PSICOLOGíA › LOS RECORDATORIOS DE DESAPARECIDOS EN ESTE DIARIO

Como la marea

“¿A qué género responden estos textos que, con una insistencia inclaudicable, reaparecen día a día en la página de un solo diario?”, se pregunta el autor de este ensayo sobre los recordatorios de desaparecidos que, en Página/12, “solicitan el derecho a la muerte escrita”.

 Por Luis Gusman *

Resulta insoslayable una lectura de los avisos que provisoriamente llamaré recordatorios, publicados cotidianamente en el diario Página/12. La relación que guardan con la posición discursiva de los sobrevivientes es tan estrecha que su análisis resulta ineludible, en tanto afectan a las generaciones pasadas y futuras, tal como lo testimonia la existencia de las organizaciones de abuelas, madres, hijos y, por último, nietos de desaparecidos. El recordatorio como escrito que pertenece al género fúnebre se encuentra próximo al aviso mortuorio conocido como “aniversario luctuoso”. Se trata de las esquelas mortuorias publicadas en los aniversarios en ocasión de la muerte de alguien y que, según Eulalio Ferrer en Pompas fúnebres, cuentan con dos elementos inconfundibles: la leyenda in memorian y un mensaje dedicado al difunto, en el que se reitera que “sigue vivo” en el recuerdo de sus seres queridos. En las esquelas anuales católicas se agrega la conmemoración de una misa, una cita bíblica y una frase preestablecida: “Siempre te recordaremos” o “Tus familiares te recuerdan con amor”.
Es interesante situar la aparición y circulación de los recordatorios, que se diferencian de cualquier otro escrito fúnebre. Su origen puede rastrearse en los avisos de defunción que ideó la iglesia medieval conocidos como mortuarium, que no eran otra cosa que cartas rotuladas donde se daba la noticia de la muerte de algún miembro del clero. Como lo describe Eulalio Ferrer (El lenguaje de la inmortalidad. México, Fondo de Cultura Económica, 2003), quien se ha ocupado –entre otras cosas fúnebres– de los colores de la muerte, los mortuarium poseen una materialidad y un color. En Roma, en el año 539 a.C., comenzaron a aparecer en forma de avisos personales, edictos y mensajes políticos, garabateados en las columnas de los muros de las plazas públicas. Es decir que en algún momento del siglo XII o XIII, el mortuarium escrito reemplazó al pregonero medieval que anunciaba públicamente la muerte. Como estos avisos se renovaban, los muros se blanqueaban constantemente con una lechada de agua y cal para borrar los avisos anteriores ya caducos. Estos avisos recibieron el nombre de álbum –blancos, plural de albos–, que significaba blanco opaco. Estos carteles y epitafios transmitían un mensaje personal que se volvía público.
Podemos decir que los recordatorios publicados en Página/12 utilizan algunos de estos procedimientos fúnebres, pero no se subsumen ni se reducen a ninguno de ellos en particular. Por su fugacidad, forman parte de la esquela, que los diferencia de la inscripción en la piedra del epitafio. Entre estos procedimientos, podemos citar específicamente el código visual y el gráfico. La publicación de las fotos en los recordatorios de Página/12 y lo que se llama el marco austero, con su límite gráfico, recuerda los bordes mortuorios del aviso fúnebre tradicional –marco que con el tiempo se fue reduciendo a una sola línea negra–. Sin embargo, hay una diferencia para tener en cuenta: los recordatorios de Página/12 no toman la dispositio del aviso fúnebre, su aspecto “caligramático”, que ilustra el impreso con la forma de una iglesia o de una lápida sepulcral.
Ferrer señala cómo el lenguaje fúnebre de las esquelas mortuorias de filiación católica se enriquece con citas bíblicas. Tomando la Biblia como referencia, en más de un recordatorio publicado en Página/12 encontramos citado el versículo de San Juan evangelista: “No hay nada más hermoso que dar la vida por los amigos”. También es evidente cómo, en algunos de estos recordatorios o avisos fúnebres, cierta concepción del amor al prójimo y del amor a la vida se condensa con cierta concepción de la muerte bajo la forma de lo que Ferrer llama “eufemismos mortuorios laicos”, tales como “Ha desaparecido” o “Desapareció de nuestro lado” –esto es, una negación de la muerte en nombre del más allá–. Sería productivo cotejar el modo en el que este eufemismo usado por los militares argentinos –que provienen fundamentalmente de una tradición férreamente católica– fue analizado por los “documentos eclesiásticos” que se expidieron acerca del papel de una parte de la Iglesia argentina en la época de la represión. El par desaparición-vida es un tópico que adquiere otros significados: “Por una vida mejor” o “Por los otros”. Pero en la expresión “Desapareciste pero no perdiste la vida”, el eufemismo se transforma en oxímoron.

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Estos recordatorios transmiten cada aniversario la actualidad de esas desapariciones; más que recordarnos a los muertos, nos revelan la evidencia de un discurso que, por más estereotipado y retórico que sea, sigue vivo. Estos textos breves, en muchos de los cuales apenas figuran un nombre, una fecha y una fotografía, son difíciles de clasificar discursivamente. Si para Claudel los salmos abarcan casi todo el campo de la plegaria, podemos decir que estos recordatorios abarcan gran parte del campo de una memoria activa. Es posible, pero ¿a qué género responden estos textos que, con una insistencia inclaudicable, reaparecen día a día en la página de un solo diario? ¿Es esa cotidianidad la que le otorga esa sensación de letra viva?
El primer impreso fue publicado en Página/12 el 25 de agosto de 1988. El recordatorio estaba encabezado con el título “Solicitada: Laura Estela Carlotto. A diez años de su asesinato por la dictadura militar”. En la parte final del texto, en lo que precisamente se podría llamar recordatorio, figuran estas palabras: “Tus padres, tus hermanos, tu familia, tus amigos y los demás (aunque no lo sepan) no te olvidamos”. El hecho de que figure la palabra “asesinato” y no “desaparecida” indica una línea tomada respecto de la política de los huesos. A la vez, la expresión “aunque no lo sepan” anticipa y también intercepta el “para que se sepa”, que legitima el derecho a la muerte escrita.
Escritos en el cruce de géneros, donde se mezclan desde un salmo hasta un poema, los recordatorios exceden a la plegaria, pudiendo incluso llegar a tomar la forma de una carta o de una solicitada. Como puede observarse, no se trata de leyendas que pertenezcan a una organización política; excepcionalmente, pueden aparecer firmados por una entidad sindical. Tampoco podrían reducirse al ámbito de los vínculos familiares. Si bien recuerdan los lazos de amistad, los exceden, puesto que incluyen la categoría política de “Compañeros”. No poseen una única definición, pero como si brotaran del fondo de la tierra, cada día de cada aniversario se multiplican hasta la repetición. ¿Pertenecen a un género inclasificable? Me inclino a pensar que no se trata de una cuestión de catálogo, sino del lugar ectópico que estos impresos ocupan respecto de los textos que podrían incluirse históricamente dentro del género para la muerte.
“¿Quiénes te secuestraron? ¿Adónde te llevaron? ¿Qué hicieron con vos?”, son tres preguntas que afectan a la especie humana, por medio de las cuales muchos de estos recordatorios solicitan el derecho a la muerte escrita. Para Armando Petrucci, en La ciencia de la escritura (FCE, 2002), el poder inscripcional –o aquello que él llama “escripción”– se sitúa del lado del poder. En Atenas, durante la primera mitad del siglo IV, cobró difusión el uso de inscripciones funerarias claramente escritas de modo que favorecieran su lectura pública. Todo ciudadano tenía derecho a un epitafio donde figuraran los datos de filiación y el lugar donde había muerto. Ese derecho de los ciudadanos fue denominado “derecho a la muerte escrita”. Los afiches fúnebres que todavía hoy se pueden ver en el sur de Italia son el testimonio de él. Con el correr del tiempo, ese derecho se restringió a las elites que ejercían el control, mientras que el uso de la escritura tanto como el de los lugares de sepultura se volvían más selectos. Es decir, a los pudientes se les reservaba el ámbito de las iglesias y cementerios urbanos, mientras que a los pobres les quedaban las fosas comunes. El muerto que camina, sin cajón, cirios y sepultura. Sabemos que hay algo que va más allá de la muerte: las clases sociales. No es cierto que la muerte uniforma o que nos vuelve a todos iguales, ni siquiera ante el Señor.
A pesar de las fórmulas estereotipadas, insisto, los recordatorios no son fácilmente clasificables. En el polo opuesto de lo elíptico, la denuncia sigue ocupando un lugar principal, pero sucede generalmente que, junto a ella, la “poetización” ocupa el lugar de cierta manifestación afectiva. Así, es posible encontrar en muchos de los recordatorios un carácter poético, bajo la forma de metáforas tales como las de los sueños y los ideales perdidos. De esta manera, los ideales de lucha también se pueden transformar en una abstracción. En otros textos la muerte adquiere cierta “universalidad” que la torna abstracta y que sólo se vuelve concreta por los objetos cotidianos que nombra y por la contigüidad siniestra que los precede. Por ejemplo, el impreso que lleva el nombre de Carlos María Roggerone y Mónica Susana Masri, secuestrados de su domicilio una noche de abril de 1977, dice: “Saquearon su casa./ Ellos, el hijo que esperaban/ su radio, su televisor/ sus muebles. Continúan desaparecidos”.
También hay algo épico en los recordatorios. “Hasta la victoria siempre” es la consigna dominante, que recupera del olvido algo que a veces se pierde de vista: que se trataba de una lucha. Y no hay mayor triunfo para el genocidio que el hecho de hacer olvidar que se trataba de una lucha política. La expresión “Hasta la victoria siempre”, que tiene un valor altamente político, no es equivalente a la consigna “Ni olvido ni perdón”. Sin embargo, ambas tienen un rasgo en común: nunca aparecen formuladas de manera adjetivada o poetizante. Pueden aparecer modalizadas, integradas en formas tales como “Ni olvidan ni perdonan tus hijos, tus padres”. Lo mismo sucede con enunciados que sólo admiten un uso literal. La letra de la ley no es una reserva textual poética o literaria: “No al punto final”, “No a la obediencia debida”, “No al indulto”. La frase de Juan Gelman, “Hay un funeral que resolver”, queda invertida por estos textos que son algo más que un recordatorio, algo más que la sustitución de un epitafio ausente. En ellos, la denuncia conserva un valor genuino que excede la neutralización mediática. Una figura recurrente es la elipsis. Expresiones tales como “ausencia forzada”, “detenido-desaparecido” o “te arrancaron de nuestro lado” son eufemismos cuyo valor crítico o de consigna a veces no es suficiente. Sería más claro decir “asesinado”, ya que en alguno de estos impresos-denuncias se dice “los asesinos” con referencia a los agentes del terrorismo de Estado.
¿Dejarían de aparecer estos impresos si fuera posible “reintegrar” los cuerpos a los familiares o incluso si los culpables fueran condenados? Creo que la transmisión no puede ser reducida ni a la memoria ni al olvido. La pregunta sería entonces ¿dónde situar la transmisión? ¿En la enunciación o en los enunciados? Es posible situar ese registro de la enunciación en el que quizá sea el más patético y doloroso de estos impresos, el de Pablo Gustavo Laguzzi, que a los seis meses fue asesinado por la Triple A. Ahora cumpliría 22 años, y su recordatorio tiene un fuerte contenido explícito de denuncia, porque en él figuran mencionados los nombres de sus asesinos. “Hoy es tu cumpleaños y estás con nosotros” es más que una conmemoración, y va más allá del hecho de si se hizo justicia. Ningún mecanismo psicológico defensivo puede explicar ese presente. Lo mismo sucede con la expresión “Cumplís sesenta años” –una leyenda que habla de un presente que no se resuelve, más allá de que esté mediando una operación simbólica–.
El olvido no es inocente, nunca es inocente. No hay consolatio. “Que la tristeza nunca sea unida a tu nombre”, apunta al futuro. Suspensión temporal que no es igual a “Te estamos buscando”. Hay algo allí que no cicatriza. No hay una figura positiva del duelo; no hay una función simbólica que recubra totalmente el horror. Esto no excluye el hecho de que se haga justicia, aparezcan las listas y los asesinos digan dónde arrojaron los cuerpos. Una frase de Borges –un nombre de autor que en estos impresos constituye una excepción– nos permite situarnos en ese registro de la enunciación: “Sé que una cosa no hay, es el olvido”. La frase no se refiere a que no hay que olvidar, sino a que es imposible hacerlo. El “No olvidaremos” como “presente” se encuentra en el recordatorio de Pablo Gustavo Laguzzi: “Lo tenemos presente en los sueños y pesadillas de cada día”. Pero entonces es cierta esa transmisión de la pesadilla de la historia de la que no podemos despertar. Me hace pensar que estos textos no forman parte de lo simbolizable, sino que, al contrario, más allá de las cuestiones nombradas, seguirán reapareciendo.

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Después de la marcha multitudinaria de 1996, a veinte años del Golpe, los recuadros-lápidas publicados en Página/12 comenzaron a consignar y a reivindicar con frecuencia el origen militante de los desaparecidos. A esos espectros ya no se los recuerda únicamente como víctimas inocentes, sino que se los exalta en su carácter vital de militantes políticos. Quizás haya que desarticular el carácter aparentemente solidario de los dos términos. Es posible que bajo el tópico “inocentes” o “víctimas”, pueda leerse en algunos recordatorios no sólo los datos de filiación, sino también la palabra “secuestrada”, “asesinada” o “torturada”. Es decir que el texto se completa con las cualidades morales de la persona, como, por ejemplo, haber sido alumna/o, o abanderada/o. Se siente aquí la necesidad de incluir datos de un valor afectivo y ejemplar. Pero resaltar las virtudes del asesinado podría llevar a justificar, en ausencia de dichos rasgos o en posesión de otros rasgos considerados negativos, la expresión que circuló y funcionó durante el Proceso: “Algo habrá hecho”, legitimando cualquier grado de atrocidad.
A diferencia de lo que puede leerse en los diferentes documentos episcopales, en ninguno de los recordatorios, incluso en aquellos que invocan una creencia religiosa o a Dios, se aboga por reconciliación alguna. En el extremo opuesto se encuentra la figura del Apocalipsis que se menciona en el Documento final de la dictadura militar. La civilización cristiana incluye la figura del Apocalipsis para dejar un margen eterno que justifique teológicamente el error.
Estos recordatorios nunca son estéticos, aunque a veces utilicen elementos estéticos –poesías, letras de canciones, citas del Evangelio o literarias–. Tienen una estructura monótona, repetitiva y estereotipada. No podría ser de otra manera: si hay algo en ellos de ese real, van a retornar una y otra vez como la marea, aunque el agua del mar o del río devuelva los cuerpos irreconocibles.

* Fragmentos del artículo “El derecho a la muerte escrita”, publicado en la revista Conjetural, Nº 42.

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