ESPECTáCULOS › ESTRENO DE LA NUEVA OBRA DEL DIRECTOR TURCO FERZAN OZPETEK

La ventana a un lenguaje

La película del turco radicado en Italia Ferzan Ozpetek plantea con refinamiento y emoción el conflicto entre deseo y responsabilidad. El film sobre la vida y la obra de Ray Charles, en tanto, repasa demasiado literalmente los grandes éxitos y fracasos del músico.

 Por Horacio Bernades

Como en las anteriores películas de Ferzan Ozpetek (realizador turco, radicado en Italia, de quien en Argentina se conocieron Hamam, el baño turco y El hada ignorante), el tema siguen siendo los deseos reprimidos, el desafío del tabú, la oposición entre doxa e identidad individual. La diferencia es que en La ventana de enfrente no se siente el ahogo de una tesis previa. Esta vez, los temas se desprenden de la propia historia, los hechos narrados, las relaciones entre los personajes. Junto con ello, Ozpetek parece haber descubierto lo propio del cine, esculpiendo en el tiempo formas cinematográficas que son, por primera vez, bellas, intensas y emocionantes. Hasta ahora, el realizador de La ventana de enfrente usaba el cine para decir cosas. De aquí en más parece dispuesto a hablar su lengua.
Sobre un doble enigma inicial se construye La ventana de enfrente. Un hecho de sangre sucedido en 1942 en el horno de una pastelería, y la aparición –sesenta años más tarde y en pleno centro de Roma– de un hombre mayor que no tiene idea de quién es, dónde está ni a dónde va. Un hombre joven y su esposa están a punto de librarlo a su suerte, pero finalmente deciden ayudarlo, sin saber que el desconocido terminará por cambiarles la vida. No es que se trate de una figura angélica ni nada parecido, sino de alguien en cuya experiencia Giovanna (Giovanna Mezzogiorno, la morochita de El último beso) se verá reflejada, a partir del momento en que logre develar quién es y qué ha sucedido con él en el pasado.
En tiempos del fascismo ese hombre debió ocultar cierto amor prohibido, lo cual lo sumió para siempre en la melancolía. Siendo homosexual y judío, se entiende que los tiempos de Mussolini hayan dejado en él esa marca. En el anciano ve Giovanna lo que podría ser su propio futuro. Casada y con un hijo, la muchacha parece insatisfecha con todo lo que la rodea. Vive regañando a su marido e hijo; está disconforme con su trabajo como administrativa en una pollería y piensa que a su edad ya es tarde para iniciarse como repostera, lo que más le apasiona y mejor hace. Empleado bancario, el hombre al que Giovanna no puede dejar de espiar desde su ventana (Raoul Bova) tal vez no sea exactamente un príncipe azul. Pero el hecho es que a Giovanna le encantaría probar.
A la larga y por más que le dé un empujoncito a la protagonista, Ozpetek no incurre en el simplismo de sugerir que una canita al aire puede representar una panacea. El conflicto en el que Giovanna está sumida es uno que opone deseo y responsabilidad, y esto se aplica tanto a su vida emocional y sexual como a lo que tiene que ver con lo vocacional y laboral. Por lo demás, La ventana de enfrente no es la clase de película “de autoayuda” en la que la heroína inicia una vida venturosa y libre de conflictos, a partir del momento en que toma una decisión definitiva. Muy por el contrario, el plano final del film de Ozpetek, que recuerda al de Los 400 golpes, deja a Giovanna mirando hacia cámara, en un gesto de sentido indiscernible. ¿Será feliz Giovanna de allí en más? Imposible saberlo, y finalmente poco importa. Lo que puede sonsacarse de ese plano final –en el que la lente termina pegada, como en un beso, a los bellísimos ojos de la protagonista– es que entre ella y la cámara se ha consumado finalmente la historia de amor que durante toda la película se mantuvo latente. Historia de amor que el espectador es invitado a compartir, y que de alguna manera incluye también a ese anciano desconocido, cuyo nombre podría ser Simone o Davide y que representa una crucial elección de casting por parte de Ozpetek. El elegido no es otro que Massimo Girotti, leyenda viviente del cine italiano, con papeles para Rossellini, Visconti (fue el protagonista de Ossessione), De Sica y Bertolucci, entre otros. Tan hondo como nunca antes, parece haberle requerido una carrera entera al signore Girotti pasar de ser aquel galán pintón a este anciano profundamente herido, a quien su relación con la muchacha desconocida permitirá vivir una segunda vida al final de su vida.
Ozpetek demuestra el suficiente poder de síntesis como para hablar del presente italiano en un par de escenas apenas alusivas (la falta de solidaridad de Giovanna, cuando se cruza por primera vez con el desconocido; la intrusión de la vida ajena de la empleada de una tintorería). Con hiriente lucidez, sugiere que entre tiempos de Mussolini y los actuales podría haber más continuidades de las deseadas. Vincula ambos tiempos del relato con admirable fluidez visual, y les da lugar a todos los personajes secundarios, desde el frustrado marido hasta una amiga sumamente pragmática. Le saca todo el jugo a una intensísima partitura compuesta por Andrea Guerra. Pero sobre todo maneja tiempos, duración de cada plano y cadencias de cámara con una maestría hasta ahora desconocida. El resultado es un film que reúne, de modo consumado, lo que suele presentarse separado: refinamiento y emoción, estilo y comunicación, lo clásico y lo contemporáneo.

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Los personajes de Ozpetek no son previsibles.
 
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