ESPECTáCULOS › “UNA MIRADA”, SU LIBRO AUTOBIOGRAFICO

El anecdotario de una vida que va más allá de una carrera

Nebbia dice que tenía muchas historias para contar. El autor de La balsa plasmó esas anécdotas en un libro que fue armando “como un muestrario de mi personalidad”.

 Por Cristian Vitale

Más que los capítulos en los que Litto Nebbia emite opinión sobre diversos temas universales como el arte, el amor, el sexo, la timidez o la verdad, lo que resalta en su libro Una mirada son anécdotas de vida –algunas graciosas, otras no tanto– y la necesidad de responderle a la historia, o tal vez a deformaciones de la historia relacionadas con ciertos hechos de su vida. Así se suceden, en las páginas con más sustancia de las 380 que tiene el libro, sus quejas por el “apartheid” que tuvo que atravesar durante la administración radical de los ’80 –por declarar que hubiese votado al PJ en 1983– o el mal paso dado en 1990 como director del Centro de Divulgación Musical de Buenos Aires. “Luego de once meses ahí, juré que no estoy en una cosa así ni en mi primera reencarnación. Me peleé hasta con los ascensoristas del Teatro San Martín”, escribe. O el mito aquel de que La balsa era de Tanguito y que él se la sustrajo en el baño de La Perla de Once. “No es un mito –opone–, porque el mito es cuando se dice tal cosa de algo. Lo que hay es un par de personas que por envidia o lo que sea, tiraron calumnias sobre mí: el baterista de Manal Javier Martínez y el productor Jorge Alvarez. Ellos inventaron eso. Nunca me enteré por qué me tenían bronca.” Por extensión, tampoco falta su rechazo a entregar los derechos de la canción para la película Tango Feroz. “Aceptar un libro para cine de algo en que fui uno de los más importantes protagonistas, todo cambiado, tergiversado, adoptado a un semirromanticismo light para que prenda en la pendejada, es mucho para mí”, es la explicación que da Litto en el libro.
–¿Cuál es el eje central del libro?
–Lo fui armando como un muestrario de mi personalidad. Me gusta mucho el tema literario sin llegar a la idea de comerme la cabeza pensando que soy un escritor. Soy un tipo muy parlanchín, me encanta contar anécdotas y tengo una manera de contarlas; además, para el tipo que sigue lo que hago debe ser un hallazgo, porque tiene cosas interesantes como archiverío de fotos y anécdotas de primera mano. Para el no tan seguidor, es el anecdotario de un tipo que anda de aquí para allá y vive apasionadamente.
–La parte cronológica es un reportaje que le hace un médico, Daniel Grigera, a quien usted le narra su historia en 50 páginas. ¿Por qué lo incluyó entero?
–Porque si bien el rock argentino tiene ya tres décadas de existencia, no hay demasiada escuela: cada vez hay más chicos que se dedican al género, que tienen que hacerse de abajo y a las piñas. La mayoría no sabe cómo carajo grabar y sacarle un buen sonido a su instrumento; no voy a poner una escuela para enseñar eso, pero sí puedo pasar datos que colaboren con ellos. A mí me pasó que al leer la biografía de algún jazzero tuve más herramientas para mi oficio.
–Aparece la intención de aclarar situaciones que la historia, según usted, fue deformando.
–Si me calumnian yo no salgo a defenderme. Pero esta cosa de la necrológica del rock es muy jodida; mirá lo que pasó con Pappo: ahora de golpe todo el mundo escucha blues. ¿De qué están hablando?: si en los últimos años, pobrecito, jamás le hicieron una nota para hablar de su música. Entonces, hay un día que te hinchás de la boludez y decís “yo escribo y dejo certificado esto”; después, si querés saber la verdad investigá los libros. Yo escribo y que después cada uno use su cabeza.

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“Yo escribo y que después cada uno use su cabeza”, dice Litto.
 
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