SOCIEDAD › LA EXPERIENCIA DE UNA FáBRICA QUE LA JUSTICIA ALQUILó A SUS OBREROS

Una cooperativa para salvar los trabajos

Ghelco era una tradicional marca de insumos de repostería y heladería. Golpeada por la crisis y por raros créditos del banco Almafuerte, abrió listas de retiro y finalmente declaró su quiebra. Tras un largo conflicto, un juez aceptó alquilársela a sus propios obreros, formados en cooperativa.

 Por Susana Viau

“Ni siquiera nos habían hecho los aportes: eso fue la guinda de la torta”, dice Claudio Cano con una precisión admirable. La referencia a la guinda no es banal: Cano y sus compañeros hablan de Ghelco, una fábrica de la calle Vieytes que es la mayor productora nacional de insumos para heladerías y confiterías. El esplendor y caída de Ghelco es la perfecta metáfora de los años 90. Su historia está íntimamente ligada al desaparecido Banco Almafuerte, por autopréstamos que la endeudaron sin que apareciera un peso para frenar el derrumbe. En abril, después de varias suspensiones del personal, Cano y sus compañeros recibieron la noticia de que la empresa había solicitado la quiebra. Primero se descorazonaron, luego pensaron que era irremediable y debían resignarse, cobrar el desempleo y volver a la calle a buscar trabajo. Pero ya estaban el default, el corralito y las changas hacía rato que eran un bello recurso del pasado. Entonces armaron carpas, montaron guardia permanente, se constituyeron en cooperativa y pidieron al juzgado comercial 4 la posibilidad de alquilar el local, la maquinaria y echarla a andar. En medio de movilizaciones, reclamos, escraches y presiones, el juez Fernando Otolenghi firmó la autorización por un plazo de 6 meses. En estos días la síndico realizará el inventario. Luego, ellos, los cincuenta cooperativistas, se dedicarán a limpiar. Calculan que pronto la flamante “Cooperativa Vieytes” hará el reingreso formal a la planta “con los obreros de otras fábricas, las asambleas y los vecinos de Barracas”.
Ghelco había abierto sus puertas hace treinta años. Sus socios fundadores eran Ricardo Bonfigli, Carlos Maña y Enrique Medina. Sin embargo, el 51 por ciento de las acciones era propiedad de un hombre cuyo apellido pisaba fuerte en el rubro de la alimentación; su industria familiar de dulcería había introducido el halvà bajo la marca comercial de “Mantecol” y el nombre de su representante en Ghelco no dejaba dudas sobre el cuño helénico: Odisea Georgalos. Ghelco iba a ser –y fue– la gran productora de polvos base para la fabricación de helados, las coberturas para postres, los pralinés, las pastas de relleno “y hasta la guinda que las tortas llevan arriba”. Para esos años, las planillas de Ghelco registraban a 250 obreros, contando a los eventuales a los que se recurría en los picos de temporada.
Una década antes, en los ‘60, la que comenzaba era la protohistoria de Almafuerte, cooperativa de crédito de los comerciantes de Parque Patricios con el presidente del club Huracán, Luis Seijo, a la cabeza. José Alfredo Martínez de Hoz iba a convertir la cooperativa en banco. Del directorio de la nueva entidad participaría, entre otros, Bonfigli, uno de los dueños de Ghelco. En la presidencia del Banco Almafuerte se sentó Elías Farah, libanés, cristiano y “de izquierda”, como se definía. En el fondo, pese a la contradicción insoluble, esa amalgama no dejaba de tener verosimilitud en las raíces del movimiento cooperativo. En pequeños porcentajes, algunas de las pymes hacia las que estaban destinadas sus líneas de crédito también formaban parte del grupo de accionistas del banco: la cerealera ACA, la aseguradora La Segunda, las industrias gráficas Gómez y Medinilla y Witcel, la textil Gatic y la alimentaria Ghelco. Como no podía ser de otro modo, con el tiempo, un beneficiario de los préstamos del Banco Almafuerte sería el Yoma Group, rutilante estrella de su cartera de deudores de dudoso cobro.
Los problemas
Las cosas no fueron mal para el Almafuerte hasta 1994. Por esos días absorbía al Banco Roca, una jugada prohijada por el Central sobre un patrón muy similar al que el BCRA había utilizado para inducir la compra de los bancos Aciso y de la Ribera por parte del santafesino (y también, como el Almafuerte, de origen cooperativo) Banco de Intercambio Departamental (BID). El BID caería al poco tiempo por sus malos manejos y,reclaman sus ex directivos, porque el Central les había hecho tragar una fruta envenenada. Pero ese fue el año del Tequila y el efecto México golpeó con dureza al Almafuerte, que empezó a ver cómo sus cimientos comenzaban a ceder. La crisis no perdonaba ningún resquicio de la economía y Ghelco la sufrió por una doble vía: porque su situación no era diferente a la de cientos de empresas nacionales y porque su respaldo, el Almafuerte, estaba en problemas. “Hasta esa fecha hacíamos horas extra”, cuenta José Guglielmero, un trabajador de Ghelco de 44 años, que vive al sur del conurbano y es el presidente de la recién estrenada Cooperativa Vieytes. “En mayo del ‘94 empezó a haber atrasos en los sueldos, aparecieron los tickets canasta y las cajas con alimentos para compensar. Bonfigli atribuía todo al efecto Tequila”. Sin embargo, agrega Cano –un joven de 28 años, casado y con dos hijos, socio del grupo de cooperativistas–, “se hacían viajes de promoción al Caribe. Iban a Cuba, a Cancún. En esos encuentros se llegaron a gastar 400 mil dólares. Ghelco era sponsor de rallies en las provincias, carreras que se hacían en el monte, donde no había nadie para ver la marca que estaba en el monocasco del auto, la parte más cara”.
El banco tecleó hasta 1998. Lo tumbó una corrida de depósitos originada, sostienen algunos, en una infidencia del diputado mendocino Carlos Balter, quien en una comisión de la cámara baja hizo comentarios desalentadores acerca de la situación del Almafuerte, olvidando que había periodistas en el lugar. Es parte de la explicación. Al Almafuerte lo lastraba su cartera de deudores, en la que estaba Ghelco con 4,6 millones de pesos-dólares, aún cuando una mínima parte de esos créditos hubiera entrado en la fábrica. La estocada final la dio el Central, negándose a otorgarle más redescuentos que los 40 millones que ya llevaba entregados. Farah se exculpó y apuntó en dirección a Pedro Pou, el que fuera omnipotente titular del BCRA: “Pou forzó la destrucción del Almafuerte y nos hizo perder en tres días entre 30 y 50 millones de pesos, un capital amasado en treinta años”. Para Farah, los rumores que promovieron la corrida habían salido de la usina del Central, interesado en liquidar los restos de la banca nacional para dejar la plaza en manos de la gran banca extranjera. A Farah los números le daban la razón: más de un cincuenta por ciento de los bancos había pasado a ser propiedad del capital extranjero. “Nos cambiaron la calificación de los créditos. A Gatic le pusieron 4 –un alto grado de insolvencia– cuando en realidad era un 2. Siempre la asistíamos para que pudiera pagar los sueldos de sus 6 mil trabajadores. Un millón de pesos mensuales y siempre cumplía con el crédito”.
Farah se quejó, asimismo, de que una serie de empresas que el Almafuerte contaba entre sus clientes fueron consideradas como “vinculadas” por el BCRA. En la lista estaban, por ejemplo, Ghelco y Almafuerte Travel. “Si Almafuerte Travel nos tuvo que pedir permiso para usar el nombre”. Los trabajadores de Ghelco ven las cosas de otro modo: “Todos esos encuentros que organizaban, los del Caribe, a los que invitaban a los heladeros pagándoles los pasajes, los hacían por Almafuerte Travel. La empresa estaba muy relacionada con el menemismo. A Bonfigli lo protegía De Mendiguren. Incluso participó de la comitiva de Menem cuando fue a Francia y a Japón”.
Las apariencias
Si Ghelco no era una vinculada del Almafuerte, lo parecía. Al menos su suerte quedó atada a la del banco. Este cesó su actividad a fines de 1998, “en 1999, Ghelco se concursó. Abrió listas de retiros voluntarios y planteó reducir los sueldos en un 25 por ciento y nos negamos –recuerda Sergio Venditto, de 35 años, síndico de la actual cooperativa–. Desde entonces dejaron de hacer los aportes previsionales, pese a que nos descontaban. Por eso, cuando presentó la quiebra y fuimos a pedir el subsidio de desempleo nos dieron 150 pesos, la suma mínima, por cuatro meses, el tiempo mínimo. Ellos, los dueños, seguían haciendo encuentros deheladeros, regalando autos en esas fiestas y alquilando stands en Costa Salguero porque decían que tenían que mostrarle al mercado que seguían vivos”. Los trabajadores de Ghelco subrayan que a fines del año pasado cobraban entre 10 y 20 patacones semanales. Para Navidad recibieron 20 y 50 para Año Nuevo. Esos fueron sus últimos salarios.
El 10 de enero, con cinco meses de sueldo adeudados, los sometieron a un mes de suspensión de tareas y antes de que venciera el plazo, la empresa volvió a ampliarlo. Empezaron las asambleas en la puerta de la planta. Hasta ellas llegó una tarde el dato de que se estaban retirando del inmueble insumos y maquinarias. Establecieron guardias. El 13 de febrero, a las 8 y media de la mañana, la patronal presentó la quiebra. A las cuatro de la tarde, con una velocidad inusitada, se hizo presente la síndico Cécile Restelli. Los que habían desertado para buscar changas volvieron con sabor a fracaso. Nunca terminarán de felicitarse por haber rectificado el rumbo. El abogado Luis Caro les sugirió una alternativa: organizarse en cooperativa y pelearlo en Tribunales. “Estamos con terribles deudas. Tuvimos que tomar obligaciones que no pudimos cumplir, Nos mandaron a todos al Veraz”, cuenta sin dramatizar Claudio Cano. Guglielmero agrega: “Yo tengo un crédito prendario. De las siete cuotas que me quedaban debo seis. Ojalá me sigan aguantando”. Jorge Bradich, un muchacho de 24 años, prioriza las urgencias: “La mayoría tiene cargas familiares. En mi caso hicieron mucha presión. Cuando me uní a la gente me dijeron: ‘estás con un pie afuera’”. Néstor Olivera, casado y sin hijos, reconoce: “Pude sobrellevar esto gracias mi señora, que tiene empleo”
Sin demasiadas expectativas, los debutantes de cooperativistas pidieron respaldo al Gobierno de la Ciudad. Una carta firmada por Aníbal Ibarra hizo saber al juez Otolenghi que los trabajadores tendrían su apoyo. Por la legislatura porteña circulaba ya un proyecto de expropiación que sólo resistía un grupo de representantes encabezado por el ex ministro de Trabajo Enrique Rodríguez. Así lo contaron el 25 de mayo los trabajadores de Ghelco al vecindario reunido frente a la puerta de la planta, en Vieytes al 1700. Hacía frío, era un mediodía gris y los invitados se confortaban con un inacabable locro al que habían aportado todos: los desocupados de Ghelco, los vecinos de Barracas, obreros de fábricas cercanas y las asambleas de la zona. A principios de junio, el juez Otolenghi dejó de lado sus renuencias y firmó la autorización. La fábrica será gestionada por la cooperativa por un plazo de seis meses; el primero pagarán mil pesos por el alquiler del local y la maquinaria: dos mil el segundo, tres mil el tercero. El Gobierno de la Ciudad ha prometido gestionar la devolución de los servicios cortados. Entonces recibieron las llaves de la planta pero pidieron cautela. Una vez realizado el inventario se pusieron a limpiar los pisos, a preparar las herramientas, a acondicionar los productos que todavía sirven. “Cuando lo tengamos listo, avisamos para que nos acompañen a hacer la entrada formal a la primera jornada de trabajo”. Saben que van a tener que hamacarse para que la aventura cristalice, pero por lo pronto han dejado de formar parte de ese ilimitado ejército de reserva donde la leva no viene siquiera con la compensación de la comida. Han recuperado el status de trabajadores y eso es un triunfo en los tiempos que corren.

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Limpiando la planta de la calle Vieytes, para reabrirla y poder trabajar por cuenta propia.
 
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