Lugano 1 y 2, siempre y cuando ese barrio contara con un poeta lírico que lo narre. Es el mundo del free cinema inglés de comienzos de los ’60, lleno de gente de clase trabajadora que parecía hundida para siempre en la cotidianidad más desesperanzada. Pero transfigurado por la mirada de quien, en lugar de conformarse con lo peor, lo sórdido y desdichado, les desea a sus personajes lo mejor. Y por las dudas que no puedan lograrlo solos, se los brinda. Cuestión de que quede claro que de lo que se habla no es de un caso individual, sino de una clase en su conjunto, A todo o nada despliega el entero mapa humano de Safeways, semiderruido conjunto habitacional del extramuros londinense.
Allí están Phil (Spall, actor fetiche de Leigh que ya había protagonizado Life is Sweet, Secretos y mentiras y Topsy-Turvy) y su familia, integrada por la pequeña, aguantadora y ligeramente amarga Penny, cajera de supermercado (Lesley Manville), y sus hijos de casi doscientos kilos per cápita, Rachel y Rory. Ella limpia pisos en un hogar de ancianos y parece aún más callada y dolida que la mamá. Las actividades a las que se dedica Rory son básicamente comer, tirarse en el sillón del living, mirar la tele y decirle “fuck you!” a la sufrida e insufrible Penny. Si todos tienen una expresión como si alguien acabara de morírseles (cuando en verdad no es alguien sino algo lo que se ha muerto), en los departamentos de más allá las cosas no andan mucho mejor. En uno vive el compañero de tareas de Phil, junto con su esposa alcohólica y la hija, promiscua o histericona. En otro, la mejor amiga de Penny, que plancha para afuera en los ratos libres, y su hija, que también cultiva la costumbre del fuck you a lamamá. Y a la que el hooligan que tiene por novio brutalizará a partir del momento en que ella le comunique cierta novedad, como el protagonista de Naked (acá salió sólo en video) lo hacía con sus dos víctimas.
Pero allí donde ese género británico conocido como kitchen-sink drama (“drama del fregadero de la cocina”) termina, el cine de Mike Leigh recién empieza. Hasta el punto de que A todo o nada admite ser vista como la sonora contestación que el realizador de Secretos y mentiras –ese raro especimen de realista-optimista– le dedica a ese género cinematográfico, tan británico como el roast beef. Logrando de su elenco de semidesconocidos (con la única excepción del fabuloso Spall) una de esas pasmosas actuaciones de conjunto que lo caracterizan, Leigh se confirma como uno de los escasos cineastas contemporáneos para quien la realidad no es la tumba de las esperanzas, sino la cuna. Life is Sweet, vuelve a sostener Leigh en A todo o nada, aunque la vida parezca oscura, sórdida, despiadada y hasta nefasta. Sólo hay que saber o querer mirar detrás de las apariencias. De allí que el arte de Leigh sea uno en el que basta rasgar la caricatura (todos los personajes de A todo o nada admiten ser vistos como tales) para que asomen el dolor, la catarsis, la necesidad del otro. Ultimos resabios, quizá, de aquello que llamamos humano, y que el cine de este verdadero autor se ocupa de recopilar.

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A todo o nada es la anteúltima película de Leigh, previa a Vera Drake, que ganó en Venecia.
 
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