SOCIEDAD › JUAREZ MOVILIZO 20 MIL PERSONAS EN SU DEMOSTRACION DE FUERZA

Un caudillo que no pierde las mañas

El matrimonio que maneja la provincia mostró su poder en un acto por el aniversario de la muerte de Perón. Ni Juárez ni Nina hablaron. En su nombre lo hizo el capellán de la policía.

 Por Alejandra Dandan

No hubo peronismo sino juarismo. No hubo bombos, ni banderas ni marchas sino la compañía silenciosa de los que están desde hace cincuenta años. Y entre la gente, estaba el resto: la plaza, la Casa de Gobierno, el palco, la misa por los veinte años de la muerte del General, y el corral: un vallado circular que encerraba frente al palco a las mujeres de la rama femenina, las únicas con pase libre hacia el lugar. Carlos Juárez marcó un pleno ayer en Santiago; tal como lo había anticipado, sacó a su gente como una demostración de fuerza a nivel federal. Juntó a unas 20 mil personas frente a la Casa de Gobierno. Y allí no existieron los discursos, pero la voz del gobierno la tomó un virtual vocero oficial: el capellán de la policía provincial. Habló de los crímenes, pero no de la impunidad sino de la justicia, la justicia de la señora gobernadora: “Creo en su sinceridad y en su lucha –dijo–, no puede ser de otra manera porque desde hace años viene luchando acá”.
La imagen era sorprendente. Los que llegaban a pie o en colectivos hasta la Casa de Gobierno no eran ni los familiares de las muertas de La Dársena ni los que por estos días trabajosamente van sumándose de a poco a las marchas que comienzan a hacerse multitudinarias por esas calles. Ellos eran otros, los de siempre, los que siempre fueron peronistas en tierras de Carlos Juárez: “¿Que desde dónde vengo?”, preguntaba Julia Giménez, la única jubilada del grupo de siete mujeres, “hijas y nietas” de familias peronistas. “Desde Loreto, en Ojo de Agua, a 60 kilómetros de distancia”. Y ellas estaban allí como buena parte de esa plaza: “El tema es que ahora el resto del país –decía Julia, sentada sobre los bordes de una fuente vacía– mete a todos los santiagueños dentro de la misma bolsa”.
La misma bolsa es la bolsa de los crímenes. La investigación sobre las muertes de Leyla Bshier Nazar y Patricia Villalba generó un efecto en cadena que explotó con los pedidos locales y nacionales que comenzaron a plantear distintos niveles de intervención. En ese contexto, apareció primero una declaración de Juárez en los medios de comunicación local donde anunciaba la concentración de ayer como una respuesta hacia aquellos sectores. Y en ese contexto, la gente apareció.
“Ninaaaaaaaaaa, Ninaaaaaaaaa”, gritaban justo a las 19.40 las mujeres de la rama femenina, convertidas por un rato en una coreografía de fans. A esa hora, la señora Mercedes Aragonés de Juárez, impecable vestido violeta, salía de la Casa de Gobierno, abriéndose paso camino al palco. “Está hecha una reina, decime la verdad”, decía Fátima Rodríguez, de 32 años, madre de dos hijos, sin marido, dueña de un Plan Trabajar, militante de la rama femenina y habitante del centro. “Te entiendo –decía–: preguntás si te obligan a venir. Es una leyenda, siempre hay una leyenda, pero no la hace uno, la hacen los otros.” Al lado, mientras Fátima se trepaba sobre uno de los autos blancos estacionados para mirar todo un poco mejor, una de sus amigas se extasiaba: “Yo, yo, yo –repetía–: yo la toqué, a mí me dio la mano”.
El fenómeno Nina es extraño. Para muchos de los habitantes de la plaza era la primera vez que la veían pasar. Estaban allí por ella, aunque ella nunca es ella sin su marido. “A ella nosotras la admiramos”, decía Lidia Páez con voz combativa. “Pero antes que ella, nosotros somos de Juárez: y como a mi marido, yo digo ahora que le respeten los años pero que le respeten las canas también.”
Eduardo Novillia, el capellán de la policía, mencionó durante la homilía los crímenes, pero antes habló de los “problemas de inseguridad de todo el país, especialmente del Conurbano”. Crímenes, dijo, “que se están investigando” y por los que “espero el accionar de la Justicia, pero –advirtió– no puedo dejar de destacar la firme decisión de la señoragobernadora que ha pedido ayuda al gobierno nacional para la investigación”.
Eso escuchaba el grupo de mujeres y eso oían también los más de mil muchachos convocados por uno de los punteros que poco antes discutía con el comisario Tejeda a cargo del Departamento de Operaciones, preocupado porque traían vinos: “Vos entendeme –le decía–, ¿sabés cómo hice yo para traerlos? Yo les pagué los viaje, todo pagado de mi bolsillo.”

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“Creo en su sinceridad y en su lucha, no puede ser de otra manera porque lucha desde hace años.”
 
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