ESPECTáCULOS › EL RESTAURANTE, DE PIERRE SALVADORI, CON DANIEL AUTEUIL Y JOSE GARCIA

Nunca falta un roto para un descosido

 Por Luciano Monteagudo

¡Ah, pobre Antoine! Ya casi no queda gente como él, obsesiva, que se haga cargo de todo y de todos. En Chez Jean, la elegante brasserie parisina en la que se desempeña como jefe de camareros, hace de todo: asesora a la patrona, supervisa la portentosa cave de vinos, se responsabiliza de la caja, se interioriza por los gustos de cada uno de los clientes (y más si alguno de ellos es el comisario del arrondisement, cuándo no). Nada de ese mundo parece serle ajeno a Antoine (Daniel Auteuil). Tanto que es capaz de dejar plantada a su novia con tal de cerrar la última mesa. Esa manía, claro, le traerá sus problemas, que empiezan cuando le salva la vida a Louis, a punto de colgarse de un árbol, por infinitas penas de amor. No sólo es loable, es natural que Antoine evite un suicidio. Lo que su novia definitivamente no puede perdonarle –además de sus plantones– es que se lleve a vivir a Louis (José García) a su casa y, como si eso fuera poco, trate de resolverle sus problemas sentimentales.
En El restaurante, su quinto largometraje, el director francés Pierre Salvadori, prácticamente desconocido en la Argentina, le devuelve a la comedia francesa algo de su honor perdido. No se trata de una gran película, ni siquiera de una farsa brillante, pero sí de una comedia de cierta nobleza, que no se burla de nadie, sino que expone con ternura y hasta melancolía el absurdo cotidiano de unos personajes típicamente urbanos, consumidos por sus respectivas neurosis.
Si Antoine es un maníaco obsesivo, Louis es un maníaco depresivo. Esa pareja despareja es la fuente de la mayoría de los gags del film, especialmente cuando Antoine consigue conchabar a Louis como sommelier del restaurante, aunque el pobre es incapaz de distinguir un borgoña de un chablis. Todo sea por devolverle la autoestima. Al fin y al cabo, eso parece más fácil que devolverle a su novia (Sandrine Kiberlain), la chica por la cual Louis se pensaba quitar la vida y que parece aún más inestable que él.
La simpatía de Auteuil y de José García (francés, a pesar de su apellido y aspecto español) consigue sostener la película aun en aquellos momentos en que parece desfallecer, por falta de un mejor ritmo o de una actriz un poco más carismática que Kiberlain, mejor dotada para el drama (como en La vida soñada de los ángeles) que para la comedia.

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