SOCIEDAD › PLAYA VERSUS SIERRA O MONTAÑA: POR QUE MAS DE LA MITAD DE LOS TURISTAS ELIGE LA COSTA

El clásico del verano

Según datos oficiales, más de la mitad de los turistas locales elige la playa. No siempre fue así: en la primera mitad del siglo pasado preferían las sierras. Las razones del cambio, en esta nota.

 Por Soledad Vallejos

El último verano, más de veinticuatro millones de personas hicieron su equipaje para deambular entre un punto y otro del país. En algunos casos, hasta hicieron recorridos, en lugar de permanecer en un solo lugar. Lo importante, para las estadísticas, es que a algún lugar turístico llegaron. Es de presumir que todas esas personas, amén de las familiaridades que pudieran vincular a algunas entre sí, tengan gustos, preferencias, opciones diferentes. Y sin embargo prevalece la coincidencia. A la hora de evaluar sus elecciones, los números dicen que más de la mitad de los veraneantes se inclina por la playa. Algo más de un cuarto, por las sierras cordobesas. Un poco menos de la cuarta parte se decidió por otros paisajes, y se repartieron, en orden de importancia, por Patagonia, el litoral, el norte y Cuyo.

Aun en un país cuya extensión territorial descomunal acarrea diversidad de paisajes, la playa gana por lejos en el ranking de las preferencias locales. Y no lo indican suposiciones, hipótesis o relevamientos de souvenirs hechos con caracoles, sino los datos puros y duros. Oficiales, para más certeza. Del total de 24.508.097 turistas que anduvieron el verano pasado por distintos puntos del país, el 52,81 por ciento optó por las playas a la orilla del Atlántico. El resto se repartió entre otros cinco tipos de paisajes: casi el 30 por ciento eligió distintas zonas de Córdoba; menos del 10, la región patagónica; casi 12 por ciento restante se distribuyó, de modo bastante parejo, entre el litoral, el norte y Cuyo (4,17, 4,04 y 3,77 por ciento, respectivamente).

Los datos, dicho de otro modo, no hacen más que obligar la pregunta: ¿Por qué para la mayoría el verano parece sinónimo de playa?

Los que veranean adoran

“Puedo ver el mar en todas sus formas: con tormenta, con sol, cuando se vuelve turquesa, cuando está borrascoso. Mi única condición es que sea mar. Tiene esa cosa de inmensidad que me subyuga”, reflexiona desde un teléfono a metros de la playa Roxana Salpeter. Quizá sea poco imparcial porque una de sus misiones en la vida es conducir los destinos del Viejo Hotel Ostende, su rincón a metros del Atlántico y con prosapia literaria. Allí situaron Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares la nouvelle policial escrita a cuatro manos Los que aman, odian; desde allí remitió cartas Antoine de Saint-Exupéry; en sus alrededores los vecinos afirmaron haber visto fantasmas. Asociado también a artistas plásticos, músicos, cineastas y afines, el Viejo Hotel hace honor a su propia tradición cada temporada, que para su dueña y anfitriona adopta la extensión idílica de otras épocas.

Desde hace más de una década, unos cinco meses entre primavera y verano, y algunos días más durante el año, Salpeter pasa los días recibiendo huéspedes a la orilla del mar. Algo, de esa “cosa visual y sensorial” del lugar, podría creerse que observó. Es la luz, también el paisaje, dice, lo que atrae a sus huéspedes tanto como a ella. “Y el ruido del mar cuando te dormís cerca, y sentís el cracht cracht de las olas.”

A esa pequeña localidad que, en su fundación, venía a satisfacer el deseo porteño de un balneario más cercano que Mar del Plata “y con una temperatura de agua más cálida, aunque ahora con el cambio climático ya no sé cómo quedó”, llegan huéspedes más bien “urbanos”. Viajan desde la ciudad de Buenos Aires y alrededores, de Rosario, Córdoba, la ciudad de Santa Fe, “más o menos en ese orden”.

Algunos retornan año tras año, con la fidelidad que suele pagarse a rutinas inevitables. “A veces, a ésos los veo en sus rituales diarios: mucha gente va a la playa un rato, a caminar. Pero es un rato y después pasan gran parte del día en el hotel. Y sin embargo, te lo dicen, no elegirían otro lugar de vacaciones, al menos por ahora, ¡y por suerte para mí! Además de esa gente que, digamos, dosifica sus idas a la playa, tenés otros que desde la mañana temprano y hasta que se ponga el sol y un poco más, se quedan en la arena. Pasan el atardecer, juegan un partidito, están todo el día ahí. No se les ocurre salir de la arena ni para almorzar.”

Como en Balnearios, el film de Mariano Llinás que fue éxito en el circuito alternativo de salas, el verano a la orilla del mar tiene “una parte cuasi antropológica, porque hay rituales que hablan de cómo somos en la playa”. Quizá, a diferencia de lo que pasa con otros paisajes, otros aires, acercarse al mar tiene cierta flexibilidad. “Podés estar sin hacer nada o muy activo. El mar te pide participación pero no te la exige. Y para los chicos tiene esa cosa de inconmensurable, y del ensuciarse, y la arena, el baldecito, la pala, y hacerse milanesa.”

Olor a hierbas

“Es como un paradigma: la playa en verano y la nieve en invierno”, resume el secretario de La Falda, Daniel Buonamico. Pero los guarismos oficiales afirman que las sierras cordobesas son la segunda opción del verano argentino. Aún más: las cifras locales indican que a esa localidad que ronda los 16 mil habitantes, cada verano llegan los turistas necesarios para ir ocupando, semana tras semana, las casi doce mil plazas hoteleras disponibles. Esta semana, sin ir más lejos, no quedaba alojamiento, asegura el funcionario, para quien, a diferencia de otros años, la temporada se ha adelantado lo suficiente como para saber que habrá saldo positivo al terminar el verano. “Lo que sucedía antes para el 20 de enero, esta vez sucedió llegando el 10. El pronóstico para el resto de la temporada es espectacular”, en esta ciudad que nació como destino de lujo para la elite, y que ostenta como condecoraciones fotos de visitantes como Albert Einstein, Julio A. Roca, un príncipe de Gales... Hoy día, a este lugar que solía ocupar unas cuantas líneas de la crónica social, porteños llegan poco. Tal vez algunos bonaerenses. “El cliente número uno es de Santa Fe y el litoral, y gente del Norte, de Tucumán, La Rioja, que viene a buscar fresco.”

–Era muy chic La Falda. Hasta la Segunda Guerra Mundial. Después eso se perdió –comenta Buonamico–. Los grandes hoteles, acá había ocho, nueve, los absorbieron los sindicatos. Y ahí se acabó lo chic. Y después estábamos peor: no existía esa elite, y con los militares y la dictadura, el turismo se fue a pique. Se la pasó mal acá. Hoy, de cuatro establecimientos que había, tenemos 70.

En los últimos veinte años, no sólo el perfil de la oferta turística del Valle de Punilla cambió, cree el funcionario. Porque si en los ’90 hubo “un bache grande” en la actividad, en los últimos años “se hace un círculo virtuoso, porque la gente empezó a viajar por el país y eso impulsó inversiones de nivel para tentar al público”. De allí que la última tendencia, curiosamente, se preocupe más por la oferta de comodidades y servicios disponibles en un espacio privado que por reforzar las bondades de un entorno. Buonamico lo define como “un turismo que es de complejos, no de destinos”. Antes, “iban por el lugar, y elegían, por ejemplo, Mar del Plata, Carlos Paz... Ahora, cada vez más, de repente alguien te dice el nombre de un pueblito ignoto. Cuando preguntás, te explican que es porque hay un complejo termal, un hotel cinco estrellas, un spa... se usa mucho”.

Montañas y viento

A las playas bonaerenses las favorece la cercanía con las grandes ciudades. Por eso, “son como destinos obligados para las vacaciones” de porteños, bonaerenses y santafesinos, cree Rubén Frascoli, subsecretario de Turismo de Junín de los Andes, la localidad más antigua de Neuquén y, sin embargo, no la más desarrollada turísticamente. “Es una cuestión de mercado: son lugares cercanos a los centros de mayor demanda.” La montaña, al estar más lejos, demoró en ser vista. “Por una cuestión de lejanía y mística, la Patagonia es como inaccesible económicamente para algunos. Pero en las últimas décadas eso se fue modificando.”

Ayudaron, evalúa, en la mística y el redescubrimiento de principios de los 2000, las voces de quienes ya no están: “los aventureros de la Patagonia, que viajaron en el siglo XIX a explorar”, cuyas obras comenzaron a editarse (en algunos casos, por primera vez), hace poco más de diez años. Pero no todo son jóvenes lectores, tampoco exclusivamente viajeros extranjeros en su recorrido continental de largo aliento, como sí puede pasar en algunas grandes ciudades patagónicas. A Junín de los Andes llegan “mayormente familias”, atraídas por las tradiciones de la pesca deportiva, atractivos religiosos (de aquí eran dos beatos de alto perfil: Ceferino Namuncurá y Laura Vicuña) y también culturales, por la fuerte presencia mapuche, bajo cuya égida revisten, incluso, algunos campings ubicados en el Parque Nacional Lanín. La ciudad, pequeña, recibe unos treinta, cuarenta mil visitantes por temporada, aunque “son pocos los que se quedan una semana. El promedio es de dos noches y medio día”, porque “estamos cerca de Chile y muchos visitantes jóvenes hacen ese recorrido y cruzan la frontera”.

Es que el verano, dice Frascoli, “es muy dinámico”.

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