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Viernes, 3 de octubre de 2014

CINE › BORRANDO A PAPA, DE GINGER GENTILE Y SANDRA FERNANDEZ FERREIRA

La credibilidad, borrada con el codo

Algunos de los dudosos recursos narrativos elegidos por Gentile y Fernández Ferreira hacen que en muchos pasajes de su documental sea necesario volver a plantearse la vieja pregunta acerca de si el fin justifica los medios.

 Por Juan Pablo Cinelli

Borrando a papá, de Ginger Gentile y Sandra Fernández Ferreira, es un documental polémico. No sólo por el debate que está generando y que pide una toma de postura frente al tema que aborda, que es uno pero con múltiples aristas, sino por algunas de las formas y recursos que ha elegido para expresar su posición frente a él. Por un lado puede decirse que la cuestión de los padres (varones), que tras una separación conflictiva son impedidos de continuar viendo a sus hijos, aparentemente sin justas causas, es un problema que el sistema judicial no contempla en toda su complejidad. Pero por otro, algunos de los recursos narrativos escogidos por Gentile y Fernández Ferreira hacen que en muchos pasajes de su película sea necesario volver a la vieja pregunta acerca de si el fin justifica los medios.

El documental da cuenta de los casos de una media docena de padres que se encuentran alejados de sus hijos debido a las condiciones que las intervenciones judiciales les imponen. A veces, según ellos mismos dicen, haciendo lugar al capricho o la animosidad de sus ex tras la ruptura de la pareja. En el camino se pone en evidencia una inesperada falla en el sistema de prevención de la violencia doméstica contra menores, a partir de la cual se niega la posibilidad de que, en ciertas ocasiones, la misma pudiera provenir de las madres, limitando la culpa al territorio exclusivo del varón.

Borrando a papá coloca al espectador frente a los prejuicios instalados en referencia a estos temas. Es decir que, aun cuando algunos de los casos relevados parecen elocuentes respecto de la injusticia que los mismos involucran, de todos modos es posible terminar virtualmente del lado de la madre, como si detrás de todo hombre hubiera realmente un golpeador potencial. Está claro que esto no es así, del mismo modo en que debería estar claro que, más allá de las desigualdades de género, la violencia no es un atributo ni excluyente ni exclusivamente masculino. Y que existen muchos tipos de violencia que pueden ser tan nocivos como la física. En medio de eso, llama la atención lo que dice la integrante de un centro de protección a víctimas de violencia familiar: “Mientras esos señores tienen tiempo para hacer notas y encadenarse a los tribunales, las mujeres andan llevando a los chicos a terapia, al médico, a la escuela...”. Una afirmación que olvida que cada caso es único y que, tal vez, algunos de esos señores colaborarían con gusto en esas tareas si la Justicia se los permitiera.

Pero no pocas veces el film atenta contra su propia credibilidad. En primer lugar, porque nunca se le hace lugar al derecho a réplica. Ninguna de las ex mujeres, o sus abogados, aparece para ofrecer su contraparte de la historia y nunca se explica por qué no están. Y surgen las preguntas: ¿Qué sentido tiene incluir una escena en la que el propio padre dispuesto a probar la desidia de su ex registra con una cámara oculta el sufrimiento de sus hijos y lo expone frente a quien quiera verla? ¿Por qué las directoras recurren a este golpe de efecto? La utilización de esas imágenes es, en sí misma, un argumento en contra de un padre que dice querer lo mejor para sus hijos, pero parece que incluso a costa de ellos mismos. Y en contra de las directoras, que no han estado lo suficientemente atentas al límite ético de su rol. ¿Y por qué el texto sobreimpreso que presenta a uno de los profesionales consultados indica que es “‘psiquiatra, médico y feminista’ según su Twi-tter”? ¿Qué significa eso de “según su Twitter”? Si, como se intuye, la intención era poner en duda los títulos profesionales de esta persona, el asunto demandaba que se lo hiciera con claridad, aportando pruebas concretas y no echando mano de recursos que ensucian aún más un escenario de por sí bastante turbio.

Lo mismo puede decirse de la escena final en la que uno de los padres pasa por la puerta de la casa donde se supone viven esas hijas a las que no puede ver y desde el auto les grita que las ama. Está claro que cierta puesta en escena muchas veces puede ser un instrumento válido dentro de un género como el documental, pero en este caso se parece más a una herramienta de manipulación que a un recurso narrativo legítimo. Y eso juega en contra de un tema que merece (y debe) abordarse con más cuidado.

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El documental da cuenta de una media docena de padres alejados de sus hijos por intervención judicial.
 
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