PSICOLOGíA › EN MEMORIA DE ROBERTO FONTANARROSA

“Ese psicoanalista llamado Mendieta”

 Por Eduardo Müller *

El psicoanálisis argentino está de duelo: murió Roberto Fontanarrosa. Se ha muerto un maestro. Un maestro de psicoanálisis. Un maestro del psicoanálisis argentino. Nadie como él manejó las leyes del habla que habla la gente; con un oído absoluto para el conversar argentino, sólo comparable con el de Manuel Puig. Aunque Puig se ocupaba de sólo algunos de los lenguajes. Fontanarrosa los interpeló a todos. Es el que llevó la escucha de la lengua a su mayor esplendor. El que mejor nos escuchó, a todos.

Porque usaba las palabras que usaban todos, fue el mejor en usarlas. Y el que mejor uso les dio. Un hombre consecuente en su deseo de hacer reír y sonreír, y lo logró millones de veces. Dibujando. Fue un verdadero dibujante de palabras. Incluso cuando escribió libros sin dibujos, no dejó jamás de dibujar palabras. Nació, vivió y murió en Rosario, una de las capitales de la lengua argentina. No fue casual que allí se desarrollara, en 2004, el Congreso Internacional de la Lengua Española. Lo que parecía un congreso más, con su pomposidad y tanta palabra vacía, se iluminó con la presencia de Fontanarrosa. El Congreso lo invitó como una simpática distinción a un pintoresco cultor de un género ajeno y menor y terminó escuchándolo como a un maestro. Su ponencia fue desopilante y rigurosísima: “Por qué son malas las malas palabras”. No sólo el tema fue impactante, también el modo de decir esas malas palabras. Explicó a las docentes presentes que el secreto de la palabra “mierda” estaba en la “ere”; que los cubanos decían “mielda” y esa dificultad expresiva fue una debilidad de la revolución.

Jugó así hasta con la estructura fónica de los términos. Y llegó a definir la determinación fundamental de la letra: la palabra “pelotudo” no sería lo mismo sin la “t”. Todo un Congreso de la Lengua riéndose a carcajadas de lo que el Negro decía y enseñaba: fue una lección para cualquiera que estudie en serio la relación entre cultura y academia.

Ricardo Piglia dijo alguna vez que el psicoanálisis tiene la forma de un folletín. Fontanarrosa podría agregar que se parece también a una charla de café. Ese hablar de nada con alguien que deja flotar su atención mientras escucha. Un asociar libre y asociado pautado por el tiempo de una charla de café. Y, de tanto en tanto, una interpretación surge desde el lugar menos pensado. Por ejemplo desde ese psicoanalista llamado Mendieta. Todos los chistes de Fontanarrosa son, en su estructura, charlas. Charlas mínimas de un cuadro, charlas de página entera. Y casi todos sus cuentos giran alrededor de una conversación. Fontanarrosa es el gran ejecutante del género conversación.

Se dice que sus temas fueron el fútbol, las mujeres, los géneros. Pero creo que no es exactamente así. El tema era la conversación acerca de esos temas. En el caso del fútbol, el tema no era el fútbol, sino la charla sobre fútbol. Sabía como ninguno qué y cómo se habla en Argentina de eso. Del mismo modo, el tema no era las mujeres, sino la conversación sobre mujeres.

El habla de los folkloristas de los años ’60, el de la novela negra norteamericana, el de los periodistas deportivos, el de los funcionarios políticos, todos fueron recuperados, reciclados y resignificados por su plumín.

Si Stéphane Mallarmé decía que el mundo existe para llegar a un libro, todo le sirvió a Fontanarrosa para ser llevado a una conversación.

En su trabajo sobre la lengua se destaca un despiadado trabajo de deconstrucción de las frases hechas argentinas. Las bombardea con humor. Las hace estallar... de risa.

Y ése es el gran regalo que nos hizo: nos enseñó a reírnos de nosotros mismos. Alguien que se ríe de sí mismo difícilmente se haga fascista. Donde termina la risa empieza el campo de concentración, decía Bertolt Brecht.

* Psicoanalista.

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