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Viernes, 20 de abril de 2012

TEATRO › ENTREVISTA CON LOS ACTORES PEPE SORIANO Y LUIS BRANDONI

“Al actuar se puede ser mejor de lo que uno es o cree ser”

En Conversaciones con mamá, la obra que estrenan hoy en Multiteatro bajo la dirección de Santiago Doria, el eje es la relación filial. Los actores señalan que la pieza teatral aborda el tema “con humor y ternura, como debe ser”.

 Por Hilda Cabrera

“Los dos tenemos la experiencia de los tiempos pasados, de nuestras luchas, y eso nos acerca”, dicen los dos intérpretes.
Imagen: Pablo Piovano.

¿Llorará su hijo cuando la pierda? En Conversaciones con mamá, del guionista y director de cine Santiago Carlos Oves, la mamá del título no escatima preguntas. Ella dice que hará lo imposible para evitarlo, porque llorar a su hijo le da hipo. La mujer cruzó el umbral de los 80 años y sigue lúcida y vivaz. El parloteo le sirve para observar las reacciones de su hijo, que, entre rodeos, le confiesa que ha quedado cesante y debe vender el departamento que ella ocupa. Le ofrece mudarse a su casa, donde él vive con su mujer y dos hijos. La Madre, personaje que compone Pepe Soriano, dialoga con ingenio, en tanto el hijo, Jaime, interpretado por Luis Brandoni, se muestra evasivo. El encuentro crea expectativa por tratarse de un texto que chisporrotea y por la expresividad de sus protagonistas, agradecidos con la obra. En esta entrevista con Página/12 se explayan sobre el texto, vertido al teatro por el dramaturgo y guionista barcelonés Jordi Galcerán, junto a Oves, para la presentación en Barcelona, y adaptado para la puesta en Buenos Aires por el guionista Fernando Castets. En relación con esta obra que dirige Santiago Doria y se estrena hoy en Multiteatro, Soriano reflexiona sobre el oficio del actor: “Mi posición sobre esta actividad –dice– es llegar a ser con mi trabajo una buena persona, y eso es lo que intento transmitir a la gente desde el escenario: que se puede ser mejor de lo que cada uno es o cree ser”.

–¿Conversaciones... se halla en esa línea?

Pepe Soriano: –Para mí es un juego teatral en el cual el público podrá conectarse con sentimientos agradables, más allá de cómo juzgue cada uno la obra. Con Brandoni mostramos a una madre y a un hijo en una relación reconocible, que en algún momento es de sobreprotección. Eso es inevitable. Es diferente cuando una persona se acerca al final de la vida. Entonces aparece un cierto egoísmo.

–Es natural: llega la hora de recibir...

P. S.: –Sí, claro, son situaciones que la obra transmite con humor y mucha ternura. Como debe ser. También porque nosotros pensamos así. Luis es más joven que yo, pero los dos tenemos la experiencia de los tiempos pasados, de nuestras luchas, y eso nos acerca. Estar ahora juntos arriba del escenario es otra linda experiencia y la vivo con una especie de piedad mutua.

–¿En qué sentido dice piedad?

P. S.: –En realidad, es un sentimiento mío. Un actor es un compendio en el que entran la necesidad de afecto, la omnipotencia, ¡tantas cosas!, y de repente uno se da cuenta de que esos sentimientos y actitudes se diluyen ante la presencia de ese otro con el que vamos a actuar, a competir, siempre al servicio de la obra y no entre nosotros.

–En esta circunstancia existe una historia de trabajo en común.

P. S.: –Sí, y ha sido con gusto. Por eso este rubro no es Brandoni/Soriano, sino Beto y Pepe. Hay experiencias detrás, y en general la gente que nos conoce nos tiene instalados en un lugar de afecto. Pienso que ese público será el que asista al teatro con la idea a priori de ver a dos tipos que le caen bien, que han trabajado mucho y han dado tantas vueltas en la Argentina que ya sabe quiénes somos, qué le ofrecemos y también que vamos a hablar decorosamente de temas que importan.

–¿Una de las claves es saber escuchar?

Luis Brandoni: –La comprensión es un camino que también yo he transitado. El texto de Oves está basado en la ternura, y eso –lo he comprobado– no está de moda. Sin embargo, la gente se identifica cuando le llegan obras como ésta. Lo pude experimentar con Justo en lo mejor de mi vida y El regreso del Tigre, donde actué. El público de Buenos Aires y, en general, el de otras ciudades del país, se presta a todo tipo de experiencia, estilo y género, como pasa con la actividad musical. Porque quien se resiste a un espectáculo como Conversaciones..., que es grato, plantea cosas ciertas y se convierte en caricia para el espectador. Oves es un guionista y realizador nacional y a nosotros –que hemos trabajado en tantas obras y películas argentinas– nos corresponde llevarlo a la escena.

–Ya había actuado en una de sus películas, El verso.

L. B.: –Una hermosa película. Yo era Juan (el que vive del “verso”) y en el elenco estaban Marquitos (Marcos Zucker), Tincho Zabala, Virginia Lago, Hugo Arana, Andrea Tenuta...

P. S.: –Conocí a Oves en Pubis angelical; él era asistente del director Raúl de la Torre. El guión era del director y el escritor Manuel Puig. Allí trabajé con Alfredo Alcón, Graciela Borges y otra gente interesante. Oves tenía mucho humor. Era una linda persona y un buen lector, pero no hacía ostentación de eso. La película se filmó en la época de la guerra de Malvinas y se estrenó en agosto de 1982. Cuando llegábamos a la filmación hablábamos a la manera de los cubanos y nos referíamos al canciller Nicanor Costa Méndez como al rengo. Asumíamos una posición latinoamericana para descalificar a los ingleses. Tenía a mis dos hijos bajo bandera, los dos en la Marina, y los dos a punto de marchar, uno ya llevaba un año de marinero y el otro entraba, porque se llevan dos años. Estaban en condiciones de ir a Malvinas. A último momento, los acontecimientos fueron lo que fueron y zafaron.

L. B.: –El que estuvo en Malvinas fue el hijo del actor Alberto Argibay, en el crucero General Belgrano. En 1982 se lo había dado por desaparecido y después reapareció.

–¿Qué piensan de estas relaciones de la actividad con la historia?

L. B.: –Es la vida unida al trabajo...

P. S.: –Aquellas experiencias y otras de nuestra profesión han ido creando, junto a la de otros compañeros, una especie de fratellanza, una fraternidad en serio, que no es unión para la foto o para ser parte de un acontecimiento o de una fiesta.

L. B.: –La actividad artística es algo especial en Argentina. Ya en los ’70 Buenos Aires era una de las capitales del teatro del mundo. Por empezar, en ninguna otra había la cantidad de teatro para niños que teníamos acá. Un día me tocó exiliarme, y en diciembre del ’74, estando en México, leí en un suplemento anual del New York Times que entre las principales ciudades teatrales del mundo estaba Buenos Aires. La lista era Londres, Nueva York y Buenos Aires.

–¿Es así también hoy?

L. B.: –No nos engañemos, entonces había más público.

P. S.: –Perdón, más público sí, pero menos teatros.

L. B.: –Sí, teatros de 80 o 60 localidades, y elencos que hacen una sola función por semana. Ese es un tema que debe ser sincerado. Los dueños de sala, algunos subsidiados, tienen varios espectáculos, reciben el dinero de los elencos y los actores saben, desde el primer ensayo hasta la última función, que no cobrarán un centavo. No debería ser así. Es un esfuerzo brutal para los actores.

P. S.: –Una función por semana no le puede redituar a nadie. En la Sagai (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes, que preside) tenemos una estadística hecha por la Universidad Nacional de Buenos Aires, que pagamos noso-tros y está firmada por el Rectorado. Ese muestreo hecho por la cátedra de Sociología arroja que el 84 por ciento del mundo actoral en Capital, Gran Buenos Aires y provincia no llega a ganar 500 pesos por mes.

L. B.: –El tema del teatro es complicado. Me molesta que algunos utilicen el término “off” como si fuera un homenaje. En realidad, es humillante, porque “off” es afuera, apagado... O que digan underground: por qué no decir independiente, cuando hubo y hay un teatro independiente, y ser independiente es un orgullo.

P. S.: –El teatro exige inevitablemente un desarrollo y formar un actor requiere tiempo, entre 20 y 25 años, pero la mayoría no tiene hoy más de cuatro años de estudio, y algunos recién empiezan. A mí no me molesta que no quieran llamarse independientes. El tiempo les demostrará que el teatro es uno y que es bueno o malo, que aburre o atrapa, pero eso sí, todos deben aspirar a vivir de su trabajo.

L. B.: –Yo me crié en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático, en una época de Montescos y Capuletos. Estaba el teatro independiente y el comercial. Los del Conservatorio nos encontrábamos en la mitad del sandwich y todos sospechaban de nosotros. Los del independiente nos odiaban porque éramos pichones de profesionales y los profesionales nos detestaban porque decían que nos creíamos intelectuales. Pero a fines de los ’60 y en los ’70 se fundieron las líneas: los grandes autores, actores y directores del teatro independiente pasaron al profesionalismo y el teatro creció.

P. S.: –Hoy tenemos autores y directores del teatro independiente que dirigen en teatros comerciales, el caso de Javier Daulte, de Daniel Veronese...

L. B.: –Sí, pero está nuevamente dividido. La gente del independiente no va a los teatros grandes. Se mueve en su círculo, y se equivoca. Preguntemos a los chicos y las chicas del teatro independiente si vieron alguna vez a Pepe Soriano sobre el escenario...

P. S.: –Los que se dedican a este oficio, nosotros, los que estuvieron antes y los que vendrán, somos tentados por la vanidad y la omnipotencia. Mientras viví en España (entre 1976 y 1983) tuve gran amistad con el actor y director Fernando Fernán Gómez. Era realmente un amigo que infundía confianza. Tengo sus libros y, en uno de éstos, Desde la última fila. Cien años de cine, habla de los famosos de hace treinta años, así como ahora se habla de otros famosos que no lo son. Fernán Gómez se negaba a que le aplicaran ese término y decía “no soy famoso, soy actor”.

–Volviendo a Conversaciones... La relación madre e hijo parece no tener fin.

L. B.: –Se mantiene, aunque se den otras situaciones. El hijo es primero un hijo, después un hijo con una esposa y después un hijo con hijos y la madre pasa a ser abuela. Y cuando los padres se hacen mayores, los papeles se invierten. En un viaje con mi padre y mi hermano a Mar del Plata, viendo que mi padre se acercaba al mar, mi hermano me dijo: “Viste, Beto, antes él nos cuidaba a nosotros y ahora nosotros queremos cuidarlo a él”.

P. S.: –Mi madre murió siendo yo chico; poco pude disfrutarla. Murió a los 42 años, y ahí tuve que criarme con mi padre, mi hermana y mis abuelos. Mi abuela pasó a ser la mamá, y tuve siempre una relación hermosa. La relación en esta obra es también conmovedora.

L. B.: –Y además graciosa, con una mamá moderna y con sorpresas.

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