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La historia de esta nota

 Por Carlos Rodríguez

La voz en el teléfono fue escueta y contundente: “Tractorcito Cabrera quiere hablar con vos. ¿Querés hacerle una entrevista?”. Después de la inmediata respuesta positiva, siguieron nuevos llamados, un lugar de encuentro y la cita, a solas, en un auto estacionado en un lugar de la provincia de Buenos Aires. Con Daniel Cabrera nos conocemos desde enero de 2001, cuando le hice la primera nota. En el auto encontré al mismo hombre que entrevisté en la cárcel, deseoso de leer y de estudiar, pero ahora con muchos más conocimientos, de cultura general y de cuestiones jurídicas.

Lo había visto varias veces en su casa, con su mujer, Liliana, y su hijo menor, Marquitos. Era muy convincente cuando decía que quería rehacer su vida. Por eso la sorpresa cuando decidió no volver a la cárcel. Recordé sus deseos de libertad, lógicos, cuando estaba en la Unidad 1 de Ezeiza. Cuando deliraba con que su mujer lo rescatara en helicóptero, como había ocurrido una vez en un penal de Francia.

Sus urgencias eran las de tratar de demostrar que ya cumplió su pena, que ya hizo todo lo que tenía que hacer para estar libre de nuevo, sin ninguna traba. Llevaba consigo una bolsa plástica con los fallos recientes que lo involucraron y un Código Penal al que citaba en forma permanente. Cada afirmación suya, respecto de sus causas, merecía una recorrida por el texto del Código, para corroborar que los artículos y los incisos citados en la entrevista eran los correctos. Me dejó la impresión de un hombre que se muestra duro, pero que sabe de fragilidad y de peligro. Un hombre que necesita un bote salvavidas. Siempre repite la misma máxima: “La ley es como las serpientes: sólo muerde a los que andan descalzos”.

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