SOCIEDAD › NELLY MINYERSKY, DEFENSORA DE LOS DERECHOS HUMANOS

“La hipocresía con el aborto es como antes con el divorcio”

Es abogada, investigadora de las ciencias jurídicas. Acaba de cumplir 80, con una vida dedicada a la militancia por la igualdad. El martes recibirá un homenaje de la UBA por su trayectoria. Aquí, su historia, sus reflexiones, sus luchas.

 Por Mariana Carbajal

Acaba de cumplir 80 años y la Facultad de Derecho de la UBA la honrará el próximo martes con un homenaje por su destacada trayectoria como investigadora de las ciencias jurídicas y sociales y defensora de los derechos humanos, en especial de las mujeres y la infancia. Gran maestra del derecho de Familia, incansable militante por la igualdad, referente académica y de consulta en el ámbito parlamentario, Nelly “Pila” Minyersky ha sido pionera en distintos ámbitos en los que transitó y dejó su huella. También rompió con moldes femeninos de época: empezó la carrera de abogacía a los 27 años, ya casada y siendo madre de dos hijos pequeños. “Para mí era una gran frustración no estudiar”, recordó en una entrevista con Página/12, en la que repasó su vida y enumeró las deudas que, a su criterio, tiene el país en materia de derechos para las mujeres: la despenalización del aborto, subraya, es la principal. “Las resistencias y la hipocresía que existen hoy frente al tema me hacen recordar en cierto modo a las que hubo cuando promovíamos y peleábamos por la ley de divorcio vincular”, comparó. En materia de niñez consideró que una de las asignaturas pendientes, tal vez la más importante, es legitimar la autonomía de los adolescentes. “Algunos medios de comunicación no ayudan porque no hacen más que demonizarlos: ahora todos los días sale el tema de las fiestas privadas, los boliches y el alcohol. Demonizar a los jóvenes es otro mecanismo de control social, que busca crear miedo en la población y generar más sensación de inseguridad”, advirtió.

Para el encuentro, Minyersky propuso el Café del Lector, en la plaza que está detrás de la Biblioteca Nacional. Llega primero y elige una mesa al lado de los ventanales. Habla por su celular, está arreglando una reunión para después del reportaje. Parece incansable. Después se interesa por la mininotebook de la cronista. Dice que tiene una laptop pero que quiere comprarse una más pequeña. A los 80 años, Pila, como la llaman quienes la conocen, derrocha laboriosidad y lucidez. Dirige desde 1997 la Maestría Interdisciplinaria de Especialización de Posgrado en Problemáticas Sociales Infanto-Juveniles, del Centro de Estudios Avanzados de la UBA. Es profesora consulta e investigadora permanente del Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales de la Facultad de Derecho. Pila no para. Escribe artículos para revistas especializadas, presenta ponencias en congresos y, además de la actividad académica, tiene una intensa labor institucional. Fue la primera y única mujer que presidió la Asociación de Abogados de Buenos Aires (ABBA) –una década atrás– y la primera que encabezó el Tribunal de Disciplina del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal, históricos cotos de dominio masculino. En la AABA promovió reformas en el estatuto para incluir el cupo del 30 por ciento para las mujeres en cargos electivos. Ahora, dice, hay que reclamar la paridad. “Las mujeres tenemos que ocupar los lugares por nuestros conocimientos y nuestra formación, pero el cupo es un instrumento muy importante para que podamos llegar, aunque a veces se lo burla”, alega. Desde 1985 es presidenta de la Comisión de Derecho Civil de la AABA.

Para graficar las dificultades que tuvo “para aprovechar en buena forma los lugares de poder” a los que accedió, recuerda una anécdota: “Cuando accedo a la presidencia del Tribunal de Disciplina, mientras me felicitaban, me comentan que había habido un acuerdo por el cual yo tenía que ser vicepresidenta el primer año y recién en el segundo, presidenta. No podía creerlo. Me negué. ‘O asumo o me voy. Mi nombre estaba en los papeles’, les dije. Ese arreglo había sido hecho a espaldas mías”.

Se casó muy joven: a los 18 años. Y recién casada, ingresó en la universidad. Es curioso, pero primero eligió seguir la carrera de ingeniería. “Quería ser ingeniera hidráulica, en las ciencias duras estaba el progreso, pensaba entonces”, recuerda. Una rara avis para su época. Aprobó un examen de ingreso muy exigente y cursó el primer año, pero quedó embarazada, contrajo rubéola, y su hijo mayor nació con serios problemas de salud, que la obligaron a dejar los estudios para cuidarlo. Pronto llegó su segunda hija. “Mi mamá fue la elegida en su familia para no estudiar, como solía ocurrir en aquel momento. Eran cinco hermanos y fue la única que no tuvo una profesión y no pasó de cuarto grado. Pero siempre quiso que sus hijas estudiaran.” Pila volvió a la UBA cuando sus hijos ya estaban en la escuela primaria: tenía 27 años, Pero en esta segunda oportunidad, se volcó al derecho. Su padre, un inmigrante judío, que llegó desde Rusia empujado por la miseria, se afincó en Tucumán, donde ella nació. Don Enrique Minyersky llegó a ser un comerciante bastante exitoso. “Papá me contó que él nunca se podía olvidar la sensación de hambre. Murió muy joven, a los 63 años. Y antes de morir me tomó la mano y me hizo prometerle que ningún descendiente suyo iba a pasar hambre.”

Ya recibida, Minyersky empezó a dar clases en la facultad. Pero después de la Noche de los Bastones Largos, en julio de 1966, abandonó la universidad con un grupo de profesores en solidaridad con los estudiantes y docentes apaleados. Regresó en 1973, pero en la última dictadura militar la dejaron afuera de los claustros. Volvió con la reinstauración democrática.

Los derechos sexuales y reproductivos, el sida, el acceso al aborto seguro, las problemáticas infantojuveniles y la aplicación efectiva de la Convención Internacional de los Derechos del Niño han sido y son sus temas de preocupación. La ley de divorcio vincular, sancionada en junio de 1987, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, fue una de sus batallas. “Me acuerdo de que antes del debate parlamentario yo ya trabajaba en la Asociación de Abogados, y un día pedí autorización para organizar una mesa redonda sobre divorcio vincular. Tema que en la actualidad nos parece lo más cotidiano y fuera de discusión, no lo fue en su momento. En ese entonces, hablar de divorcio vincular se asemejaba a lo que hoy representa plantear la despenalización del aborto. De modo que no obtuve de inmediato la autorización, pese a que la requería en el ámbito de la Asociación de Abogados progresistas, dotada de un sentido social y de una suma de innegables cualidades humanas”, relató.

–¿Se pueden comparar las resistencias ideológicas que hay para discutir el aborto con las que hubo frente al divorcio?

–En aquel momento fue una batalla aprobar el divorcio. Había que aclarar como ahora que no estábamos a favor del divorcio. Ahora hay que aclarar que no estamos a favor del aborto. La diferencia es que había una receptividad mayor para debatir el tema en la población. Pero la hipocresía y las resistencias en algún modo son las mismas. La falta de divorcio vincular afectaba fundamentalmente a sectores de la clase media. En el caso del aborto, las más afectadas son las mujeres de sectores vulnerables, que tienen menos posibilidad de prevenir un embarazo no deseado, menos posibilidades de acceder a información, a los anticonceptivos y a un aborto seguro. El contexto histórico de aquellos años era distinto: Argentina era de los pocos países que no tenían divorcio vincular. Desde hace un tiempo hay un renacimiento de las teorías de los derechos del nonato y en América latina hay varios países que no tienen ni siquiera los permisos para acceder al aborto que hay acá. Ni Vélez Sarsfield consideró a la concepción como lo hacen hoy los sectores más conservadores. Modificar el Código Penal para aclarar el acceso a los abortos no punibles, para que quede claro que el permiso alcanza a todas las mujeres violadas y arribar a la despenalización son asignaturas pendientes.

–En materia de niñez, ¿cuáles son las deudas pendientes?

–Por un lado, políticas públicas que combatan la exclusión. Por otro, tenemos un desafío muy grande todavía: peleo permanentemente para que se reconozca a los niños como sujetos de derecho, que efectivamente puedan ejercitar sus derechos.

–La Convención Internacional de los Derechos del Niño así lo establece. ¿Qué falta?

–Un adolescente de 19 años va con su hijo a un hospital para operarlo y de acuerdo con el Código Civil el médico le tiene que pedir autorización a la abuela de la criatura. El ejercicio de la patria potestad del hijo menor de edad que no contrajo matrimonio la tienen sus padres. Estas limitaciones afectan a los sectores más carenciados. Hay que legitimar la autonomía de las niñas y niños. ¿Por qué razón un chico no puede ir a sacar su propio DNI o iniciar una querella contra sus padres si lo están maltratando o se está violando alguno de sus derechos? No puede ser que a un chico que se acerque al sistema de salud o a reclamar justicia se le prive de ese derecho porque no accede con sus padres. Es un tema que empecé a trabajar cuando se inició la epidemia de VIH: a los adolescentes que querían hacerse un test se los eyectaba del sistema de salud porque tenían que ir con sus padres. En algunas provincias todavía hay resistencias para que puedan acceder a consejería en anticoncepción. Algunos medios de comunicación no ayudan porque no hacen más que demonizar a los adolescentes. Ahora todos los días sale el tema de las fiestas y el alcohol. Detrás de esos mensajes hay una ideología de derecha, que pretende distraer a la gente. Demonizar a los jóvenes es otro mecanismo de control social, que busca crear miedo en la población y generar más sensación de inseguridad.

–Usted ha sido convocada en distintos ámbitos legislativos del país para defender leyes de salud sexual y reproductiva. ¿Alguna vez la agredieron grupos fundamentalistas?

–Me acostumbré a hablar aunque me digan de todo. La única vez que me tuve que ir sin poder decir nada fue en Mendoza, en la Legislatura, cuando se debatía la ley de ligadura tubaria. Había gente muy agresiva. Los grupos de derecha que se manifiestan contra estas leyes tienen mucha intolerancia. Mucha gente no tiene incorporado el concepto de democracia, de aceptar al otro aunque piense diferente. Ahí está el núcleo de la idea del fascismo.

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Imagen: Rafael Yohai
 
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