ESPECTáCULOS › BRIGADA 49, DE JAY RUSSELL

La sombra de las Torres

 Por Horacio Bernades

Difícil imaginar una película más convencional que Brigada 49. Homenaje al valor, solidaridad y entrega de esos abnegados servidores públicos (no, no se trata de los Basureros de Los Angeles de Les Luthiers) que son los bomberos, la película sigue prolijamente el derrotero de uno de ellos, desde que ingresa hasta el momento en que cae, gravemente herido, en una operación de rescate. En ese borde entre la vida y la muerte, el hombre repasa mentalmente su carrera completa, desde el día que entró al cuartel. Más allá de su narración en dos tiempos (el presente, con los compañeros del protagonista intentando rescatarlo y el pasado, evocado en racconto), el guión se atiene a la linealidad más absoluta, recorriendo prolijamente los momentos más importantes de su vida. El primer operativo, el día que conoció a la que finalmente sería su esposa, el casamiento, el nacimiento del primer hijo, las paradas más bravas frente a las llamas, el ascenso, la muerte de algún compañero...
Con Joaquin Phoenix en el protagónico y una banda de sonido tan rutinaria como la estructura del guión (baladas en los momentos intimistas, blues y rock’n’roll en los de acción, énfasis orquestales en los emotivos), la película parece condenada al aburrimiento más absoluto. De ese pozo la salvan los momentos fuertes, que transmiten la requerida “sensación de realidad” (lenguas de fuego, techos que se caen, pisos que ceden, rescates en las alturas) y, contrariamente, los tiempos más “débiles”, aquellos que narran la intimidad de los firemen, con abundancia de tragos y bromas, algunas más pesadas que otras. Lo otro que ayuda a levantar la puntería es el buen elenco, con un John Travolta siempre confiable en su clásico papel de buenazo, Robert Patrick (el Terminator malo de T2) adecuado en el típico rol del veterano duro y a punto de jubilarse, y una debutante (Jacinda Barrett) que se las arregla para ser linda y lucir como de entrecasa al mismo tiempo.
Aunque la historia esté ubicada en la ciudad de Baltimore, es imposible no sentir la sombra de Nueva York cayendo sobre la película. Para ser más precisos, la sombra de un par de enormes rascacielos gemelos que una mañana de septiembre implosionaron hasta desaparecer. Es obvio que allí, en el Ground Zero, nació la idea de rendir homenaje a esos servidores públicos que se cansaron de trasladar cuerpos y camillas durante varios días. De allí también que la película no pueda tener otro final que no sea trágico, con lo cual esa convención –la del happy end– es la única que termina siendo desobedecida.

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