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La luna de miel

El viaje tradicional que emprenden los recién casados arranca, históricamente, en el rapto de la novia que practicaban los bárbaros. La miel simboliza los primeros tiempos de la convivencia. Conviene aprovecharla, porque tal vez más tarde escasee.

 Por Soledad Vallejos

Frutilla pagana del postre (tradicionalmente) religioso que las nuevas parejas ofrecen graciosamente a la sociedad, en rigor de verdad la luna de miel no es, ni por asomo, esa travesía entre romanticona y audaz que las agencias de viajes promocionan con palmeras y playas de azul eterno. Y todo porque, horror de horrores, el mentadito viaje de los recién casados, esos días de tortolitos libres del mundo y sus obligaciones porque sólo viven de su amor, no es otra cosa que... ¡La versión edulcorada del rapto original, el que fundaba los matrimonios, por ejemplo, entre los bárbaros amigos de Atila! Y el desengaño no termina ahí, porque, como ha quedado dicho, el rapto (inicio del viaje, digamos, por forzado que fuera) era absolutamente previo, unilateral, y, claro, condición del matrimonio.
En tiempos de los bárbaros, entonces, el viaje precedía a las bodas. Un poquito brutales, los viajes, de todos modos: primero, el señor interesado no se conformaba con una mano, sino que raptaba a la doncella entera y se la llevaba lo más lejos posible, hasta donde diera el caballo. Y ahí la joven tenía que resignarse a aceptar que se había convertido en casadera y casada de golpe. Recién cuando dejaba de ofrecer resistencia, podía volver al pueblo, pero ya hecha toda una señora de su casa, cuestión de no dar lugar a las malas lenguas. Atila el Huno, por ejemplo, se había encaprichado con la princesa romana Honoria, hermana del emperador Valentiniano III, y no tuvo ningún empacho a la hora de secuestrarla delante de su mismísimo esposo. Que no pudo ni reaccionar, pobre hombre, y se quedó calladito hasta que ambos volvieron. El día de los esponsales, Atila invitó a los comensales del banquete con una bebida que haría furor: hidromiel, ni más ni menos que vino mezclado con miel en proporciones justas. Pero es más probable que hayan sido las matronas romanas, con su costumbre de dejar durante todas las noches de luna una tacita de miel en la puerta de la casa de la pareja (para recordarles que disfrutaran las dulzuras de los primeros tiempos de la convivencia), las que terminaron de acuñar el término. Los griegos continuarían luego la tradición del rapto amoroso... Aunque con un detalle, si cabe, levemente más siniestro: el futuro suegro debía recibir algún que otro regalito para hacer de cuenta que no veía cuando el festejante se llevaba a la nena.
Los normandos de la época carolingia también compartían esa norma del viaje iniciático antes de los papeles o la ceremonia colectiva y legal correspondiente, tal como hizo el primer duque de Normandía, Rollon, cuando capturó a Popa tras el saqueo a Bayeux en 886, o como hizo su hijo Guillermo al casarse con Sprota, la chica rehén obtenida como botín de guerra durante una incursión en la Bretaña.
El siglo XVIII era otra cosa. En los círculos respetables y civilizados, sólo la aprobación de la Iglesia podía dar lugar a una vida en común... entre dos personas que apenas se habían visto alguna vez, pero debían cumplir los acuerdos entre sus familias. Digamos que la mundanidad habíaconvertido el rapto en conveniencia elegante. En la luna de miel, las parejas partían a la aventura y lo inesperado, pero de lo que podía resultar su media naranja. Las muchachitas de la nobleza parisina, de todas maneras, optaban por esperar un poquito antes del viaje, porque lo primero, sociedad obliga, era demostrar a los demás que había cambiado de papel.
“Debía hacer visitas y recibirlas, para tomar posesión de su nueva posición –escribieron los hermanos Goncourt en Una mujer en el siglo XVIII–. Estaba impaciente por hacer ver su bouquet y su sombrero de casada en la Opera. En París, en el gran mundo, la costumbre prácticamente obligaba a la recién casada a no dejar pasar una semana desde su casamiento sin mostrarse en la Opera con todos sus diamantes”. Claro que cuando finalmente se decidían a embarcarse sin temor a ser olvidadas o a que las malas lenguas hicieran lo suyo durante su ausencia, los tortolitos se tomaban por lo menos tres meses para conocerse viajando.
La belle époque, además de relajar considerablemente las convenciones y llevar al mínimo los matrimonios arreglados, ofrecía una ventaja: los enamorados podían usar el tren. Y eso no cambiaba nada para las parejas acomodadas de Sudamérica (Victoria Ocampo y su efímero marido, sin ir más lejos), incapaces de cambiar a Europa por cualquier otro sitio, pero para los europeos era mucho. El Expreso de Oriente y el Tren Azul podía dejarlos, casi sin esfuerzo, en Constantinopla o en Montecarlo. Caprichos del gusto, Charles de Gaulle y señora (Yvonne) eligieron el mismo destino que Winston Churchill y Clementine, Italia, más específicamente Venecia y las inefables góndolas, aunque con algo menos de polución que ahora. Karl Marx y Jenny, en cambio, pasearon su felicidad por los paisajes wagnerianos de las cascadas del Rin. Y los lunamieleros norteamericanos estaban empezando a admirar la caída de agua propia (guardaremos piadosamente toda interpretación sobre el mentado placer de observar tal espectáculo) en el Niágara, por entonces bautizada como “el velo de la novia”.
Algunos más humildes, pero tampoco tanto, se conformaban con pasar una temporadita con la familia, casi siempre en una casa del campo. Otros dependían de la generosidad de terceros, como el joven matrimonio Rachmaninov, que dio con alguien de tanta intuición como para regalarles entradas para el Festival Wagneriano de Bayreuth. Marie y Pierre Curie, no por concentrados en sus investigaciones menos apasionados ni tremendamente adinerados, festejaron su enlace recorriendo la inmensa París y sus alrededores en bicicleta.
Bastante lejos de la situación de rapto originaria, sin embargo, la partida de las parejas hacia la luna de miel conserva algunos de esos rasgos primeros: ¿por qué, si no, los recién casados deben partir en medio de la fiesta, a veces a escondidas, otras desembozadamente, pero en todos los casos dejando al resto del mundo ajeno? Porque, ¿qué problema habría, digamos, en que fueran corteses, se quedaran hasta el final y saludaran uno a uno a sus invitados?

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