SOCIEDAD › LOS GRUPOS QUE SE JUNTAN PARA ESCUCHAR LEER

Libros en voz alta

Se reúnen periódicamente; algunas veces son más, otras menos. Cuando llega el momento, se impone el silencio. Y escuchan. Los que leen son autores consagrados o inéditos que comparten sus textos. Narrativa, poesía y hasta ensayo. Lo que importa es escuchar.

 Por Soledad Vallejos

Resultó que la vida secreta de los libros no es tan secreta ni está en los libros. En rigor, tampoco se compone de textos sino de experiencias que, sí, claro, encuentran en los textos la excusa ideal. En ese más acá de la palabra escrita, unos escritores pueden pasar días pergeñando combinaciones, lugar, perfiles, para que otro escritor se siente ante un público de desconocidos, de ajenos a la literatura, las camarillas, el universo editorial, y lea. Nada más, nada menos. En Buenos Aires, más de un centenar de personas puede reunirse una noche estrellada en un patio, o una lluviosa en un saloncito, para escuchar qué escribe gente que no conoce, que quizá no vuelva a ver en la vida, hacer silencio y dejarse llevar. Es muy posible que puntúen el final de la lectura con aplausos, el entusiasmo quizás hasta los hagan irrumpir antes. También es posible que la velada degenere, que se convierta en un evento social. En los arrabales del texto escrito puede pasar cualquier cosa.

Hay un texto que vive

Hace nueve años, tres amigos pasaban el mes haciendo compras por Once para abocarse a manualidades, planificando puestas en escena surrealistas y demostrando que el ingenio a veces puede más. La meta para los escritores, por entonces no publicados, Selva Almada (El viento que arrasa, Ladrilleros), Julián López (Bienamado, Una muchacha muy bella) y Alejandra Zina (Lo que se pierde, Barajas) estaba en el horizonte: querían no tanto leer ellos mismos como escuchar a otros. Participaban de talleres, conocían gente afín, y solían prestar atención a lo que pasaba en los blogs. Por entonces animaban una editorial, Carne Argentina (ciclocarneargentina.blogspot.com, aunque la fan page de Facebook quizás esté un poco más fresca), que se disolvió en el camino de los años pero dejó el nombre del ciclo que ahora, una noche de semana, puede reunir cerca de 150 personas en un patio de Flores. ¿Para qué? Para escuchar leer.

Entre ese 2003 que comenzó en un lugar pequeñito con vocación de antro que recibía a un público de amigos, y este presente cercano a la década y con convocatoria propia más allá de quiénes sean los escritores invitados (de narrativa, de poesía, aun de ensayo, pero también personas conocidas por actividades que no son escribir) pasó un mundo y quedó una certeza: donde hay alguien que quiere leer, hay quien quiere escuchar. En la segunda categoría hay mucha gente; en la primera, nombres por descubrir. Con Almada ausente con aviso de gira por Francia, Zina y López dicen que quizás el corazón de cada velada sea algo tan misterioso y tan sencillo como la voluntad de participar de un fogón, de escuchar una historia.

Hubo un tiempo en que los encuentros se sucedían cada mes y exigían una puesta en escena compleja. Por entonces eran noches temáticas con lista de invitados a leer armada con intuición de equilibristas, ideas de escenografía, ensayos, sorpresas. Una noche, sobre la pequeña tarima que hacía de escenario, una silla se convirtió en altar y marco de virgen, tules y trucos mediante; desde ese espacio consagrado, la escritora Gabriela Cabezón Cámara adelantó fragmentos de lo que luego sería la novela La virgen cabeza. Otra velada, cada uno de los tres responsables aportó radiografías propias, recolectó otras ajenas; entre los tres cosieron los acetatos con imágenes de huesos hasta convertirlos en una gran cortina; la instalaron tras los invitados, la iluminaron hasta que los huesitos se recortaban detrás de la persona que leía, en una noche dedicada al terror. Alguna otra vez, a falta de parrilla profesional de luces, se sirvieron de linternas, treparon a algún lugar, y sumaron los pequeños haces hasta imitar el efecto de un seguidor como los del teatro. Así pasaban los ciclos, hasta que el peso, arduo, de la producción, se hizo sentir. “A los tres, cuatro años nos dimos cuenta de que se nos hacía cuesta arriba”, dice Zina. “Era muy difícil sostener ese nivel de laburo”, agrega López. Tomaron una decisión: en lugar de abandonar todo, pasaron a convocar cada dos meses, y así siguieron hasta hoy, con las “Colecciones” de Carne Argentina, divididas por estación (la de verano, como la que se realizó a principios de marzo; la de otoño, como la que será el 11 de abril, en la casona de principios del siglo XX que ahora los alberga en Flores; de invierno, de primavera, alguna edición especial) y con algo menos de teatralidad.

Con el despojo, llegó también eso que López describe como “bien bastardo”, la apertura creciente a registros diferentes, que tanto pueden incluir lecturas de escritores desconocidos e inéditos como consagrados, narrativa como poesía y hasta traductores, o escritos de nombres inesperados en ese mundo, como fueron los fotógrafos Marcos López y Marcos Zimermann. En la definición, lo “bastardo” es también combinación de universos y expectativas, de público que “no es del ambiente”, que habrá escritores y alguien de Letras, pero más gente que trabaja en hospitales, abogados, contadores, bioingenieros. “Eso es Carne Argentina”, dice López, que cifra en el nombre del ciclo la definición de un concepto.

Peregrinaciones chiquitas

En un rincón de Palermo, una noche de semana bajo un diluvio sorpresivo, más de cincuenta personas se reúnen para escuchar a una poeta, una escritora, una periodista. Otra noche, quizá de clima más benévolo, otro tanto se congregó para escuchar a un escritor leer un texto propio y dejarse entrevistar por alguien que, a modo de guía de temas a preguntar, se sirve de cartas de tarot. Así pasan las semanas en Centro Enjambre (www.centroenjambre.com.ar), un espacio que busca “la vuelta de la escritura a la experiencia”, según explica Marcelo Carnero, creador y animador de las veladas junto con Victoria Schcolnik. Carnero menciona Carne Argentina y también al Grupo Alejandría (el espacio mensual de lecturas, para escritores editados y no, que cumplió diez años hace pocas semanas y celebró en el Malba), y dice que la continuidad de esos ámbitos abrió el campo. Que no sería lo mismo este presente sin ese camino, y que es posible volver “a lo más under” para que el texto escrito tenga todo el tiempo vidas nuevas.

“Queremos que se pueda generar un espacio de diálogo entre la gente que viene a escuchar y la gente que escribe. Son cosas que deberían empezar a pasar. Que se vuelva más lúdica esa interacción, creo que a eso apostamos. Si siguen generándose estos espacios y ciclos, me parece que sí, que es posible”, se esperanza Carnero. Detalla lo que está pasando: se rompe con la lectura esquemática de mesa y micrófono, con la idea de que hay que saber para escuchar, de que deben ser ocasiones solemnes.

El público es tan clave como los escritores-lectores. Es como una marea curiosa que se acerca para dejarse sorprender por la experiencia. En Carne Argentina, esas multitudes pequeñitas escucharon a consagrados con la misma atención que a inéditos. Rompieron el silencio en explosiones de aplausos en medio del texto la noche en que la investigadora y escritora Silvia Molloy, tan conocida para la academia de Letras y tan secreta más allá, accedió a leer el año pasado, de visita en Argentina. Dejaron estupefacto al escritor de culto Raúl Escari, que sintió en el aire la devoción de quienes lo descubrían en el momento y un poquito aterrado buscaba la mirada cómplice de los organizadores porque no daba crédito a lo que pasaba. “Disfrutamos mucho esas mezclas. Los invitados de una misma noche no se parecen entre sí, y decidimos romper la unidad generacional. Nos gusta tener invitados diferentes en todo”, dice Zina. López cree que lo que fue riesgo se volvió sello: “Es una decisión cruzar escritores de distintas edades y también que no sean todos conocidos, que haya gente en proceso de trabajo. El ciclo convoca. Después, si tenemos un invitado renombrado como Hebe Uhart, Edgardo Cozarinsky, Diana Bellessi, claro que es un plus, pero el público viene dispuesto a escuchar esté quien esté”.

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Imagen: Jorge Larrosa
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