SOCIEDAD › SIETE DE CADA DIEZ ARGENTINOS SE DECLARAN FELICES

La contracara tanguera

Un estudio muestra que la satisfacción con la propia vida suele disociarse de los pesares económicos, aunque casi la mitad de los encuestados asegura que sería más feliz con una mejora en sus ingresos. El 50 por ciento se considera sobreempleado.

 Por Cledis Candelaresi

Al menos en términos econométricos, los argentinos no honran la melancolía del espíritu tanguero: siete de cada diez se declaran felices, registro que emparienta la realidad local con la de otras naciones con estándares económicos y sociales mucho mejores. Los estudios específicos ponen en relieve que la satisfacción con la propia vida suele disociarse de los pesares económicos y está más ligada a cuestiones de índole emocional. Sin embargo, el razonamiento no puede ser tan lineal. A la hora de identificar cuáles son los factores que les darían más felicidad, los relevamientos estadísticos en la Argentina muestran que la mayoría demanda una “mejora en el nivel de ingresos” o “mejores condiciones de trabajo”, traducida fundamentalmente en una menor carga horaria. Otro dato en apariencia contradictorio lo aporta el flamante Indice de Bienestar Económico elaborado por el CREX (Centro de Economía Regional y Experimental), que sufrió una caída del 5,8 por ciento en el primer semestre del año respecto del año pasado. Esta pérdida está básicamente atribuida a la crisis económica y la incertidumbre. Otra prueba de que el dinero no garantiza la dicha pero allana el camino para buscarla.

La riqueza es condición necesaria pero no suficiente para la felicidad. Ya lo enunció Aristóteles hace unos cuantos siglos, al considerar que el estado de dicha se encontraba en la vida contemplativa, pero sin dejar de aclarar que para entregarse a ella es requisito tener cubiertas las necesidades básicas. La otra premisa que se constata en todos los rincones del planeta es que el dinero es piso pero a la vez techo de la felicidad. Dicho técnicamente, que la “utilidad marginal del ingreso es decreciente”.

Como es obvio, los ricos se declaran más felices que los pobres. Pero según prueban algunas mediciones del CREX, a partir de cierto nivel de ingresos, aumentar la riqueza mejora mínimamente la satisfacción en la vida o directamente resulta indiferente. En la nueva rama de la Economía que estudia los vínculos entre ésta y la felicidad, esa situación se expresa como la paradoja de Richard Easterlin, enunciada en 1974. Entonces, el economista constató que aunque desde la Segunda Guerra Mundial los ingresos se habían duplicado, las personas no se declaraban más felices a pesar de esa bonanza. Esa ley bien vale para el territorio local.

De acuerdo con las últimas mediciones del CREX –trabajo que aún está en estado preliminar–, el 69,1 por ciento de los argentinos dice sentirse “feliz” o “muy feliz” (en una escala de 1 a 10, 6,9). Lo mismo respecto del nivel de satisfacción de su vida, una pregunta asociada: el 65 por ciento se considera “satisfecho” o “muy satisfecho”. Lo singular en ese flamante análisis es que el 85 por ciento admite, al mismo tiempo, que la crisis económica incide negativamente en su situación de vida. Como si el deterioro económico no fuera lo suficientemente dañino para horadar la sensación de plenitud respecto de su vida.

Algo similar ocurría en la medición que los economistas del CREX realizaron con el de Centro de Investigaciones en Epistemiología de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires en Capital y el Gran Buenos Aires hace dos años, cuando la situación económica general todavía era de expansión. El 76,2 por ciento de la población relevada percibía que su bienestar económico era “regular” o “malo”. Sin embargo, el 68 por ciento decía sentirse “feliz” o “muy feliz”.

Esa medición puso en relieve otro dato singular de la Argentina. Los estratos de ingresos medios manifiestan un sentir más emparentado con el de ingresos bajos y con una satisfacción aun menor. En el tercio más rico de la muestra, el 86 por ciento de la gente señala sentirse “feliz” o “muy feliz”. Pero el porcentaje derrapa a 64,3 por ciento en el registro correspondiente a la clase media, aun por debajo del 70 por ciento de los más pobres.

El otro costado aparentemente contradictorio de la realidad local es que a la hora de identificar qué factores hacen más feliz al ciudadano encuestado, el 47 por ciento menciona una mejoría en sus ingresos. Otro de los sufrimientos que se ponen en relieve es el de la condición laboral: la mitad se considera sobreempleado y el 42 por ciento se queja de sus prolongadas jornadas laborales. Los números demuestran una demanda casi a coro de disponer de mayor tiempo para el ocio, incluyendo viajes. Sólo después se mencionan cuestiones vinculares como una buena relación familiar o de pareja, cuestiones que ni siquiera son mencionadas por los económicamente menos favorecidos.

“Cuando un individuo dice si es o no es feliz evalúa factores vinculares. En cambio, cuando indaga acerca de qué lo haría más feliz, entran en escena sus creencias, valores y expectativas, que lo conectan con su malestar. Y, entre otras causas de ese malestar, está la frustración económica o la laboral. Para ser más feliz debe superarlas”, es la explicación que intenta Victoria Garrizzio, economista del CREX, sobre esa aparente incongruencia de ser dichoso a pesar de padecer dificultades económicas.

Sin embargo, la medición que liga de un modo más preciso la economía con la percepción de la felicidad es el Indice de Bienestar Económico elaborado por el CREX, que evalúa la percepción subjetiva de la población respecto de cinco áreas clave de su bienestar: ingresos (tiene la mayor ponderación), viviendas, empleo, educación y salud. Sobre una escala de 0 a 100, a fines de junio alcanzó un 45,3 por ciento. Eso implica un 15,7 por ciento inferior al máximo alcanzado a fines del 2007, y se encuentra en valores similares a los registrados a fines del 2005, cuando el país aún estaba recuperándose de las consecuencias de la crisis del 2001.

“La fragilidad económica comienza a ser percibida como un factor desestabilizador de la economía familiar. El Bienestar inició una trayectoria descendente por la aceleración de la inflación y el conflicto entre el Gobierno y el sector agropecuario”, reza el trabajo sobre el IBE, probando que no hay indiferencia a los avatares económicos.

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Imagen: Focus
 
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