SOCIEDAD › HISTORIAS DE MUJERES QUE APRENDIERON OFICIOS DE LA CONSTRUCCION, LEVANTAN SUS PROPIAS VIVIENDAS E INTEGRAN UNA COOPERATIVA

Levantando paredes, derribando muros

Jefas de hogar afectadas por la inundación de 2013 se capacitaron como albañiles, plomeras y electricistas. Ahora tienen trabajo y completan sus estudios. Participan del programa Ellas Hacen, junto a otras 97 mil mujeres de todo el país.

Miriam, Clarisa, Daiana y Nancy, parte del equipo de constructoras de La Plata.
Imagen: Dafne Gentinetta.

“Esta experiencia nos ayudó a despertarnos. Estábamos dormidas”, asegura Miriam, una de las mujeres de La Plata que hoy participan del programa Ellas Hacen, destinado a mujeres jefas de hogar, con hijos menores de 18 años a cargo, que perciben la Asignación Universal o son víctimas de violencia de género. En el caso de Miriam y sus compañeras se suma una condición más: padecieron la inundación que el 2 de abril de 2013 sacudió a la ciudad de La Plata, dejó un saldo de 89 muertos y más de 70.000 viviendas prácticamente inhabitables. A un año de esa catástrofe, 1200 mujeres platenses se encuentran construyendo sus propias casas, son parte de cooperativas, trabajan para mejorar sus barrios al tiempo que se capacitan y terminan sus estudios primarios o secundarios.

Daiana asegura: “Cuando nos anotamos no sabíamos a qué veníamos. Acá nos enseñaron a levantar una pared, a soldar, a sacar un nivel, instalar agua fría y caliente, a hacer una conexión de luz”. El grupo que integra no esconde su entusiasmo. Luego de seis meses de aprendizaje, ya construyeron 8 casas y se encuentran trabajando en otras 15. “En este primer ciclo, por una cuestión legal, priorizamos a las compañeras que tienen título de propiedad o sesión de terreno por sus padres o familiares”, explica Ana Castagneto, articuladora del centro de referencia La Plata del programa.

El método que aprendieron para la construcción proviene del Centro Experimental de la Vivienda Económica del Conicet. Se trata de la unificación de dos sistemas constructivos: el UMA (estructuras de hierro y paneles de ladrillo prefabricados) y el BENO (para los cerramientos). Estos modelos se realizan a través de un convenio suscripto con el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación. Son viviendas de tipo “desmontable”, sus distintas partes pueden ser trasladadas y armarse en el terreno. Las casas tienen dos ambientes, con posibilidad de ampliarse.

Las mujeres tienen que cumplir durante la semana un día de trabajo en obra de 4 horas, dos días de asistencia para terminar la primaria o la secundaria –a través del programa Fines– y un día de capacitación sobre economía, política y género, que se hacen en los clubes o en la universidad. Por esa tarea cobran una asignación de parte del Estado.

Vulnerables

Ellas Hacen es un programa del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que prioriza a las mujeres en mayor situación de vulnerabilidad, incluye más de 97 mil beneficiarias en todo el país. Al ser planificado, preveía abarcar a 36 distritos del conurbano bonaerense, donde ya funcionaba el programa Ingreso Social con Trabajo, y en las villas en las que se realizaba el Plan de Abordaje Integral (AHI).

Castagneto, la articuladora del programa, cuenta que “a raíz de la inundación, por un decreto, se incluyó a La Plata y alrededores. Además se obvió el requisito de la cantidad de hijos porque la situación de ellas era muy alarmante. Había compañeras a las que el agua les había llevado la casilla o se les deterioró la vivienda”.

Las víctimas de la inundación son casi el 90 por ciento de los casos que confluyen en el programa. También hay víctimas de violencia de género y en algunos casos se conjugan ambas problemáticas.

Daiana, de 36 años y con cuatro hijos, afirma: “Somos parte de un sector para el que muy difícil conseguir trabajo”. “Somos madres solas con cuatro, cinco o seis criaturas. ¿En qué momento vamos a trabajar? ¿Quién te va a tomar con tantos hijos? Se nos dio una posibilidad que antes era impensada.”

Nancy recuerda: “Después de la inundación se nos vino el mundo abajo. A mí me entraron casi dos metros de agua en mi casa. Unos días después, fui a hacer un trámite y estaban los de Desarrollo Social, así que me anoté y ahí empezó todo. Se me abrió una puerta gigante. Quién iba a decir que ahora íbamos a estar terminando el secundario, capacitándonos, y haciendo nuestras casas”.

Clarisa, por su parte, comenta que se anotó gracias a unos vecinos: “Me dijeron que iban a estar en el Club de Villa Elvira, era el último día y yo no tenía idea de qué íbamos a hacer, pero andaba con cuatro chicos y sin trabajo, así que fui aunque no pensé que me iban a llamar”. Clarisa perdió todo en la inundación. “Yo siempre digo que hay un antes y un después en la vida de las personas de La Plata. Para mí, como mamá soltera, que tenía que hacer el rol de madre y padre, fue muy difícil. Mi hija quedó muy afectada psicológicamente, tuvo que hacer un tratamiento.”

La inscripción se realizó en distintos barrios alejados del centro de la ciudad, en los centros de salud, clubes y otras instituciones que facilitaban el lugar. “La idea fue acercarnos a ellas, bajar al territorio. El 2 de abril fue la inundación, el 9 de abril arrancamos a anotar y el 13 de mayo ya estábamos poniéndolo en marcha aquí”, comenta Castagneto.

Cooperativismo

“Cuando entraron, estaba cada una en su mundo, ensimismadas, muchas nunca habían trabajado en relación de dependencia y otras no sabían trabajar con otras compañeras. La mayoría limpiaba casas, hacía changas, ninguna tenía un trabajo dentro del mercado formal. Muchas de estas mujeres estaban invisibilizadas, no estaban ni bancarizadas. Al empezar a trabajar acá y tomar contacto con otras compañeras –participan en grupos de 4, 8 o de 10 con una coordinadora– iniciaron vínculos laborales que las fortalecieron”, afirma Castagneto.

Daiana explica: “La capacitación te enseña a trabajar en cooperativa. Esa solidaridad que se generó entre nosotras la pudimos aplicar en la obra. Ya somos cooperativistas, vamos a recibir la personería jurídica pronto y ahí podremos tomar quizás algún otro trabajo que se nos presente, ya fuera de lo que es el programa”. Por si esto no fuera suficiente, con dos compañeras, en su tiempo libre, Daiana se dedica a la reconstrucción de la iglesia del barrio donde vive.

“Se generaron lazos de amistad, de compañerismo, de solidaridad”, agrega Clarisa. “Para una mujer encerrada en su casa con tres, cuatro hijos, es difícil: muchas veces necesita cosas y no las pide, o no sabe cómo expresarse. Acá llegaron chicas a trabajar que no hablaban.”

Miriam está orgullosa de sus compañeras. “Lo bueno es que nadie se manda sola, antes de hacer algo nos comunicamos, vale la opinión de todas.” Y cuenta con alegría: “Hay compañeras que te dicen ‘el fin de semana tengo que revocar mi casa’ y automáticamente a todas nos sale decirle ‘bueno, vamos, nos juntamos y te ayudamos a hacerlo’, o a otra se le está lloviendo el techo y en plena tormenta salen las compañeras a ayudarla”.

“Les cambió la relación con sus pares –dice Castagneto–. Las chicas no viven en un ámbito donde se relacionan mucho con otras mujeres. Encontrarse acá todas iguales, desde aquellas que no sabían casi escribir hasta las que eran universitarias, las hizo cobrar confianza.”

Empoderamiento

Miriam tiene 40 años. Se crió en la calle desde los 11 años. Es viuda, tiene a cargo 3 hijos, dos gemelos de 8 y uno de 15 años que va a ser papá. “Con una carretilla fui recolectando las sobras de maderas y material que dejaban los vecinos, compré cemento de a poco y me hice mi propia casa en el fondo de un terreno que me prestaron unos amigos. El piso lo hice con lo que aprendí acá, con el cerámico que les sobraba a las casas. Parece un muestrario pero tengo mi piso.” Sus hijos van a la escuela y ella también, empezó el programa Fines. “Así como nunca pensé en hacerme una casa, tampoco me hubiese imaginado tener la oportunidad de estudiar y trabajar. Ni lo pensaba porque primero estaban mis nenes, darles de comer. Ahora puedo hacer las dos cosas. Para mí, estudiar significa crecer como persona.”

En el mismo sentido, Clarisa se sorprende porque “de golpe, de no tener nada, pasé a cambiar la vida de mis hijos y el plus de tener la oportunidad de terminar los estudios”. Además dice que va a cursar en la universidad el próximo año. “Acá decidí seguir arquitectura. Cuando entré hace un año no sabía nada de albañilería. Hoy hasta nos enseñan a leer planos.”

Nancy comenta que van a ser compañeras también el próximo año en la facultad. Por su parte, Miriam cuenta que gracias al estudio “hasta la forma de hablar cambiamos, ahora me doy cuenta de que hay modos y lugares para decir las cosas”.

Daiana afirma que con lo aprendido hizo el comedor de su hogar “de tres y medio por nueve y medio. Lo terminamos de techar, con otra compañera, antes de que empiece el otoño”. De igual modo, Nancy relata que gracias al curso de plomería que tomó, pudo hacer la instalación de agua en la casa de su mamá: “Ella no tenía agua en el baño. Tengo ocho hermanos varones y ninguno nunca le puso el agua. Al principio dudaban de mí, como era mujer no me creían capaz, pero hoy mi mamá tiene agua en su baño gracias a mí”.

También utilizan sus saberes en el barrio. Miriam, por ejemplo, dice que “ahora vemos que el piso de la plaza está roto y agarramos un poco de cemento, un poco de pastón y armamos la vereda. Antes nos quedábamos en la queja. De acá salís con otro conocimiento y con otras ganas de ayudar”.

“Esta experiencia nos ayudó a despertarnos. Cuando vos te preocupás sólo por tus hijos, en darles de comer, no sos vos, estás dormida. Esto nos ayudó a despertarnos, a darnos cuenta de que podemos, que somos capaces, que no tenemos que ir a fregar pisos, que no necesitamos andar pidiendo. Todas demostramos que queríamos otra cosa para nosotras y que seguíamos viviendo en un mundo machista, pero porque lo permitíamos.”

Cosa de hombres

Cuando se les pregunta cómo se sienten trabajando en un rubro que dominan los hombres, las cuatro mujeres se ríen. Clarisa dice que se siente orgullosa, mientras Daiana cuenta que sus propios capacitadores –que son todos varones– dicen que “nosotras terminamos enseñándoles a ellos”. Nancy señala “somos más detallistas a la hora de trabajar y se nota en las terminaciones de las casas”. “Necesitamos ser dos para levantar una placa mientras que un hombre solo puede hacerlo. Nuestra fuerza está en la unidad”, acota Miriam.

Nancy asegura que por su condición de mujer “no le costó aprender. Las ganas hacen que una esté abierta a aprender todo lo que te explican. A veces es cuestión de maña y no de tanta fuerza”. Y comenta que un familiar suyo es albañil y compite con ella: “No puede ser que yo sepa más que él, que se dedica a esto hace mucho tiempo. Dice que hacer casas es cosa de hombres”.

Daiana comenta que sus hijos “se matan de la risa” cuando la ven de albañil. “Además, tengo tres hermanos varones y un papá. No creyeron nunca que yo pudiera transformar mi casa hasta que lo vieron, de una casita de madera a otra casi toda de material, hecha por mí.”

Los vecinos del barrio también reaccionan de diferente manera. Miriam relata que algunos la cargan. “Dicen ‘mirá, ahí viene Cachito’, cuando voy vestida con ropa de trabajo. No pueden soportar que una mujer se ponga los borcegos.” Clarisa recuerda que una vez la insultó un hombre desde un auto por su apariencia de obrera, aunque aclara: “Siempre voy pintada a la obra”.

Daiana recuerda que una vez les tocó “hacer una casa enfrente de un edificio de tres plantas en construcción y los hombres que trabajaban ahí nos miraban con extrañeza”.

También cuentan que cada vez que techan una casa, comen un asado, a modo de ritual, pero que son los hombres los que lo hacen. “Nosotras no cocinamos”, bromean.

Las cuatro concuerdan en que el momento de mayor felicidad es cuando terminan una casa. “Es impresionante la satisfacción de terminar una obra. ¿Qué persona no quiere tener su vivienda digna para vivir con sus chicos? Ese agradecimiento es de por vida”, dice Nancy. Para ella, “es una satisfacción doble porque terminás con la obra y con una casa para otro”. Daiana cuenta que la primera casa que le tocó hacer era de una familia con nueve nenes. “Yo me llevé cartas de los chicos en que me decían ‘gracias por hacerme mi casa’. A veces me los cruzo en el micro y me saludan, me abrazan, me cuentan cómo están decorando su casa.”

Producción y textos: Laura Guarinoni.

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