SOCIEDAD › UN JARDIN DE INFANTES QUE OFRECE OBSERVAR A LOS CHICOS POR INTERNET

Mi mamá me mira

El gran hermano llegó a la escuela: las cámaras permiten que los padres, conectándose a Internet, observen a sus hijos todo el día. Dicen que así pueden saber que están bien. Los especialistas critican ese control constante, que no permite al chico crear su espacio independiente. La polémica.

 Por Alejandra Dandan

La profecía del gran hermano parece cumplida. Cuando un psicoanalista conoció el tema, dijo una palabra: ¡¡Es un horror!! Cuando una de las madres entrevistadas lo pensó, aseguró lo contrario: ¡Fue mi salvación! La madre lamentaría perderse los primeros gateos de su hijo. Ahora una conexión a Internet le basta para entrar a la guardería de su hijo. ¿Qué más quiere? Ella sigue trabajando, hace trámites, vuelve a casa, y el bebé está siempre a mano apenas abre la pantalla de Internet. La telepresencia es una de las pocas cosas que logran expandirse en Buenos Aires a pesar de la crisis (o gracias a ella). Detrás de la primera escuela que lo ha incorporado, los mentores del sistema advierten que otras treinta están a punto de instalar esa constelación de cámaras que enlazan como un cordón umbilical a la escuela con los papás. Este cordón electrónico devuelve en tiempo real las imágenes de los jardines de infantes y las salas maternales. Mientras cada salita se va pareciendo a un set de televisión, los chicos se van quedando hasta trece horas al día. Si antes los sistemas de televigilancia en empresas eran los cucos más lógicos de la sociedad del control, ahora hay nuevo problema: el poderoso ojo electrónico sigue avanzando, y esta vez se ha metido dentro de la escuela.
“Yo no puedo ser tan tonto como para criticar el uso del correo electrónico en la relación entre padres e hijos, pero acá la cosa es distinta: esto es un horror”, dice Juan Carlos Volnovich con pocas ganas de quedar entre los apocalípticos del género. Volnovich encuentra cientos de virtudes en las formas de las nuevas tecnologías, pero cuando escucha las historias de las cámaras en las escuelas se acuerda de una frase que le resuena todo el tiempo:
–¿Te acordás? –pregunta– La decían durante la dictadura: ¿Usted sabe qué está haciendo su hijo ahora?
¿Usted lo sabe?
Como son las cuatro de la tarde, Rodrigo está en su hora de merienda. Hace media hora lo levantaron de la siesta y su mamá busca la conexión más a mano. Así, Mónica Braconi va siguiendo sus pasos. Los tiene todos calculados. Por eso primero se conecta a las 9 y después, poco antes del mediodía hasta la hora de la siesta: los tiempos muertos siempre son aburridos. Más tarde vuelve a empezar y así, hasta el final del día. En total entra unas cinco o seis veces, mejor dicho, entraba: “Me quedaba embobada viendo a mi hijo: durmiendo, comiendo, jugando, todo. Hasta que me acostumbré. ¡Si antes me la pasaba llorando todo el día! Es difícil dejarlo, sentís que lo abandonás, que no va a estar todo el día con vos: hoy las condiciones no están dadas para que una sea mamá y en este país las empresas no te dan nada”.
Rodrigo entró al jardín cuando tenía nueve meses. Su madre ya no sabía cómo fabricar más licencias. Tuvo que volver al trabajo cuatro meses después del parto. Para ese primer despegue contrató alguien en la casa y más tarde, por cuestiones de costos, decidió llevarlo al jardín. Ella tiene 37 años, un puesto de empleada en una compañía gráfica y unas diez horas de trabajo que se hacen ocho cuando ahorra la hora de almuerzo y de lactancia.
–¿¿¿Quién nos critica??? –protesta en el teléfono mientras el bebé le grita al oído– Están todos equivocados: ¿no sabés? La cámara es espectacular. Estamos en la era de la computación: me dan la tranquilidad de saber cómo está mi bebé las veces que quiero.
Las primeras noticias del sistema de webcams adaptado para escuelas aparecieron en Estados Unidos y en algunas regiones de España hace unos cuantos años. Roberto Pérez las conoció ahí. Este español ahora dirige el colegio de Rodrigo, una escuela de cuatro plantas sumergida en el barrio de Once. El Jardín del Futuro instaló el escuadrón de cordoneselectrónicos a fines de 2000 mientras Buenos Aires era sacudida con noticias de maltratados en escuelas, abusos a menores o historias de maestras que un día decidían enamorarse de sus púberes.
Los equipos de televigilancia y sus diseñadores ya trabajaban con empresas: el público más entrenado en estas técnicas. Eugenio Lisogorsky readaptó la estética con un discurso de seguridad y trasparencia especial para padres acosados por los peligros de la ciudad. Su empresa colocó las primeras cámaras en la escuela de Roberto Pérez y distribuyó los programas de acceso con algunas restricciones para padres. “Cada uno tiene un password: la trasmisión de imagen es en tiempo real pero sólo pueden ver la sala donde está su hijo y los lugares comunes”, explica. La visibilidad completa siempre es ilusoria pero esas camaritas ubicadas en los rincones más altos de las aulas, adelantan la fantasía de un mundo trasparente, con terrícolas paseando en grandes peceras.
“Esta especie de panóptico alimenta la ilusión de la trasparencia.” Para Volnovich esa ilusión es una gran mentira: los padres tienen la fantasía del control total, creen que saben todo pero lo que no conocen serían las marcas que la cámara va dejando sobre el cuerpo. Hay una cuestión clave en todo esto: la del espacio privado. Cuando los chicos empiezan a separarse de sus mamás, pasan de una relación de trasparencia casi completa a una de “opacidad” tan sana como necesaria. Al alejarse, dice Volnovich, los chicos generan espacios propios, legítimos: “Guardan cosas, no ocultan, porque se oculta cuando se sienten espiados, se clandestinizan las cosas”. Según esta línea, la telepresencia de los padres estaría destruyendo la opacidad y reinstalando la trasparencia, pero bajo la lógica perversa del espía.
El buen dolor
La página en Internet adelanta la promesa: “¿Qué consiguen las instituciones que se suman a materweb?”, disparan los creadores sobre un sistema que “mediante encriptación de imágenes, códigos de autenticación, palabras claves, y desconexiones automáticas hemos concebido el sistema de observación más avanzado y seguro disponible”. Así las cosas aseguran que todo este asunto es ideal para “los padres itinerantes y los abuelos: quienes más ardientemente defienden este revolucionario sistema”.
Cuando Lucio cumplió los once meses, Gabriela Brandoni lo despertó con una noticia. Ese día empezaba el período de adaptación en el jardín maternal del barrio. Los dos, madre e hijo, hicieron todo lo que tenían que hacer. Fueron a la escuela, observaron todo y se separaron con las recomendaciones del caso: Lucio lloró y a continuación lo hizo su madre. Para ella, todo ese día se habría convertido en una insoportable pesadilla sin las maravillosas cámaras. Gabriela corrió a su casa, recordó su password, entró al sitio y desde allí aterrizó derecho frente a la cara de Lucio que ahora se recuperaba en los brazos de la tiernísima cibermaestra de ocasión. Que a su vez sonreía con cuidado frente a los insoportables rayos y centellas de las cámaras.
“Pero te ocurre exactamente lo mismo que la primera vez que te filma una cámara de televisión: la segunda vez olvidás que te están filmando”, explica ahora Ruth Stelling, la psicopedagoga de la escuela. Jimena Troya Paz es una de las maestras que se la pasa dando vueltas como trompo por aquí: de un lado tiene la cámara; al costado, la oficina vidriada del director y, por si nada de esto bastara, también ahora hay teléfonos en todas las aulas. Por los dieciséis niños a su cargo, habrá por lo menos una treintena de padres dispuestos a hacer un llamadito alguna vez al día. Pero no es el caso de Gabriela y ni siquiera lo hace Marcela Mercado, una de las mamás que se pasa el día alejada de los cordones cibernéticos y de los lugares donde su hijo pasa nueve horas bajo los influjos del ojo electrónico. Esa tarea, según ha resuelto, ahora la asume el padre: almediodía se pega una vuelta por la casa para entregarse a la dulce tarea de mirar. Y no es el único porque hasta los abuelos reclaman sus derechos de acceso a la ciberplatea. Los abuelos de esta historia vienen pidiendo un CD con el programa para instalarlo en Mar del Plata, la ciudad donde vivía Marcela hasta que la empresa donde trabaja la obligó a mudarse a Buenos Aires: “O venía a la Capital –dice– o me quedaba sin nada: no había opción”.
Silvia Shlemenson sabe que no hay opciones. Es doctora en piscopedagogía de la UBA y aunque critica el sistema en general, admite algunas excepciones. Por eso, dice, no es ni bueno ni malo: “Lo justificaría con los más chiquitos: existe una imposición social que obliga a los padres a dejarlos muy temprano y el dolor que provoca esto no es tolerado. Ese recurso es un modo de aproximación, por eso no está ni bien ni mal”.
Sin embargo, cuando escuchó en la radio la publicidad de las cámaras, Silvia pensó otra cosa: “Yo prefiero considerarlo como una pérdida de la confianza social en la escuela”. Por eso se pregunta cuál es la función del jardín. “Es la primera instancia de apertura a la sociedad, y la ruptura de los lazos sociales lleva a que la escuela sólo sea legitimada en la medida en que pueda ser controlada.” Por eso, frente a la deficiencia de las escuelas, “los padres participan pero con un tipo de intervención de tono paranoide: permanente y obsesivo. La mirada así se vuelve rígida y persecutoria, una presencia virtual que no permite que la separación se consolide”.

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