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Viernes, 3 de octubre de 2014

CINE › DELIRIUM, OPERA PRIMA DE CARLOS KAIMAKAMIAN CARRAU

La de Darín haciendo de... Darín

 Por Ezequiel Boetti

Pocas películas nacionales pueden definirse con un concepto tan claro y conciso como Delirium, más popularmente conocida como “la de Darín haciendo de Darín”. Efectivamente, la ópera prima de Carlos Kaimakamian Carrau tiene al único cuerpo celeste del star system argentino interpretándose a sí mismo, riéndose, aunque no demasiado, de su figura y de los yeites de la industria.

Claro que la idea de circunscribir la totalidad del mecanismo cómico a la reiteración de un único chiste es, con la contada excepción de The Aristocrats, vista aquí en Bafici 2006, una aventura imposible.

Más aún si el propio equipo creativo parece embelesado con el fuste del ex galancito, como si confiara ciegamente en que su magnetismo es suficiente para constituir una película artística y comercialmente rendidora. Delirium es, entonces, un cortometraje devenido en largo mediante el mecanismo simplista del estiramiento y la reiteración. Darín haciendo de Darín, y nada más.

Kaimakamian Carrau parece haber visto bastante de Judd Apatow y del mumblecore, esa corriente de películas ultraindies estadounidenses centrada en jóvenes generalmente apresados en una adolescencia tardía a los que las cosas no les salen demasiado bien. El primer gran problema surge de la inevitable comparación entre los protagonistas de los exponentes del modelo de base y los de su replicación local: si allí, en general, se construye a pura sutileza y progresión, aquí se lo hace a puro lugar común y aplanamiento, con tres amigotes tipificados por sus rasgos distinguibles: el pajero, el pensante y el nerd/tímido/subnormal.

Los tres no tienen un peso y deciden hacer plata fácil... filmando una película. Con Darín, claro, quien acepta después de confundir a uno de ellos con el hijo de un amigo.

Filmada a puros primeros planos y recursos visuales más cercanos al formato web que al cinematográfico, Delirium será una sucesión de chistes, en su mayoría fallidos y escasamente sorprendentes, sobre el cine nacional y los avatares de la ficción apócrifa.

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Delirium tiene a Darín riéndose de sí mismo, pero no mucho.
 
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