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Razones y sinrazones

 Por Washington Uranga

Como cualquier hecho político-cultural (lo religioso no escapa a esta consideración), la beatificación de Juan Pablo II ocurrida ayer en el Vaticano es un acontecimiento que abre a la posibilidad del análisis y pone en evidencia no sólo las virtudes y los errores de quien ahora fue subido a los altares sino, muy particularmente, el debate interno de la propia Iglesia Católica Romana como institución. Así, mientras el Vaticano enarbola la figura de Wojtyla y logra congregar en Roma a un millón de fieles en tono triunfalista, teólogos y científicos sociales disidentes reunidos en el Observatorio Eclesial mexicano califican el hecho de “show mediático” y en Roma un grupo de trece teólogos de universidades católicas critican severamente la “aceleración” del proceso de canonización, endilgando esta situación a necesidades de la curia romana y de Benedicto XVI.

Al papa polaco es necesario ponderarle su compromiso a favor de la paz del mundo. Argentina fue testigo de sus intervenciones; primero en el conflicto por el Beagle (1978), que impidió la guerra con Chile, y luego con ocasión de la guerra de Malvinas (1982). En el primer caso se le reconoce haber evitado la guerra. Así lo hicieron en su momento las presidentas Cristina Fernández y Michele Bachelet. Respecto de Malvinas, las posturas están divididas. El Papa, que ya tenía programado un viaje a Gran Bretaña antes de que se iniciara la guerra, decidió continuar con ese plan y venir fugazmente a la Argentina llevando a ambos lados un mensaje de paz.

Pero si está clara la actitud de Juan Pablo II a favor de la paz en el mundo, el papa polaco nunca fue demasiado contundente a la hora de señalar con nombre y apellido a los poderosos –personas y naciones– responsables de las guerras y de las injusticias en el escenario internacional. Tampoco en América latina hubo claras condenas a los regímenes dictatoriales y violadores de los derechos humanos.

Desde otra mirada, hay que mencionar la prédica permanente de Karol Wojtyla en favor de los pobres y los excluidos.

Fiel a su propia historia, los trabajadores estuvieron presentes de manera constante en sus intervenciones. También se destaca su disposición a asumir culpas, admitir errores y responsabilidades históricas de la Iglesia Católica Romana. Son motivos para el reconocimiento. Pero más allá de estos hechos significativos, una de las razones que han llevado ahora al Vaticano a promover la beatificación de Juan Pablo II es su carisma personal, la capacidad de Wojtyla de comunicarse con las masas y de “sacar” al pontificado del Vaticano para llevarlo por el mundo visitando infinidad de países. Juan Pablo II entendió su tiempo, el de la comunicación, e hizo uso del sistema de medios para conectarse con las masas. El mundo del espectáculo y del show lo adoptó como uno de los suyos y lo convirtió también en una estrella del espectáculo.

Estas razones –muchas de las cuales son motivo de la beatificación actual– contrastan con el perfil que Juan Pablo II le dio a la proyección institucional de su pontificado. Jaime Laines, analista del Centro Antonio Montesinos, de México, señala que “este papado fue la figura del poder político, de la Iglesia poderosa, la que dicta, mandata, sentencia y presiona a los gobernantes y a los pueblos con lo que está bien o está mal, lo que es justo e injusto, con criterios a veces dudosamente evangélicos” y agrega, entre otros conceptos, que “fue la figura de la religión refulgente y triunfante pero del abandono a la opción evangélica por los pobres excluidos y excluidas, que se funda en la justicia, el derecho y la paz y la Vida para todos y todas”.

Por la aceleración de los procesos –teniendo en cuenta los tiempos habituales–, la beatificación de Juan Pablo II se puede considerar fast track. Se hizo lo mismo con Teresa de Calcuta y con el fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer. No han corrido la misma suerte las causas de mártires contemporáneos como el arzobispo salvadoreño Oscar Romero, asesinado por su defensa de los derechos humanos. En el caso Wojtyla, para el Vaticano seguramente pesó la necesidad de no dejar agotar la memoria reciente de Juan Pablo II. Se decidió convertirlo rápidamente en vida ejemplar para utilizar su figura carismática a fin de mejorar la imagen de una institucionalidad eclesiástica desprestigiada y en crisis. Para Benedicto XVI –quien fuera durante el papado de Wojtyla el “guardián de la ortodoxia”– reconocer a Wojtyla es legitimar su propia perspectiva eclesial y teológica y la línea conservadora que profundiza ahora desde el pontificado.

Poco importan entonces las objeciones que recuerdan que en 27 años de pontificado Juan Pablo cerró los caminos de democratización de la Iglesia que se habían abierto en el Concilio Vaticano II; su rechazo a discutir con profundidad el papel de la mujer en la Iglesia; su decisión de cancelar el debate sobre el sacerdocio de la mujer y acerca del celibato obligatorio para los curas y la moral sexual; la protección al cura pederasta mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, y la persecución a los teólogos de la liberación a través de la mano ejecutora de Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y hoy Benedicto XVI.

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