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Viernes, 3 de octubre de 2014

TEATRO › FESTIVAL MUNDIAL DE TEATRO ADOLESCENTE VAMOS QUE VENIMOS

“Somos enroscados, vamos a todo o nada”

La programación, desde el próximo martes hasta el 13 de octubre, incluirá 21 obras de elencos integrados por adolescentes de 13 a 19 años, de todo el país, y de Paraguay, Chile, Brasil, Colombia y México. Por primera vez, las localidades para las obras son gratuitas.

 Por María Daniela Yaccar

“Está bueno preguntarse qué nos mueve, por qué nos angustian algunas cosas”, plantean los actores.
Imagen: Pablo Piovano.

“En el latir social, en la conciencia pública, en los medios de comunicación estaba muy estigmatizado el adolescente. Era un irresponsable absoluto, un delincuente, un adicto. Por eso creamos este festival en 2008”, explica a Página/12 Cecilia Ruiz, creadora y directora de Vamos que Venimos (VQV), Festival Mundial de Teatro Adolescente que comienza el martes. Las cosas no han cambiado tanto –el aberrante tratamiento del caso de Melina Romero por algunos medios masivos es un ejemplo de ello–, por eso este festival continúa siendo una respuesta a esa visión condenatoria del adolescente, del que todavía no pisó los veinte años.

Juan Francisco Barón, Nerina del Pilar Carnichio, Carolina Mazzaferro y Estefanía Rimoldi son jóvenes, jovencísimos actores –todos tienen menos de veinte– que dejarían sin palabras a cualquier comunicador que se atreva a hablar pestes de la etapa de la vida en la que se encuentran. “Las revoluciones las hicieron siempre los jóvenes”, dice Mazzaferro. Podrían dar cátedra de la dramaturgia de César Brie y ya tienen certezas sobre las ventajas de la autogestión. Conocen muy bien a los autores que interpretan y piensan el rol que les cabe socialmente al haber elegido el escenario. “Los actores somos bichos raros”, define Barón, un mendocino de diecinueve años que, en varios momentos de la conversación, provoca los silencios que dejan las palabras precisas, las verdades, las visiones poéticas.

Esta es la sexta edición de VQV. La programación, hasta el 13 de octubre, incluye 21 obras de elencos integrados por adolescentes de 13 a 19 años, de todo el país, y de Paraguay, Chile, Brasil, Colombia y México. Además habrá talleres dictados por Martín Salazar, Mosquito Sancineto, Enrique Federman, Marcelo Katz y conferencias gratuitas de Carlos Gorostiza y César Brie. Las inscripciones para los talleres ya cerraron. El jurado lo integran Ciro Zorzoli, Alejandra Darín, Osmar Núñez, Julia Calvo, María de los Angeles Sanz y Héctor Díaz, entre otros. “Cuando comenzamos había elencos de la ciudad de Buenos Aires y alguno del conurbano”, relata Ruiz. “Ahora es mundial. Y la diferencia es enorme”, se entusiasma. Las localidades para las obras son gratuitas, por primera vez. Multiteatro, Andamio 90, Teatro del Pueblo, Teatro Sha, Auditorio Losada y Teatro Empire son las sedes del encuentro.

“Para los medios, el adolescente es un vago, integra tribus urbanas, se junta a perder el tiempo, se viste raro, no sabe lo que quiere”, aporta Leila Schmukler, de la comisión directiva, veintitantos, hija de Ruiz. “Cuando ves sus laburos artísticos, te das cuenta de que tienen un compromiso enorme. Van a fondo. Es impresionante.” Ruiz completa: “El festival tiene varias aristas. Nació con las ganas de intercambiar este pensamiento con otros, el de que había que escuchar a los adolescentes. Con las ganas de modificar el pensamiento de los adultos y de darles un espacio a los chicos para que expresen lo que quieran. Y también de marcarles referentes, con los talleres de capacitación. Además, buscamos dar cuenta de la diversidad cultural, social y económica. Nos interesan tanto la calidad artística como la diversidad”.

Ellos sostienen que el teatro es un espacio en el cual los prejuicios se pueden romper. Porque, como dice Carnichio, en un taller se aprende del que se tiene al lado, tenga la edad que tenga. “Me muevo en el teatro desde los 15, 16”, cuenta Ma-zzaferro. “Cada vez que me metía en una clase, la gente se sorprendía. Pero conozco a un montón de personas que hacen lo mismo que yo. Lo que moviliza, las ganas de hacer algo, están a cualquier edad.” “La idea de que la juventud está perdida está hace mil años y el mundo sigue girando. Los viejos siempre se quejan de los jóvenes, y los jóvenes seguimos andando. Nos convertimos en viejos y nos entramos a quejar de los jóvenes después”, dispara Barón, entre risas. “Acá podemos demostrar que la juventud es capaz de algo: que tiene algo para decir, que tiene un mensaje y que, inclusive, te puede llegar a gustar”, concluye.

Mazzaferro (de 18 años) realizó, junto a Manuel Benelbas, una adaptación libre de Antígona. Pertenece al grupo Popurrí, de CABA. “Vamos a presentar Antígona eterna. Es una adaptación basada en el texto de Sófocles, tiene una parte de Edipo, otra de Romeo y Julieta y está ambientada en el presente. La guerra es atemporal”, sostiene. Rimoldi (17), del Grupo Crearte, actuará en otro clásico reformulado: La odisea, de Brie. “Habla de los inmigrantes y los cruces de fronteras. Hay partes fuertes y otras graciosas”, describe. Babysitter, de Meme Santoro y dirigida por Facundo Cruz, es la obra en la que participa Carnichio (19), junto a un grupo de actores de Pergamino, llamado Los Veleros. Es una historia sobre la maternidad. “Estudio en el IUNA pero estaré participando como asistente con un grupo de Mendoza, autogestionado”, dice Barón. Segundo Acto (Mendoza) presentará Acuérdate de Euménida, del uruguayo Ricardo Prieto.

“Uno piensa que el adolescente va a hablar de sus temas. Por ejemplo, del amor, que es un tópico que nos atraviesa a todos. Y en realidad, uno se sorprende. Recibimos más de 70 trabajos de elencos, y sólo quedan 22. Notamos que dicen cosas todo el tiempo. Muchas veces las obras abordan temas existencialistas y tratan de buscar soluciones distintas de las que nosotros consideramos”, resume la directora del evento, sobre las temáticas que aparecen en los trabajos. “Uno de los objetivos del festival es posicionar al teatro como transformador social”, define.

–¿Qué les interesa decir a través del arte?

Estefanía Rimoldi: –No se me ocurren temas en particular, pero me parece que podemos, mediante el teatro, decir muchas cosas que otros no se animan a decir. Quejarnos, gritar cosas que son tabúes. Les gritamos a los que piensan que no hay pobreza o prostitución; a los que creen que no hay nada de todo eso. La mejor forma de hacer visible lo invisible es subir a un escenario a mostrarlo.

Nerina Carnichio: –Es inimaginable la cantidad de cosas que suceden en el mundo. Uno muestra a través del teatro cosas que jamás se puso a pensar o a las que ve cotidianas. Nunca hay que creer que el espectador es un ignorante. A veces es bueno recordar las cosas, refrescarlas.

Juan Barón: –Me gustan mucho las miserias humanas. Me parecen divertidas. Y me parece divertido que la gente vaya al teatro a que le mientan, a ver una obra que sabe que no es verdad, para intentar entender un poco más de ella misma. Me interesa el teatro como algo social, no elitista. Puede mover un montón de cosas, sin cobrar 500 pesos de entrada. No digo que esté mal, pero podés, también, pararte en una plaza y dar tu visión del mundo desde ahí. Estoy estudiando para ver un cambio en la realidad. Un cambio que aporto desde mi lugar, que ahora es la juventud. Doy mi visión, con 19 años de vida, de lo que son la desigualdad social, la pobreza, el bullying... lo que sea.

–¿En qué momento descubrieron el teatro, qué los deslumbró?

N. C.: –Mi hermana es actriz, desde muy chica la iba a ver. Me metía en los camarines, con tres años. Pero mi mamá nunca me dejó empezar teatro porque ya había una artista en la familia. A los doce años empecé a descubrirme a mí misma, largo proceso que aún sigue; decidí que no me importaba nada y empecé con un taller. Fue lo mejor que me pasó. Me emociono cada vez que hablo. Me vine acá, a Buenos Aires, desde Pergamino; no me dejaban estudiar actuación, entonces empecé otra cosa, y no pude. Me di cuenta de que el teatro es lo que amo y que es la única cosa del mundo que me logra llenar. Sea lo que sea uno, no se puede mentir a sí mismo. Lo importante es ser fiel a lo que uno ama. Es la clave para ser feliz.

J. B.: –Te tiene que gustar lo que hacés. Elegimos el teatro todos los días cuando nos despertamos, somos enroscados, vamos a todo o nada. Estuve a punto de entrar a estudiar Ingeniería y dije “no es lo mío”. La vida me pegó un par de piñas y terminé haciendo un taller de pantomima con un tipo que me contrató para hacer una obra. En medio de todo eso viajé a Buenos Aires, tomé talleres en el IUNA y decidí venirme a estudiar con el mismo profesor que me dio los talleres, Martín Salazar. Una cosa lleva a la otra y empezás a tener hambre. Y vas conociendo a distintas personas que te van enseñando. Te recomiendan una película de un director que dirigía en blanco y negro y capaz te mueve algo que tenías adentro y te sirve un montón y es un Luis Buñuel que te cambió la vida. Y empezás a ser otro. Es hambre. La adolescencia es querer comerte el mundo de una, sin filtro, a todo o nada.

Carolina Mazzaferro: –Uno no está seguro de nada completamente, nunca. En cambio, estoy muy “a lo Minujín” con el teatro: enamorada. Cuando era chiquita no me dejaban estudiar, porque el ambiente era “muy raro y competitivo”. Hacía obras con mi hermano. Me cambié de escuela a los 12, porque en la anterior me hacían bullying, empecé un taller de teatro con la que todavía es mi profesora. En ese momento me enamoré de algo. En realidad, ya sabía que estaba enamorada. Es un ida y vuelta constante lo que te da el teatro: lo hacés y él te hace a vos. Es algo que continúa creciendo, nunca terminás de aprender lo que es. Te llena y te vacía: estás haciendo un ejercicio y te terminás preguntando cosas que te destruyen. Pero cuando tenés el resultado, te llena. Con el arte uno se cuestiona cosas que no se cuestiona si vive una vida más mecánica. Eso no está bueno para nada. Está bueno preguntarse por qué hacemos las cosas, qué nos mueve, por qué nos angustian algunas cosas.

E. R.: –Me acuerdo de cuando pisé por primera vez una clase de teatro: empecé a ver ejercicios corporales, gente tirada en el piso, haciendo sonidos... dije: “Qué quilombo espectacular”. Era completamente distinto de lo que vivía todos los días. Yo no quería gente común y corriente al lado mío. El teatro me salvó y me cambió completamente, por él crecí como crecí. Crecí, básicamente. Me empecé a cuestionar y a romper las barreras que tenía en mi cabeza.

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