SOCIEDAD › UN RELATO DE PRIMERA MANO DE LA VIDA EN PRISION DEL DENTISTA BARREDA Y DE ROBLEDO PUCH

Cuentos de atrás de las rejas

“El Doctor” y “El Monono” compartieron un problema, ser asesinos de mujeres en un universo controlado y regido por ladrones, que los ven con muy malos ojos. Barreda logró superar desconfianzas y convivir con los otros presos. Robledo Puch lleva años de deterioro, violencia y abuso. Los mitos, las visitas higiénicas, las tarifas en el penal y qué pasa cuando un monono pasa a ser “gato”.

 Por Raúl Kollmann

“La verdad, los dos tenían el mismo problema. Ricardo Barreda, al que le decíamos ‘El Doctor’, y Carlos Robledo Puch, ‘El Monono’, estaban en la misma. Las cárceles las dominamos nosotros, los chorros. Y entre nosotros, los asesinos de mujeres están muy mal vistos. Porque una cosa es cuando uno va a chorear, se tirotea y mata alguien, pero otra muy distinta es matar por matar. Más todavía El Monono, que había violado. Por eso, a Barreda lo metieron en el pabellón policial y después en el VIP. Y al Monono, primero en el pabellón de refugiados y después en el de evangelistas. Son pabellones donde no están con la población, porque si la población los agarra, los destroza. Igual, al Monono lo hicieron mierda en el motín de Sierra Chica. Terminó como ‘gato’, o sea que todos lo abusaban. Con El Doctor fue distinto: se ganó la confianza de la población y después recorría cualquier pabellón.”

El relato proviene de alguien que se hace llamar “El Pollo”. Es un sobrenombre falso, no el que usó en la cárcel, porque quiere preservar su identidad. Es un hombre que estuvo 15 años preso: cinco con Barreda y tres con Robledo Puch. En diálogo con PáginaI12 cuenta la historia iné-dita de ambos detrás de las rejas.

–Mire, a Barreda lo conocí no bien entró a la Unidad 9 de La Plata. Se ve que tenía plata, porque lo pusieron enseguida en el pabellón policial, el Uno. Eso seguro que lo pagó, más o menos mil pesos, y después cada cosa costaba cien o doscientos pesos. Siempre fue un privilegiado. Tenía visita cuando quería.

–¿Cómo lo sabe?

–Mire, yo era encargado del pabellón Dos, el de encuentros, lo que llaman visita higiénica. Con plata que pusimos nosotros, los chorros, refaccionamos todo ese pabellón. Eran celditas chiquitas, con una cama chiquita. Nosotros tiramos paredes y de cada dos celditas chiquitas, hicimos una con cama doble, calefón, baño. Y él tenía visita dos veces por semana. Había que poner cien o doscientos pesos por cada visita. Una parte para los jefes, otra parte para nosotros.

–¿Es cierto que a su actual novia la conoció visitando a un familiar que estaba preso?

–La verdad que no. El nos dijo que la conocía de antes de entrar a la cárcel. Y seguro que es cierto. Imagínese lo que ocurre si una mujer va a visitar a un preso, aunque sea un familiar, y termina acostándose con otro preso. Le aseguro que se tiene que cambiar de unidad porque lo verduguean hasta que golpee la reja.

–¿Hasta que haga qué?

–Golpear la reja es llamar a los milicos (penitenciarios) para pedir el pase, para que te saquen. O sea que ningún preso se banca que una mina que lo visite termine enganchado con otro. Esa mujer, la de ahora, ya lo visitaba al principio. Y era muy linda hace 16 años. En algún momento se dijo que esa mujer visitaba a otro preso que había matado a su ex mujer, pero estoy seguro de que es mentira.

–¿A Barreda ustedes lo odiaban?

–Ya le digo, entró como asesino de mujeres. Eso los chorros no lo bancan porque es como si se matara a sus hermanas o madres. Pero el tipo tenía labia y empezó a explicar y a explicar, que la familia lo verdugueaba, lo trataba de puto y ahí un poco la bronca se fue aflojando. Lo que cambió todo es que el tipo empezó a estudiar un poco de leyes y entonces ayudaba a otros internos a presentar escritos. Fíjese que el que está preso quiere argumentar tal cosa ante el juez o ante un fiscal y la verdad no sabe cómo hacerlo. Tener una persona instruida y dispuesta a dar una mano cambia mucho el ambiente. Con nosotros, los chorros, la cosa se aflojó porque pagaba las visitas (higiénicas). Ahí nosotros vendíamos el servicio, pero también whisky y otras cosas. ¿Cuánto se cobraba? Y dependía de a quién: a algunos cien pesos la visita, a otros doscientos, a otros quinientos. Una parte, la gran parte, para los milicos. Uno les decía: “Jefe, necesitamos tal o cual cosa”. Y ellos te decían cuánto era. Uno por ahí peleaba el precio y después repartíamos para los milicos y para nosotros. Si algún preso quería una mina, nosotros también le traíamos.

–Se dice que Barreda, como odontólogo, atendía a los presos y penitenciarios. Que por eso tuvo privilegios.

–Yo jamás vi eso. Todo lo contrario. Como era homicida, no le dejaban usar ningún instrumento. Nunca, mientras yo estuve, trabajó en Sanidad. Laburó, por ejemplo, en la biblioteca. Leía mucho. En el ’94 ya estaba en el pabellón VIP, donde están los comerciantes y gente acomodada. Siempre se corría el rumor de que lo visitaban dos personas importantes y está claro que tenía plata para pagar todo lo que se paga dentro de la cárcel. Ahí uno tiene que arreglar permanentemente. Le insisto: él tenía buena conducta y eso a uno le da derecho a la visita, pero él tenía como dos visitas por semana. Para alguien de la población, las visitas eran mucho más difíciles porque había que comprar la conducta, o sea el certificado de buena conducta.

–¿Y usted también estuvo en Sierra Chica donde estaba Robledo Puch?

–Sí, de la Unidad 9 de La Plata, donde estaba con Barreda, me sacaron después de un motín que armamos. Ahí me mandaron para Sierra Chica. No se puede comparar la relación con Barreda con la que teníamos con El Monono.

–Primero, ¿qué significa “monono”?

–En la cárcel se le dice Monono al que es rubiecito, lindo. Ah, al Monono a veces le decíamos Angelito o El Blanquito. Se imagina que la población, los chorros, los porongas que manejan los presos, siempre andan buscando a un monono para abusar de él, más todavía teniendo en cuenta que Robledo Puch había violado a dos de sus víctimas. Por eso lo tenían en otro lado, en lo que llamamos el pabellón de refugiados, que es donde están los homicidas, pero por ahí los que mataron por razones pasionales o por lo que fuera, pero no vienen del ambiente de los chorros. El otro lugar en el que se refugian es en el pabellón de los hermanitos. Así le decimos al de los evangelistas. Hay muchos que no son religiosos para nada, pero se meten ahí porque los chorros los quieren agarrar. Entre ellos también hay sexo y droga, pero es un mundo distinto, no hay la violencia que existe en la población. Mire, al pabellón de los hermanitos van muchos que son cachivaches, o sea tipos que están hechos bolsa y que como Robledo Puch están asustados y quieren vivir.

–¿Usted hablaba con Robledo Puch?

–Casi nada. Nos encontramos una vez en la leonera, que es el lugar donde a uno lo llevan antes de trasladarlo. Pero fueron diez o veinte palabras. Es que está mal visto que uno hable con un ortiba, o sea un tipo que es dócil con los milicos. Para la población es un gil, un policía.

–¿Y cómo era Robledo Puch?

–Muy dócil, muy pasivo. Lo que se conoce como gato, o sea un tipo que les presta servicios (sexuales) a todos... Y también servicios de los otros: barrer, lavar, plancharles la ropa a los pesados del pabellón. Lo que ocurrió es que a él lo cuidaron, pero en 1996 se hizo el motín. El más tremendo que hubo nunca. Ahí todas las bandas se pasaron facturas y al Monono lo hicieron polvo. Fue terrible. El quedó mucho peor de la cabeza después de eso. Terminó siendo muy callado, muy raro. De vez en cuando le agarraba alguna locura, empezaba a decir cualquier cosa. Yo ya no estaba en Sierra en el 2000 pero dicen que ahí lo llevaron al loquero (efectivamente, Robledo Puch fue trasladado al hospital neuropsiquiátrico Borda).

–Se dice que aunque tenía la condena cumplida, nunca pidió salir porque tenía una pareja ahí, en Sierra...

–No, son cuentos. Le insisto, era gato. Las pocas veces que hablé con él, decía que no tenía a nadie afuera, que para qué iba a salir. “Conmigo no va a querer hablar nadie”, me dijo aquella vez que conversé en la leonera.

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